Publicado en línea el Martes 26 de abril de 2016, por El Día

24 de Abril de 2016

Por CARLOS ALTAVISTA

Si existiese una máquina del tiempo para remontarse hasta cuatro siglos antes de la conquista española, a sólo cuatro kilómetros del centro de Berisso en dirección a Los Talas, el viajero descubriría un mundo apasionante.

En esas tierras donde en los años ‘30 y ‘40 floreció la industria del vino de la costa gracias a las manos de nuestros antepasados inmigrantes, y donde hoy crece una zona de casaquintas, se cruzará con pueblos originarios que vivían de la caza, la pesca y la recolección. Con venados, ciervos, zorros y ñandúes. Y mirando al río, un río limpio y con aires de un mar que supo mandar en esa ribera, encontrará lagartos, lobitos de río y coipos (falsas nutrias). Bosques de tala, sombra de toro y coronillo. Hombres y mujeres elaborando herramientas, utensilios y armas en base a roca y hueso. Así reconstruyó la ciencia el pasado más remoto de la región. Así fueron nuestros auténticos predecesores.

Claves de los primeros pobladores de los talas

Cuando aún era estudiante de la Licenciatura en Antropología, allá por 1988, Graciela Brunazzo definió que el universo de investigación arqueológica en el que se enfocaría sería el de “la zona norte de la provincia de Buenos Aires, y la conocida como Ensenada de Barragán, que en rigor comprendía parte de Brandsen, La Plata, Ensenada y Berisso”, cuenta, y explica que “esa inquietud por continuar el trabajo que a fines de la década del ‘30 y comienzos de la del ‘40 habían iniciado Maldonado Bruzzone y Vignati, que en los ‘60 continuó Cigliano, y en los ’70 Ceruti, Austral y Kritzkausky, implicaba una paciente búsqueda de los hallazgos en los depósitos del Museo (pues estaban mezclados con piezas de colecciones reunidas en otras áreas) y adentrarse luego en una zona no trabajada en forma intensiva” desde la arqueología.

Habría que remontarse entre 2 mil y 8 mil años atrás para encontrar una costa ribereña marítima. “Sí, el mar estuvo presente en nuestra región, donde ingresiones marinas dibujaron parte del paisaje que se halló en tiempos pre y poshispánicos. Es que el mar, al retirarse, formó grandes cordones de conchilla sobre los que se asentaron aquellos pobladores; lugares con una altura tal que los ponía a resguardo de las crecidas del río”, relata Brunazzo.

Los primeros investigadores, a quienes la antropóloga les siguió los pasos, encontraron material cerámico y lítico (artefactos confeccionados en roca y sus desechos) en la costa del río. Asimismo, en los ‘40, hallazgos fortuitos a partir de excavaciones de canteras obligaron a una intervención del Museo: se exhumaron restos esqueletarios de entierros consistentes en paquetes funerarios de unos quince individuos. Dos décadas más tarde, en Palo Blanco, el doctor Cigliano fue llamado para un “rescate arqueológico”. “Se encontró un esqueleto completo, que en el húmero izquierdo presentaba un ajuar funerario conformado por cinco “silbatos” realizados en hueso, una espátula, un punzón y dos fragmentos de tembetaes, que son adornos labiales masculinos”, cuenta Graciela.

“Eran dos pautas distintas de entierro. ¿Pertenecían a grupos culturales diferentes o representaban dos manifestaciones del mismo grupo? Difícil establecerlo”, apunta Brunazzo.

Tras graduarse en 1990 e ingresar como becaria de la CIC, la antropóloga y docente de la facultad de Ciencias Naturales, y actualmente de las carrera de Museología y Gestión Cultural en el Instituto Superior de Formación Docente Nº 8, inició el camino de continuar el trabajo de sus colegas. Tras haber ubicado y clasificado todos los hallazgos disponibles en colecciones en los depósitos del Museo, investigó y localizó dos sitios arqueológicos denominados “La Higuera” y “La Norma”, y allí pasó años excavando con sus alumnos.

“Los sitios fueron localizados a partir de la búsqueda sistemática, teniendo en cuenta variables presentes que coincidían en los lugares investigados anteriormente por otros colegas en la región: altura sobre el nivel del mar, distancia de la línea de la costa, características del paisaje”, apunta.

A partir de todo ese material pudo reconstruirse que los grupos que vivieron en “Berisso” hasta 400 años antes de la conquista española lo hicieron sobre un cordón de conchilla que “representaba una zona estratégica con características de ecotono, que les permitía el acceso a los recursos de agua dulce y del bajío ribereño, donde se comprobó que vivían lobitos de río, lagartos overos, ciervos de los pantanos, coipos (falsas nutrias), así como también a una zona interior (que se extendería aproximadamente desde la actual avenida 122 hacia el oeste) con ñandúes, venados de las pampas, zorros pampeanos, peludos, comadrejas, cuises y vizcachas. Se hallaron también restos de guanacos, pero ello no implica que viviesen aquí”, dice Brunazzo.

NOMADES ESTACIONALES

Y es que el nomadismo estacional habría sido su estrategia de ocupación del territorio. Por caso, el material con el que se confeccionaron los elementos de caza como puntas de flecha y bolas de boleadora son de materias primas procedentes de los sistemas serranos de Tandilia y Ventania. “¿Una incursión o un intercambio?”, es la pregunta.

Lo cierto es que el tipo de animales y de armas conduce a la caza como una forma de vida. Pero también a la pesca, por los restos de bogas, bagres, armados, y, lo más curioso, corvina negra, un pez de agua salobre, por lo que “posiblemente las condiciones de salinidad del Río de La Plata eran mayores en aquel entonces”, remarca.

Por otra parte se podría estar ante la presencia de grupos canoeros. ¿Por qué? “A mediados del siglo XX, Vignati halló en Berisso dos canoas. Una estaba en una quinta y había sido cortada en dos para hacer un puente. Otra es la que se luce en la Sala de “Espejos Culturales” del Museo de La Plata. En 1997 las estudiamos con la licenciada Stella Maris Ribera, determinando que estaban confeccionadas sobre un tronco de Timbó u Oreja de negro y que por sus casi nueve metros de eslora no habrían sido confeccionadas a partir de vegetación de esta zona sino de más al norte, de donde habrían venido navegando”, dice la experta.

Frutos de tala carbonizados, grandes caracoles (del tamaño de pelotas de tenis), cáscaras de huevo de ñandú y almejas nacaríferas hablan asimismo de una actividad de recolección.

DE LAS MEJORES ARCILLAS

En cuanto a la tecnología, se encontró cerámica “con decoración zonal”. Hay vasijas tales como platos, escudillas y ollas. Todo de “alta calidad, porque la arcilla encontrada en Berisso es de las mejores de la Provincia”, destaca Brunazzo. También se descubrieron alfarerías tubulares que podrían haber sido utilizadas como picos de odres de cuero.

Un asta de ciervo de los pantanos con un agujero de suspensión -lo que indica que se usaba para llevarlo colgando-, punzones, adornos personales, puntas, espátulas, cuentas de collar, tembetaes similares a los actuales piercings, remiten a un importante trabajo manual y a un concepto de la estética personal.

“No es posible determinar la etnia que habitó esta región, cuyos restos materiales hallados datan de entre 500 a 1.500 años atrás”, dice la antropóloga.

Y detalla que “no se sabe si son restos culturales de antecesores de los querandíes, sindicados para el área en tiempos de contacto hispano-indígena, sí se puede afirmar que los contextos por mi excavados no son de tradición tupi-guaraní”.

“Si bien los primeros encuentros con aborígenes en el Río de la Plata se remontan a la expedición de Sebastián Gaboto, quien alude a grupos querandíes, también Pedro de Mendoza, en la primera fundación de Buenos Aires, se contacta con esa etnia. Y luego de la segunda fundación de Buenos Aires se menciona la existencia en la zona del arroyo Maldonado de asentamientos guaraníes”, especificó.

Lo cierto es que en los sitios por donde nos movemos a diario, muchísimos años antes de los inmigrantes, e incluso de los conquistadores, están nuestros antepasados. La ciencia los halló y los sigue estudiando. Un viaje apasionante.


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