Publicado en línea el Martes 25 de julio de 2017, por amalia

Carlos Berzosa – Consejo Científico de ATTAC España

Los emigrantes y refugiados tienen un denominador común: todos huyen. Los primeros de la pobreza, miseria y falta de oportunidades. Los segundos de persecuciones políticas y religiosas, de zonas de guerra y de la violencia de género. Las causas de la huida son distintas, pero en definitiva todos son víctimas. Hay una tendencia, sobre todo en la derecha, de criminalizar a las víctimas, y a las ONG que tratan de ayudar a emigrantes y refugiados las acusan de ser responsables de lo que consideran una invasión. Afirman que con sus actuaciones están favoreciendo el “efecto llamada”.

Esta llegada masiva, se dice con frecuencia, está poniendo en riesgo el nivel de vida de los países ricos, y se acusa a los emigrantes y refugiados del paro, deterioro de la educación y la sanidad, poniendo en cuestión al Estado del Bienestar. Todo este discurso de determinados gobernantes, y que se traslada a la población por medios de comunicación, contribuye al surgimiento de posiciones racistas y xenófobas. La responsabilidad de lo que se dice es muy grande y tiene el objetivo de ocultar las carencias y fallos de un sistema.

Este discurso queda invalidado con los datos en la mano, pues en contra de lo que pudiera parecer, los mayores movimientos migratorios no tienen lugar entre el Sur y el Norte, sino que, según las estadísticas de las Naciones Unidas, se produce fundamentalmente dentro del Sur. Al igual sucede con los refugiados, cuyos campamentos de acogida se encuentran fundamentalmente en los países menos desarrollados y limítrofes con las zonas de guerra, y no en los países desarrollados. Aunque los refugiados se dan en todos los periodos de la historia, como consecuencia de la existencia de totalitarismos, fundamentalismo y machismo, los mayores movimientos son causados por la guerra. Así sucedió, en la Primera y Segunda Guerra Mundial, en la guerra del Vietnam, y en la actualidad con el conflicto en Siria y en otros países árabes.

Los movimientos migratorios son el resultado de la desigualdad económica mundial, y en consecuencia de la existencia de países ricos y países pobres. El por qué esto es así está dando lugar a una gran literatura de economistas, historiadores y otros científicos sociales, que pretende determinar las causas del subdesarrollo. No hay un consenso a la hora de explicar las razones del subdesarrollo que lleva consigo un conjunto elevado de privaciones. Por lo general, simplificando mucho, hay estudios que se centran en las asimétricas relaciones internacionales que generan dominio y dependencia, mientras que otros ponen el acento en causas internas.

En el primer caso, resulta recomendable la lectura de los dos libros de Prashad Las Naciones oscuras las Naciones pobres (Península, 2012 y 2013). Entre los segundos, cabe citar el de Acemoglu y Robinson Por qué fracasan los países (Deusto, 2012). No obstante, siempre hay una interrelación entre factores internos y externos, lo que les diferencia a ambos enfoques es a la hora de establecer cuáles son los factores determinantes. Una explicación global e histórica (desde el siglo XVI hasta nuestros días) es la realizada por Paul Bairoch en los tres tomos de Victoires et déboires (Gallimard, 1997).

Mi posición, que no se ha modificado aunque habría que matizar en relación con los cambios habidos, se encuentra expuesta en el libro conjunto con José Luis Sampedro Conciencia del subdesarrollo. Veinticinco años después (Taurus, 1996) en el que se pone el énfasis en el sistema global que genera riqueza y pobreza. En este orden global hay una responsabilidad de los países ricos, que han colonizado y dominado por varios mecanismos a los que ahora son países pobres. Naturalmente que los factores internos también influyen, pues se da con frecuencia el mal gobierno con dictaduras y una elevada corrupción, pero los países ricos son en bastantes casos cómplices de esta situación, sobre todo cuando hay intereses económicos en juego. Las guerras civiles han tenido un efecto desastroso para la economía. Pero en estas guerras las grandes potencias están presentes con el fin de controlar materias primas básicas, al tiempo que la industria militar es un gran negocio.

Los emigrantes huyen de los países pobres a otros menos pobres que se encuentran cercanos, lo que resulta lógico debido a que el viaje al Norte es más caro y todos no tienen medios para ello. Los que pueden llegan a alcanzar el primer mundo. De manera que huyen de un infierno económico pero no alcanzan, por lo general, un paraíso. Los emigrantes no son responsables ni del mal gobierno, ni de la corrupción, ni de las guerras, ni del dominio sufrido por los países ricos y las empresas transnacionales, que en muchos casos les han empobrecido.

El caso de los refugiados y de los emigrantes es una verdadera tragedia y un escándalo en la sociedad del siglo XXI, por eso es por lo que más allá de si tenemos alguna responsabilidad en las causas de su huida, aspecto más que discutible, tenemos la obligación moral de ayudarlos. De lo contrario, se pone de manifiesto el egoísmo individual sobre la solidaridad. Un egoísmo materialista que a su vez está cavando la fosa de su propia destrucción.

Catedrático Emérito de la Universidad Complutense de Madrid

Publicado en Nueva Tribuna


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