Publicado en línea el Jueves 23 de marzo de 2017, por amalia

Antonio Piazuelo - ATTAC Aragón

Un suspiro de alivio se pudo escuchar en (casi) todos los despachos gubernamentales de Europa cuando el recuento de los votos holandeses ahuyentó el fantasma de un nuevo Brexit, ahora llamado Nexit. Y ahuyentó también la pesadilla de un segundo rubio oxigenado, xenófobo, eurófobo y parafascista, al frente de un gobierno occidental después de Trump. Más al Este, Hungría y Polonia asoman la patita euroescéptica sin necesidad de nuevas elecciones (ya votaron antes a líderes autoritarios e hipernacionalistas). Holanda, por lo tanto ha salvado la primera bola de partido para la Unión Europea, aunque sea a costa de un nuevo éxito de la derecha y del enésimo batacazo de la izquierda. Es ahora el turno de Francia y Alemania.

El panorama, para los europeístas de izquierdas, no es desde luego como para echar cohetes. El crecimiento de las derechas extremas partidarias de un repliegue nacionalista, que solo alcanzan a contener las derechas tradicionales, y el de las izquierdas muy tibias en relación con la UE (cuando no abiertamente opuestas a ella) dibuja un panorama bien poco prometedor, veinticinco años después de Maastricht y del empuje que una excepcional generación de políticos dio a la construcción de Europa. ¿Qué ha ocurrido desde entonces? ¿Por qué aquella locomotora, que parecía lanzada hacia los Estados Unidos de Europa, ha empezado a ralentizar su marcha y, por momentos, parece que va hacia atrás?

Es claro que la causa de que crezca el apoyo a partidos como el de Marine Le Pen y a líderes como Trump o Wilders (¡y de que crezca entre las clases trabajadoras, sobre todo!) no hay que buscarla en eso tan socorrido del rechazo a la globalización, como hacen los partidarios de unas políticas proteccionistas que tantas guerras comerciales, y de las otras, provocaron en el pasado. No: la globalización económica es un instrumento, solo un instrumento, y no puede culparse al instrumento del mal uso que se le ha dado como no puede acusarse a un cuchillo de cocina porque alguien lo haya utilizado para degollar a un semejante. La razón de esta involución europeísta es algo más simple y muy sencillo de entender si prestamos atención a lo que dice la gente en lugar de dedicarnos a interpretar de forma interesada sus palabras y a manipular sus opiniones difundiendo mentiras. No creo que muchos de los votantes de Trump, Le Pen o Wilders tengan una idea precisa sobre qué es eso de la globalización, y mucho menos sobre el contenido y las consecuencias de esos tratados comerciales de los que abominan tras haber sido inducidos a ello.

Lo que sí es fácil escuchar, si uno habla con sus vecinos, son quejas por la precariedad del empleo, por los recortes en educación o sanidad, por los bajos salarios, por los abusos de los bancos… Y, como la tentación inmediata de cualquier gobierno nacional es sacudirse las pulgas, la mayoría de los gobiernos hace ver que todo eso son imposiciones de Europa. ¿Puede extrañarle a alguien que el afecto de las poblaciones hacia el proyecto de Unión Europea se vaya disolviendo entre las clases populares, como lo ha hecho en Gran Bretaña?

¿Y qué hacen nuestros dirigentes para salir de ese pantano? ¿De qué forma se proponen recuperar la ilusión europeísta de sus ciudadanos? La última genialidad es ir hacia una Europa de dos (o más) velocidades, hacia un europeísmo a la carta por así decirlo. Los países más avanzados podrán dar pasos hacia la Unión Fiscal, la Unión Bancaria o un mayor peso de los pilares europeos de Seguridad y Defensa, mientras los demás pueden optar por permanecer al margen. Y lo primero que se nos puede ocurrir es que la idea contradice en buena medida el sueño de una Europa unida que tuvieron los padres fundadores. Lo segundo es que no veo que nadie vaya a ilusionarse ante conceptos tan abstrusos como Unión Fiscal o Unión Bancaria… mucho menos por el hecho de que se decida gastar más en Defensa. Es evidente que se trata de instrumentos (¡otra vez instrumentos!) útiles para consolidar la UE, incluso es posible que sean imprescindibles, pero con ellos no van a ilusionar a nadie.

Es necesario, pues, encontrar algo más, no simples instrumentos técnicos, que vuelva a hacer que los europeos miren el futuro de la Unión con esperanza. ¿Qué? Lo único que, en mi opinión, puede ilusionar a las numerosísimas víctimas de la crisis económica que apenas empezamos a superar es un decidido avance hacia la Unión Social. Un proyecto político claro que camine hacia la igualdad de derechos sociales y laborales, que haga posible que un trabajador español (o irlandés, o portugués…) goce de los mismos derechos que un trabajador alemán (u holandés, o belga…) y de unas prestaciones sociales similares. Un proyecto que incluya una política común de empleo y pueda reducir las diferencias existentes en esta materia entre los países más avanzados y los más retrasados, así como una inspección laboral comunitaria que vele por el cumplimiento de la legislación laboral europea.

En definitiva, un proyecto que se ocupe verdaderamente de las necesidades de esos amplios sectores de nuestras sociedades que han sufrido y sufren verdaderamente los efectos de la Gran Recesión, de las políticas de austeridad y del mal uso interesado de las posibilidades que ofrece la globalización. ¿Alguien piensa que un proyecto de este tipo no concitaría un gran número de adhesiones renovadas al proceso de Unión Europea y arrebataría a los grupos populistas la supuesta bandera de su defensa de los desfavorecidos?

Hay un problema para ello, claro. Europa tiene por primera vez en su historia a dirigentes de derechas en todos los órganos claves de la UE, en la Comisión, en el Parlamento y en el Consejo. Y es la derecha la que gobierna en la inmensa mayoría de los países comunitarios. Parece difícil que la idea de una Unión Social vaya a entusiasmar a esos partidos, a esos dirigentes y a quienes los patrocinan. También es cierto que la socialdemocracia, de quien podría esperarse una iniciativa así, anda sumergida en el caos también en casi toda Europa, sin un nuevo proyecto que ofrecer a sus antiguos votantes. Bueno, pues ahí lo tienen. Ya tardan los líderes de los partidos socialdemócratas en ponerse manos a la obra y diseñar las líneas centrales de esa Unión Social. Tengo muchas dudas de que lo consigan, pero “Los tiempos están cambiando”

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