Publicado en línea el Jueves 8 de junio de 2017, por amalia

Boaventura de Sousa Santos - Público.es

Estamos en 1913, en el centro de la vida cultural y política de Europa, un centro que pasa fundamentalmente por Viena, Berlín, Praga, París, Múnich y, a lo lejos, Londres. Las élites culturales alimentan incesantemente su ilustración en los periódicos, folletines y saraos literarios, en las galerías de arte, los conciertos, las tertulias de café. Están febrilmente al corriente de la actualidad cultural y artística y siguen con cierta distancia la actualidad política, mucho menos excitante.

Pero entre esas élites hay jóvenes revolucionarios que en la clandestinidad van preparando tiempos nuevos. Son tiempos que imaginan llenos de creatividad, innovaciones e irreverencias que rompen con las rutinas, las inercias, las convenciones. Es el nuevo siglo en plena efervescencia de la primera juventud. Se discuten nombres, obras y acontecimientos, muchos de los cuales aún hoy, un siglo después, nos son familiares.

Kafka concluye La Metamorfosis, una de sus obras más geniales, que se publicará en 1915. Bajo pseudónimo, llega a Viena Joseph Stalin, mandado por Lenin para estudiar la cuestión nacional, un tema al que los marxistas austro-húngaros habían dedicado particular atención. Como Stalin no sabe alemán, será Nikolái Bujarin, otro revolucionario ruso en el exilio, quien le ayudará a leer la bibliografía. Este apoyo no mereció la gratitud de Stalin. Veinticinco años después, en 1938, Bujarin, sin duda uno de los más brillantes intelectuales de la Revolución rusa, será mandado asesinar por Stalin durante los infames juicios de Moscú. En la misma época y en la misma ciudad, un joven pinta, sin ninguna calidad, acuarelas de catedrales para vender a turistas. Se llama Adolf Hitler. Sigmund Freud publica Totem y tabú, un libro en el que el psicoanálisis se aplica a la antropología social y cultural y que resultaría tan influyente como controvertido. El conflicto en el interior del movimiento psicoanalítico entre Sigmund Freud y Carl Jung se agrava y alcanza proporciones que van mucho más allá de un debate científico. Thomas Mann acaba de publicar Muerte en Venecia, una novela que, según la intelectualidad maledicente, manifiesta la homosexualidad secreta del novelista. La famosa pintura de Leonardo, Mona Lisa, es encontrada en un hotel de Florencia, después de haber sido robada del Louvre en 1911 por un “nacionalista” italiano. En un reparto típicamente “igualitario”, según criterios eurocéntricos, los alemanes financian las excavaciones arqueológicas en Egipto; la mitad de los objetos se quedan en el Museo del Cairo y la otra mitad van al Museo de Berlín. Es en este año que viaja a Europa el busto más famoso del mundo, el busto de Nefertiti. Karl Kraus, uno de los periodistas y ensayistas más brillantes de su tiempo, publica regularmente en Viena su revista Die Fackel (La antorcha), invectiva contra la corrupción, el nacionalismo, el psicoanálisis, el mal gusto. Las polémicas e incluso las acciones judiciales se suceden. El placer de pensar y el milagro del lenguaje alcanzan en Kraus el paroxismo. Pablo Picasso y Georges Braque son los grandes pioneros del cubismo, que en esta época adquiere una nueva dimensión, el cubismo sintético. En 1913, Duchamp ejercita su “delirio de la imaginación” instalando una rueda de bicicleta en su estudio para mostrar que hay otros movimientos más allá del movimiento lineal del progreso. Es el año en que exhibe en Nueva York su Desnudo bajando una escalera. Los pintores descubren la desnudez, de Gustav Klimt a Egon Schiedle y Oskar Kokoschka. Este último se enamoró de Alma Mahler, viuda de Gustav Mahler, y a pesar de pintar las obras maestras que Alma exigía para ser “conquistada” por él, acabó por perder en su competencia con el gran arquitecto Walter Gropius, fundador de la Bauhaus y uno de los padres de la arquitectura modernista. Es la época en que buenas costumbres ceden ante la pornografía de la novela del vienés Felix Salten, Las memorias de Josephine Mutzenbacher, que los fans de las películas porno de los años setenta del siglo pasado verán interpretada por la famosa actriz porno, también austríaca, Patricia Rhomberg. Otro hijo de la efervescencia cultural de Viena es el filósofo Ludwig Wittgenstein, que en 1913 se retira, en compañía de su pareja, a una pequeña aldea noruega para escribir el Tractatus Logico-Philosophicus. Arnold Schonberg escandaliza a Viena con su innovación en la escritura musical. Igor Stravinsky presenta en París La consagración de la primavera, 33 minutos que cambiaron la sensibilidad musical del llamado mundo culto. Marcel Proust publica el primer volumen de En busca del tiempo perdido, mientras que Max Beckmann escribe que “el hombre sigue siendo un cerdo de primera clase”. 1913 es el año en que Virginia Woolf intenta suicidarse por segunda vez (la primera fue en 1904). Solo tendrá “éxito” al tercer intento, en 1941, ante el espectáculo devastador de su casa bombardeada.

¿Qué falta en esta narrativa?

Aparentemente, nada. El mundo cultural hegemónico está aquí retratado en pleno. Prueba de ello es el hecho de que, cien años después, todos estos nombres nos son familiares. Empero, una reflexión más profunda revela dos ausencias fatales. La primera es que el discurso cultural de este año es totalmente indiferente respecto al peligro de ocurrencia de la catástrofe que, al año siguiente, sacudirá Europa y el mundo dependiente de ella, la Primera Guerra Mundial. En ella van a morir 17 millones de personas, militares y civiles, y, entre ellos, muchos africanos de cuya existencia la Europa culta nada sabe ni quiere saber. En las colonias francesas, 263.000 muertos; en las colonias inglesas, 141.000; en las colonias alemanas, 123.000; en la colonia portuguesa de Mozambique, 52.000. Estamos ante el acontecimiento más catastrófico desde la peste negra, que entre 1346 y 1353 segó la vida de 75 a 200 millones en Eurasia.

¿Por qué esta omisión de las élites culturales? Tal vez solo Karl Kraus estuviese atento a lo que estaba por venir con sus críticas a los generales y a los industriales que se lucrarían con la guerra, y a la prensa a su servicio. Por eso escribió, entre 1915 y 1922, su megapieza de teatro, Los últimos días de la humanidad. Y, en un registro totalmente diferente, un joven deprimido, de nombre Oswald Spengler, escribía en Múnich, en 1913, un libro que vendría a ser la Biblia de los reaccionarios europeos, La decadencia de Occidente. Había señales abundantes de que lo peor podía ocurrir, pero las élites culturales (y también políticas) se negaban a verlas. La normalidad de los excesos se convirtió en el exceso de la normalidad. ¿Y hoy?

La segunda ausencia tiene que ver con el hecho de que todo lo que ocurre fuera de Europa, o de manera específica fuera de Europa del Norte y Central, no existe, es decir, es producido como no existente por el pensamiento hegemónico. Este pensamiento cubre un pedazo minúsculo del mundo y, sin embargo, se arroga una manifestación del “universalismo europeo” (en sí mismo un oxímoron). Esto es posible porque, a partir de la expansión colonial europea a fines del siglo XV, una línea abisal, tan radical como invisible, fue trazada entre las relaciones sociales en el mundo de las metrópolis europeas y las relaciones sociales en el mundo de las colonias extraeuropeas. En los términos de esa línea, una línea geopolítica, ideológica y epistemológica, la realidad social, política, cultural y ética relevante, la que cuenta para definir principios, valores y criterios de sociabilidad social, ocurre de este lado de la línea, en las sociedades metropolitanas. Del otro lado de la línea viven seres subhumanos, hay un mundo de peligros a vencer y de recursos a ser apropiados, por la violencia si es necesario. Los europeos asumen de modo imperial esa división abisal, convencidos de que en el mundo metropolitano el regulador de la convivencia es la conciencia, mientras que en el mundo colonial es la conveniencia.

De ahí que la narrativa hegemónica no pueda imaginar como relevante que, en 1913, Gandhi organice en Sudáfrica la primera marcha de protesta en defensa de los mineros indios, un momento clave en la lucha y también de ambigüedad gandhiana de cara al Imperio británico. O que ese mismo año sea promulgado el Natives Land Act, la ley que reserva la tierra sudafricana para los blancos y apenas deja el siete por ciento de la tierra cultivable para los negros, a pesar de ser estos la amplia mayoría de la población. Por lo demás, del otro lado de la línea abisal, pensar en términos de acontecimientos aislados y fechados es una trampa epistemológica, porque lo que está en curso es un proceso continuo de apropiación violenta de recursos coloniales como resultado del primer reparto de África en la Conferencia de Berlín (1884-85), del genocidio de poblaciones nativas, tanto en las Américas, como en el “Estado Libre del Congo”, un eufemismo patético: el rey Leopoldo de Bélgica presidió ahí las atrocidades más crueles, conocidas como “los horrores del Congo”, que redujeron su población en varios millones de personas entre 1885 y 1908.

Contrariamente a las apariencias, la línea abisal no cesó con el fin del colonialismo de ocupación territorial. Permanece hoy, tal como continúa el colonialismo, aunque bajo nuevas formas. Es la línea abisal que justifica hoy el racismo, la xenofobia, la islamofobia, la destrucción de países como Irak, Libia o Siria, la “solución final” de Palestina, perpetrada por víctimas convertidas en agresores, el encarcelamiento masivo de los jóvenes negros norteamericanos, el tratamiento inhumano de refugiados. Tan diferentes, y sin embargo tan iguales, las ausencias de 1913 y las de hoy.

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez


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