Publicado en línea el Miércoles 24 de febrero de 2016, por Carlos del Frade

(APe).- El juego se llamaba “verdad y consecuencia”. Chicas y chicos, en ronda, preguntaban sobre los elegidos del corazón y el deseo de cada una, entonces, las respuestas, las verdades, generaban consecuencias en esas noches de encuentros.

Hoy, sin embargo, la realidad marca la inversión de aquel juego adolescente. Ahora, en estos días, la dinámica es mentira y consecuencia.

La Procuraduría de Criminalidad Económica y Lavado de Activos, Procelac, que depende de la Procuración General de la Nación, informó que en los últimos cinco años fueron investigadas maniobras de lavado de dinero procedente del narcotráfico por cuatro mil millones de pesos.

Según lo publicado, algunas de las formas fueron fideicomisos en barrios de lujo como Nordelta, compra de jugadores de fútbol, de edificios enteros, de flotas de autos y sobre, todo, de campos que hoy están bajo la lupa de la Justicia federal en distintos puntos del país.

Los casos analizados van desde la inversión de colombianos en casas de lujo en la zona del Tigre, lo relacionado a la banda internacional que estaba detrás del operativo “Carbón Blanco”, las compras y ventas de jugadores de fútbol en donde surge el ya mítico grupo de “Los Monos”, de Rosario, y las adquisiciones de decenas de inmuebles y autos de la organización liderada por Delfín Zacarías, en la región del departamento San Lorenzo, en el sur de la provincia de Santa Fe.

Lo llamativo, sin embargo, es que desde 1999 al presente, diecisiete años de historia económica, política y social, solamente hubo nueve condenas por lavado de dinero.

Y más allá de los discursos y leyes, tanto nacionales como provinciales que prometieron decomiso de propiedades de narcotraficantes como la investigación de la repetida ruta del dinero, los delincuentes de guante blanco que se mueven detrás del negocio paraestatal gozan de impunidad salvo pequeñas e insignificantes excepciones.

La dimensión del negocio que dibuja este informe, sin embargo, parece ser una aproximación precaria, una mínima porción de la totalidad del volumen que genera el narcotráfico en estos arrabales del mundo.

Del otro lado del negocio paraestatal, como siempre, la sangre derramada de las pibas y los pibes, consumidores consumidos, soldaditos inmolados en el altar del dios dinero, verdadero corazón de esta forma actual de acumulación que tiene el capitalismo, especialmente en las últimas tres décadas.

Con esta información, la PROCELAC refuerza el carácter clasista de la actividad económica, política, cultural y social.

Los juzgados federales de cada provincia argentina promueven decenas y decenas de causas vinculadas al narcomenudeo, el chiquitaje que se mueve en los barrios estragados de las periferias de los centros urbanos.

De esos expedientes vendrán los habitantes de las cárceles o los pobladores de las noticias policiales pero, difícilmente, surgirán los nombres y apellidos de los que invierten en la adquisición del kilogramo de pasta base que viene de Perú y Bolivia y que luego, si, serán estirados en los extramuros de las ciudades argentinas.

Diez causas y cuatro mil millones de pesos son cifras enanas ante el drama social encarnado por miles de pibas y pibes que soportan el castigo de aparecer como los responsables del narcotráfico.

La dinámica clasista del negocio, entonces, demanda la hipocresía como insumo básico. El proceso del dinero es el corazón del narcotráfico, sin embargo, las causas por lavado son escasas, pocas, muy pocas. Los detenidos, los procesados, son los que no tienen dinero, los que no lavan, los que están lejos de las inmobiliarias, los bancos y las mesas donde se compran y venden jugadores de fútbol.

Por eso el gobierno nacional, fiel a esta dinámica de mentira y consecuencia, elige invadir las villas y los barrios con fuerzas federales para castigar a los ya castigados. El chiquitaje, los empobrecidos, serán los encarcelados. Los lavadores de dinero, mientras tanto, seguirán tranquilos en sus escritorios del centro de las grandes ciudades.

La realidad del juego perverso de mentiras y consecuencias.


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