Publicado en línea el Jueves 20 de abril de 2017, por amalia

La JornadaEditorial

La confrontación verbal entre los gobiernos de Corea del Norte y Estados Unidos volvió a subir de tono en el curso de ayer. El vicepresidente estadounidense Mike Pence dijo –a unas millas de la línea que separa a ambas Coreas– que la era de la paciencia estratégica se acabó, en alusión a la política tradicional seguida por Washington de tratar de lograr mediante presiones económicas y diplomáticas que Piongyang prosiga el desarrollo y la producción de armas atómicas, y amenazó con que su gobierno tiene puestas todas las opciones sobre la mesa, en referencia a la ejecución de una agresión militar contra el país asiático. La respuesta norcoreana llegó horas después por boca del representante de Piongyang ante la Organización de las Naciones Unidas, Kim In Ryong, quien advirtió que su país está listo para reaccionar a cualquier tipo de guerra que Estados Unidos desee y que tendrá la más dura reacción contra los provocadores.

Para poner en perspectiva el significado de este virulento desencuentro es preciso formular varias consideraciones. La primera de ellas es que para la lógica imperial de la Casa Blanca –independientemente de quién se encuentre en ella– resulta inadmisible y hasta inconcebible que un pequeño y remoto país pueda amenazar el territorio estadounidense con misiles atómicos intercontinentales. La segunda es que la determinación de Piongyang de dotarse con esa clase de armas es una consecuencia no deseada de las propias acciones de Washington en países como Afganistán e Irak. Este último, en particular, fue invadido y arrasado con el argumento falso de que poseía armas de destrucción masiva. Paradójicamente, si el régimen de Saddam Hussein las hubiera tenido, tal vez George W. Bush y sus aliados no se habrían atrevido a lanzar la agresión bélica en su contra. Ésa fue, en todo caso, la conclusión que los gobernantes norcoreanos extrajeron de los múltiples e impunes ataques militares estadounidenses contra países pequeños y débiles.

Otra consideración necesaria es que, si bien la relación entre Corea del Norte y Estados Unidos ha distado mucho de ser distendida desde mediados del siglo pasado, existía entre las partes una suerte de pacto implícito de no agresión, situación que se vio alterada hace unos años con el desarrollo norcoreano de bombas atómicas. En la situación actual, la escalada se explica por las severas dificultades políticas internas en las que se encuentra la administración de Donald Trump, la cual no ha podido avanzar en su ofensiva contra el sistema de seguridad social legado por Barack Obama, en su disparatado empeño de construir un muro en la frontera común con México ni en otros asuntos. En tal circunstancia, el magnate neoyorquino ha buscado recuperar impulso político por un medio tradicional y harto conocido: incitar el patrioterismo estadounidense mediante la creación de frentes de guerra externos. Por eso bombardeó una base aérea del gobierno sirio, por eso ha ordenado el despliegue de copiosas fuerzas militares alrededor del territorio norcoreano y por eso se ha enzarzado en un duelo de amenazas con Piongyang.

Las bravuconadas, sin embargo, pueden ser una mecha como cualquier otra para desatar una conflagración obligadamente catastrófica, no sólo para Corea del Norte y Estados Unidos, sino también para Corea del Sur y Japón, y una guerra particularmente desastrosa para la humanidad en su conjunto. Cabe esperar que el resto de la comunidad internacional formule una enérgica exigencia a ambos bandos para que dejen de lado el intercambio de amagos y resuelvan sus diferencias por la vía diplomática.


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