Publicado en línea el Sábado 20 de febrero de 2016, por Leandro Morgenfeld - Notas

La llegada de Mauricio Macri a la Casa Rosada cambió el mapa geopolítico de Nuestra América. Mientras la canciller Susana Malcorra pone en práctica la política de realineamiento con EEUU y Europa, la Casa Blanca intenta aprovechar el ascenso de la derecha para modificar un escenario regional que le fue adverso en el siglo XXI. En ese marco, se materializaron diversos gestos de acercamiento entre EEUU y Argentina, mientras se apuraron las negociaciones para concretar la visita de Obama a Buenos Aires, que se realizará el 23 y 24 de marzo, al día siguiente de su histórico viaje a Cuba.

Franklin Roosevelt fue el primer presidente estadounidense que visitó la Argentina, en el marco de la Conferencia de Consolidación de la Paz. El objetivo de la Casa Blanca era conseguir un compromiso de los 21 países de la Unión Panamericana para crear un mecanismo efectivo que permitiera repeler una eventual agresión extra-continental, ante la inminencia de una nueva guerra mundial. Roosevelt, para evitar los (tradicionales) choques con la Argentina, había propuesto que Buenos Aires fuera la sede (esperando que el gobierno nacional tuviera, en su carácter de anfitrión, una actitud “cooperativa”), y hasta había viajado para inaugurar, junto al presidente Agustín P. Justo, el crucial cónclave.

Si bien el mandatario estadounidense fue recibido por una multitud -se decretó un feriado nacional, para propiciar la movilización popular-, hubo un hecho destacado, una métafora de las dificultades de la relación bilateral y de cómo se verían frustradas las iniciativas estadounidenses: durante el discurso de apertura de la Conferencia en el Congreso Nacional, Liborio Justo, militante antiimperialista e hijo del presidente argentino, interrumpió a Roosevelt al grito de “abajo el imperialismo yanqui”, que se escuchó en la transmisión radial -tras lo cual sufrió una detención por varias semanas-.

Pasó casi un cuarto de siglo hasta la llegada de un nuevo presidente. La política de Dwight Eisenhower hacia América Latina ya venía generando resistencias. Lo sufrió en carne propia el vicepresidente Richard Nixon, en la gira que realizó por la región en 1958, cuando debió soportar hostilidades en Buenos Aires y otras capitales latinoamericanas -en Caracas fue atacado por una multitud-, pero el mayor desafío lo constituyó el triunfo de la Revolución Cubana.

Cuando ésta fue radicalizándose, la Casa Blanca se vio obligada a ocuparse nuevamente de su descuidado patio trasero. En este contexto hay que situar la visita de Eisenhower, en febrero de 1960. Se requería la presencia del mandatario en América Latina, para demostrar que su país no daba la espalda al continente. El objetivo fue discutir el problema de Cuba, que por varios años fue la principal preocupación de la Casa Blanca. Nuevamente hubo amplias movilizaciones en Buenos Aires, algunas a favor del mandatario y otras hostiles -unos meses antes, una multitud había vitoreado a Fidel Castro, en su visita a la capital argentina-.

La visita de George Bush se dio en un contexto muy distinto, al inicio de la posguerra fría, tras la caída del Muro de Berlín y en los albores del Consenso de Washington. Visitó a Carlos Menem el 5 y 6 de diciembre de 1990, en una coyuntura interna muy compleja desde el punto de vista económico (sucesivos planes de ajuste, acordados con el FMI, con un marco hiperinflacionario sin precedentes) y político (dos días antes de la llegada de Bush se produjo el alzamiento carapintada liderado por Mohamed Seineldín).

El presidente estadounidense vino a ratificar el novedoso alineamiento argentino tras las políticas de Washington, que poco después el canciller Guido Di Tella calificó de “relaciones carnales”. Además, agradeció el apoyo de Menem en la ONU, votando sucesivas sanciones contra Bagdad. Semanas más tarde, Bush lanzó la operación “Tormenta del Desierto” y la Argentina se involucró, enviando dos buques de guerra.

Gran parte de las conversaciones con Menem versaron sobre la “Iniciativa para las Américas”, nombre inicial del ALCA. El mandatario estadounidense visitó el Congreso, donde lo recibió el vicepresidente Eduardo Duhalde. La condescendencia oficial fue desafiada por el diputado de izquierda Luis Zamora, quien repudió a viva voz la presencia de Bush. Menem, en cambio, no ahorró elogios ni agasajos: le ofreció un banquete en el salón comedor de la Sociedad Rural y hasta lo invitó a jugar al tenis a la Quinta de Olivos. Un año más tarde hizo una visita de Estado a Washington, consolidando el inédito alineamiento.

La visita de Bill Clinton se produjo poco después, en octubre de 1997. El mandatario estadounidense venía a celebrar el supuesto éxito de su principal socio regional. Desde 1990, la inversión directa estadounidense había trepado de dos mil a 12 mil millones de dólares, gracias a las privatizaciones. Las exportaciones estadounidenses a la Argentina se habían elevado de 1.100 a 5.000 millones de dólares. En términos de la política exterior, el gobierno de Menem había implementado una subordinación sin precedentes.

Clinton anunció en Buenos Aires que había planteado al Congreso estadounidense su intención de nominar a la Argentina como aliado extra-OTAN, sumándola a la reducida lista que integraban Australia, Egipto, Israel, Japón, Jordania, Nueva Zelanda y Corea del Sur. El tema central de la agenda bilateral fue el compromiso de ambos gobiernos para avanzar en las negociaciones que permitieran crear, en 2005, el ALCA, el proyecto estratégico con el que Estados Unidos soñaba extender el Tratado de Libre Comercio de América del Norte hasta Tierra del Fuego. Las organizaciones populares, organismos de derechos humanos y los partidos de izquierda marcharon a la embajada de Estados Unidos para repudiar la presencia del mandatario estadounidense y hubo algunos incidentes, mientras Clinton era agasajado en la Sociedad Rural.

La visita de Bush, en noviembre de 2005, es quizás la más recordada. Si a lo largo de la historia hubo masivos rechazos a funcionarios estadounidenses -Nixon, Rockefeller, Clinton- la marcha y los actos contra Bush superaron todas las expectativas, concentrando a más de cien mil personas que desbordaron las calles de Mar del Plata. El proyecto del ALCA, como dijo Chávez, fue finalmente “enterrado” en tierra argentina en noviembre de 2005.

Nuestra América, en tanto, pudo ensayar mecanismos inéditos de coordinación y cooperación política, como el ALBA, la UNASUR y la CELAC. Bush quedó furioso por la derrota política que le habían propinado en la cumbre, lo cual provocó un largo distanciamiento bilateral. En la década siguiente, ni él ni Obama visitaron la Argentina ni tampoco recibieron en la Casa Blanca a Néstor Kirchner ni a Cristina Fernández.

Estados Unidos está jugando muy fuerte para restablecer su hegemonía en América Latina y el Caribe, desafiada de muchas maneras en los últimos años. Apuesta a derrotar a los gobiernos bolivarianos y a fortalecer a las nuevas derechas. Pretende consolidar el vínculo con Macri y por eso vendrá a la Argentina. A lo largo de la historia, cada visita de un presidente de Estados Unidos marcó un punto de inflexión en las relaciones bilaterales.

Por una provocación, o una casualidad de la compleja agenda de Obama, estará en Buenos Aires el 24 de marzo, cuando se cumplan 40 años del golpe de 1976. Una multitud se manifestará en las calles, en un momento clave donde la región se dirime entre avanzar hacia la postergada integración autónoma o volver a los viejos patrones de dependencia y subordinación al imperio.

@leandromorgen

* Docente UBA. Investigador Adjunto del CONICET. Autor de Vecinos en conflicto. Argentina y Estados Unidos en las conferencias panamericanas, de Relaciones peligrosas. Argentina y Estados Unidos y del blog www.vecinosenconflicto.blogspot.com


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