Publicado en línea el Martes 13 de junio de 2017, por amalia

Albino Prada – Comisión JUFFIGLO de ATTAC España

Cuando en el año 2010 Emmanuel Macron ejercía como relator general de un informe titulado “Una ambición para diez años” lo hizo aún como alto gestor de la Banca Rothschild. Un informe que fuera encargado por el presidente Sarkozy y que después inspiraría buena parte de la gestión del presidente Hollande.

Si siete años más tarde, ahora ya como Presidente de la República francesa, revisara dicho informe con motivo de su primera visita oficial a Alemania, podría anotar varias cosas en general preocupantes.

Devaluación interna

La primera que si entonces el gran reto era frenar el declive de la economía francesa, en contraste con el empuje de la economía alemana, la situación después de transcurridos siete de los diez años de referencia para aquel informe no ha hecho sino empeorar. Para empezar porque la economía francesa ha crecido en los últimos años por debajo de lo que lo ha hecho la economía germana y muy lejos del objetivo que se marcaban.

En segundo lugar porque para uno de los mayores riesgos que se señalaban en aquel informe (el endeudamiento público) se pretendía evitar que se acercase al 100% del PIB, pero, en vez de situarse en 2017 en el 77% que se marcaban como tope hace siete años, la situación real es que están ya en el 96%. Mientras tanto en Alemania la deuda no ha crecido.

En tercer lugar recordaría que uno de los objetivos básicos para aquel informe, y para su relator general que llegaría a Ministro, era reducir la tasa media de desempleo a la mitad. Lejos de ello la tasa actual está por encima de la del año 2010 (10% frente a 8%). Mientras en Alemania, ahí sí, está en la mitad de la francesa.

En aquel informe Macron compartía la estrategia de imitar el modelo alemán para evitar esos tres problemas (en suma: crecer más para reducir la deuda y el paro). Una estrategia en la que el crecimiento dependiese menos de la demanda interna y más de ganar competitividad con una devaluación interna. Eso más reducir el tamaño del Estado.

No pongo en duda que una mayoría social parece confíar aún en Francia en que es posible alcanzar ese modelo. Sin embargo tengo mis dudas de que dentro de la actual eurozona otra gran economía (como es el caso de la francesa) pueda gozar del mismo encaje que Alemania. Sobre todo cuando la Alemania de la gran coalición no ha dado ninguna señal efectiva de querer compartir o mutualizar una hegemonía que hoy por hoy ha sustituido al eje franco-alemán con el que aún sueñan en París.

Así las cosas, la gran coalición que capitanea el Presidente Macron explicará en Berlín que quieren hacer lo mismo que hizo Alemania en los últimos quince años. Que, para ello, necesitan una Alemania que no practique una hegemonía autista. Y evitar así un frexit que supondría un tumultuoso final de la Unión Europea.

¿Un Napoleón antiglobalización?

El nuevo Presidente de la República francesa es, sin duda, un declarado admirador del modelo económico alemán. Una economía que gana peso en el mundo, con pleno empleo y muy reducido endeudamiento. Consecuentemente, presentó un programa electoral en el que imita la vía alemana para conseguirlo: reducción del déficit público y de los costes para las empresas (fiscales y laborales). Lo que otros denominamos devaluación interna competitiva.

No sorprende, por tanto, que los dirigentes de la gran coalición alemana (con Merkel y su superministro de finanzas a la cabeza) hayan visto con alegría el triunfo electoral de su modelo en Francia.

Sin embargo es menos conocido que, en paralelo a esa devaluación interna, el programa En Marcha de Macron incluye medidas externas, de ámbito fundamentalmente europeo, necesarias para alcanzar aquellos objetivos. Todas bajo este título literal: defender nuestros intereses industriales en la globalización. Un programa que no es antiglobalización, pero que tampoco lo es de monaguillos de la globalización.

Traduzco sus propuestas textualmente: defenderemos la instauración de un control europeo sobre las inversiones extranjeras con el propósito de defender nuestras empresas estratégicas; defenderemos el refuerzo de procedimientos europeos anti-dumping para poder ser más ágiles y más disuasivos, lucharemos contra el dumping ambiental y social; debemos aplicar sanciones comerciales a países que no respetan las clausulas sociales y ambientales incluidas en los acuerdos comerciales con la Unión Europea.

La cosa no acaba ahí: defenderemos una ley europea de compras que permita reservar los mercados públicos europeos a empresas que localicen al menos la mitad de su producción en Europa; defenderemos, a nivel europeo, un impuesto sobre la cifra de negocios realizados dentro de cada país en la prestación de servicios electrónicos, para eliminar la repatriación de beneficios en los paraísos fiscales.

Reitero que se trata de propuestas literales incluidas en su programa a la Presidencia de la República, propuestas que lo alejan del numeroso club de los cosmopolitas dogmáticos o autistas, y que lo aproximan a lo que podría ser una necesaria gobernanza de la globalización salvaje.

Lo que, otrora, el mismo Keynes denominó una conveniente autosuficiencia selectiva. Algo que, sin duda alguna, solo puede -si acaso- acometerse desde un espacio de la economía mundial del tamaño de la Unión Europea.

Es por eso que en su primer encuentro con la canciller alemana del pasado lunes eché en falta que para su agenda franco-alemana en la Unión Europea pusiese explícitamente encima de la mesa estas propuestas. Por no citar otro punto clave del programa de Macron: un presupuesto y un Parlamento para la eurozona.

Sin estos compromisos europeos el programa de Macron se reducirá a una devaluación interna neoliberal pura y dura. Algo que para la hegemonía de la coalición ordoliberal alemana será todo un éxito, pero que para el proyecto europeo será un desastre.

Publicado en La Voz de Galicia


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