Publicado en línea el Lunes 20 de marzo de 2017, por amalia

La Jornada Editorial

Después de haber defendido el modelo de gobernanza neoliberal y globalizador con todos los argumentos posibles –y algunos inverosímiles– frente a las impugnaciones de altermundistas, economistas progresistas, organismos sociales y gente provista de sentido común, los ministros de finanzas del Grupo de los 20 (G-20) han comenzado a cuestionarse sobre la viabilidad de buscar una alternativa a dicho modelo sin minar, desde luego, las bases sobre las que descansa el sistema capitalista. Paradójicamente, el motivo de la sorpresiva reconsideración no es una de las múltiples críticas que periódicamente formula la izquierda contra el concepto mismo de globalización, sino la política de hechos consumados que está llevando a cabo Donald Trump, cuya apuesta por el proteccionismo, el establecimiento unilateral de gravámenes en función de los intereses estadounidenses, la relocalización de grandes empresas en su país y el condicionamiento a las inversiones de las mismas golpea en plena línea de flotación al proyecto globalizador.

Resulta difícil, aunque no inconcebible, imaginar una economía mundial de mercado sin la participación de Estados Unidos: esta sencilla verdad está siendo, para los apóstoles del neoliberalismo, más contundente que los razonamientos que sistemáticamente son recibidos, examinados y desechados por los asistentes al Foro de Davos, y que señalan puntualmente los demoledores efectos que la actual gobernanza tiene sobre los países emergentes o en economías de transición. Hace apenas un año, una reunión con la agenda que tiene la que se realizará a partir de hoy en Baden-Baden, Alemania, hubiera sido poco menos que impensable: los encuentros celebrados durante los anteriores 20 años por los miembros del G-20 se habían ocupado (además de poner a sus asistentes a salvo de las iras altermundistas) en afinar y fortalecer los mecanismos de un modelo que privilegia la liberalización de la economía, el debilitamiento del Estado, la reducción drástica del gasto público, la desregulación y el protagonismo irrestricto del sector privado. Y, claro, la noción de globalización entendida como el libre flujo de capitales y –para ponerlo en términos del Fondo Monterario Internacional (FMI)– la integración de las economías del mundo mediante el comercio y los flujos financieros, el desplazamiento de la mano de obra y la transferencia de conocimientos tecnológicos a través de las fronteras internacionales (…)

La recuperación por el nuevo ocupante de la Casa Blanca de la Doctrina Monroe (América para los americanos, donde América significa Estados Unidos) choca con los postulados básicos de la globalización, y como la misma constituye un elemento esencial de la gobernanza neoliberal, es precisamente ésta la que acaba siendo puesta en tela de juicio. Visiblemente preocupada, la titular del FMI, Christine Lagarde, opinó que si la nueva administración estadunidense hace lo que promete, el comercio internacional, el movimiento de capitales y el intercambio tecnológico podrían verse envueltos en serios problemas. Es decir, las inquietudes que afligen a Lagarde y los ministros de finanzas no pasan por la concentración desmedida, la pérdida de peso del Estado, el desempleo y el deterioro de las políticas sociales, secuelas de la gobernanza neoliberal que golpean a las mayorías, sino por la afectación a las tasas de ganancia que sufrirían las corporaciones europeas y asiáticas con relación a las de Estados Unidos.

El conjunto de las medidas previstas por Trump (que habían sido debidamente preanunciadas en su campaña electoral) convierte a éste, en la práctica, en un impugnador del modelo económico mundial vigente. Esto explica, en parte, la atracción (en ocasiones vergonzante) que el republicano ejerció en algunos sectores de la izquierda más radical, los cuales parecían dispuestos a pasar por alto su racismo, xenofobia e intemperancia, a cambio de que hiciera trastabillar el modelo globalizador. Éste es ciertamente indefendible, y su desaparición, deseable. Falta ver si el ataque desde la derecha no resulta un remedio peor que la enfermedad.


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