Publicado en línea el Miércoles 31 de agosto de 2016, por Va con firma

María Beatriz Gentile *
gentilebeatriz chez yahoo.com.ar

“Así como hay colecciones de mariposas y langostas, aquí se coleccionó gente” ilustra Xavier Kriscautzky investigador de Conicet, desde el subsuelo del Museo de Ciencias Naturales de La Plata donde se amontonan cajas de madera con unas 10.000 “piezas” humanas. Daniel Badenes comenta que muchos de esos restos fueron saqueados de cementerios indígenas, otros corresponden a víctimas de la “Campaña al Desierto” o fueron asesinados por expediciones organizadas desde el propio Museo.

El 21 de agosto pasado el editorial del diario La Nación retomando la sarmientina fórmula “civilización y barbarie” pero ahora vinculada de manera estrafalaria a su crítica eterna al populismo, cerraba su apología a la campaña de Julio A. Roca diciendo: quienes expandieron la cultura occidental por el territorio de la patria, aun mediante conflictos, sembraron las semillas de un valor esencial que no existía en América y que difícilmente hubiera florecido si aquella misa matutina, frente al Río Negro, no hubiera tenido lugar: el respeto por la dignidad individual, heredado de Atenas, consolidado en el Renacimiento y finalmente, plasmado en la concepción moderna de los derechos humanos”. No será necesario argumentar demasiado para refutar semejante conclusión y ver lo lejos que quedamos -después de 1879- de la democracia ateniense y de los derechos humanos.

A diferencia del trabajo que debe realizar el Equipo Argentino de Antropología Forense para lograr el reconocimiento de restos humanos víctimas del terrorismo estatal de 1976-1983, el inventario del Museo platense tiene todo registrado: esqueletos, cráneos, cueros cabelludos, cerebros y cadáveres disecados. Basta con leer “Esqueleto 1786, “Michel”, indio araucano (masculino), Corpen Aiken (territorio de Santa Cruz), muerto en 1888 por expedición del Museo” o “Esqueleto 1837, “Sam Slick”, asesinado en Rawson, Chubut. Desenterrado por el doctor F. P. Moreno, viaje 1876-1877” para saber de que estamos hablando.

Se dirá que el paradigma científico hegemónico del siglo XIX impuso el concepto de “evolución” y en su nombre se disculparán ciertas cuestiones. Pero lo que nunca se menciona esque el interés por estudiar a los llamados “pueblos primitivos” fue una exigencia del colonialismo europeo por conocer los hábitos de las "razas sometidas" y "sus debilidades y prejuicios" para el mejor gobierno de los territorios ultramarinos, como escribió el antropólogo inglés John Lubbock en 1870.

Para los europeos esos “salvajes” eran geográficamente lejanos y socialmente ajenos, deshumanizarlos no les fue difícil. Pero en Argentina esos grupos poblacionales habitaron el mismo territorio. El indígena podía ser considerado un “diferente” pero nunca un extraño; las relaciones interétnicas desde el siglo XVIII lo demuestran y por alguna razón San Martín hablaba de “nuestros paisanos los indios”. Hablar de choque de culturas es una infamia. Capturarlos y exhibirlos como “fósiles vivientes” en el museo o desenterrar sus restos aún calientes después de haber mantenido “relaciones personales de extrema cordialidad” como cuenta el propio Moreno, dice más de la condición racista, violenta y excluyente del proyecto político de las elites gobernantes que de su ciencia.

¿Por qué una editorial de este tenor? La presunción falaz de que el camino del “progreso” lleva siempre un alto costo en vidas humanas, tal vez sea la respuesta. Así como el proyecto del ochenta implicó sacrificar humanos para ocupar sus tierras y esclavizar a los sobrevivientes -aunque también fue según La Nación para degustar una “torta galesa” o “las merluzas de Puerto Madryn”- quizás ahora la modernidad globalizada exija otra cuota de sacrificios para que lleguen las inversiones y la prosperidad.

“Puede ser muy injusto exterminar salvajes, conquistar pueblos que están en posesión de terrenos privilegiados, pero gracias a este principio la América está ocupada hoy por la raza caucásica, la más perfecta, la más inteligente, la más bella”, escribió Sarmiento. El mensaje sigue siendo el mismo, pero como dice Jorge Nahuel ya no gozan de la misma impunidad de antaño.

(*) Historiadora. Decana de la Facultad de Humanidades de La Universidad Nacional del Comahue.
Ex delegada de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.


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