Publicado en línea el Domingo 8 de octubre de 2017, por amalia

Asunción RuizCTXT

Supuso un esfuerzo titánico situar al cambio climático en la agenda mediática y la opinión pública. Ningún otro asunto ambiental ha tenido una cobertura tan profunda y prolongada en el tiempo. El trabajo de investigadores, activistas, voluntarios, periodistas y comunicadores ha logrado establecer el vínculo con el calentamiento global en las conversaciones sobre sequías, incendios o episodios meteorológicos extremos. Hablamos de cambio climático en casa, en el trabajo o con amigos. Cada vez más. Sobre todo, porque cada vez se hace más evidente. Porque sentimos ya sus consecuencias y su gravedad. ¿Qué hubiera pasado sin esa presión? Probablemente, la lucha internacional no habría llegado al (todavía insuficiente) punto que ha alcanzado. Sin duda, estaríamos aún peor, pero el cambio climático es solo una de las caras de la moneda.

Más que nunca es preciso elevar la presión y, al tiempo, ampliar el foco. Este modelo de desarrollo ha convertido al cambio climático en una amenaza global. Por desgracia, no viene sola. El calentamiento del planeta agrava y pone contra las cuerdas al otro gran desafío al que se enfrenta la humanidad: la creciente y profunda pérdida de naturaleza. Perdemos biodiversidad y, con ella, los bienes y servicios que nos han permitido vivir y prosperar. La otra cara de la moneda.

En un incesante goteo silencioso, se incrementa la lista de especies extintas y hábitats en peligro. Y sí, de vez en cuando recibimos alertas sobre la necesidad de proteger especies y espacios amenazados o noticias sobre los esfuerzos, a veces con éxito, para conservarlos. Son hechos que, a menudo, se presentan de forma aislada y que sentimos desvinculados de nuestra cotidianeidad. Temas de la selva. Y que parecen paliarse creando espacios protegidos. No, no es suficiente. Los esfuerzos de conservación son imprescindibles. En SEO/BirdLife conocemos cuán valiosos pueden llegar a ser, pero hablar de pérdida de biodiversidad es más que eso. Es un fenómeno de consecuencias devastadoras, que puede acarrear altísimos costes económicos y que impactará de lleno en la salud y el bienestar de los seres humanos, nuestra calidad de vida. Esto suena casi peor, ¿verdad?

Los expertos estiman que la tasa anual de extinciones se ha incrementado entre 1.000 y 10.000 veces el ratio natural. Cada año perdemos entre el 0,01% y el 0,1% de las especies que habitan en el planeta. No sabemos a ciencia cierta cuántas especies existen pero, si contemplamos las que sí conocemos, nos enfrentamos a la pérdida de entre 200 y 2.000 cada año. La cifra es alarmante pero, en un mundo de cifras alarmantes, una magnitud numérica más no sorprende. Sin embargo, será un error caer en la ilusión de que la humanidad puede convivir y sobrevivir a la destrucción de la naturaleza. Es ya un error pensar que es un asunto lejano. No ocurre a miles de kilómetros. Piénselo: ¿Hace cuánto que no oye un grillo en su ciudad? ¿Nota que hay menos gorriones en su pueblo? Son especies ligadas a entornos poblados por el ser humano. Si a ellos no les va bien, a nosotros tampoco. Es más, ¿quién sabe que en España hace tan sólo un mes se han declarado seis especies en peligro crítico de extinción?

La biodiversidad nos proporciona recursos vitales (alimentos, madera, medicinas…); ayuda a prevenir inundaciones, sequías, olas de calor; poliniza cosechas; fertiliza suelos; controla plagas y, por qué no decirlo, contribuye a sentirnos parte de la naturaleza. El valor económico de los servicios que proporciona la naturaleza es incalculable. Entre ellos se encuentran muchos asociados al control del clima, como el secuestro de carbono o la regulación del ciclo del agua y la evapotranspiración. Baste un ejemplo: la Red Natura 2000, el conjunto de espacios protegidos de la Unión Europea, proporciona entre 200 y 300 mil millones de euros anuales en servicios ambientales. No es de extrañar que el Foro Económico Mundial cite la pérdida de biodiversidad entre los riesgos globales a los que se enfrenta el mundo en los próximos diez años.

Los dos grandes desafíos ambientales, el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, son inseparables e inaplazables. Sin embargo, el nivel de preocupación por la pérdida de biodiversidad sigue siendo irrelevante. Cambiemos esto. Exijamos biodiversidad. La necesitamos más que nunca. Ahora, a la destrucción de hábitats, a la sobreexplotación de recursos, a las especies invasoras y a la contaminación, se suma el cambio climático. Se olvida que la biodiversidad, además, es el mejor arma para paliar, mitigar y adaptarnos a los efectos del cambio climático. Que no nos desarmen. Nos enfrentamos a un escenario de consecuencias impredecibles.

En España, el riesgo de no apostar y atender de forma inmediata, decidida y simultánea por ambas caras de la moneda nos costará caro. Llegaremos a ser el desierto de Europa si seguimos predicando en el desierto. Nuestra adaptación al cambio climático, prosperidad y bienestar dependen de los servicios que suministran ecosistemas sanos. Este país –el más vulnerable al cambio climático y el más rico en biodiversidad de Europa–, se lo juega todo a una misma moneda ¿A qué estamos jugando? Hasta el momento, a perder.

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Asunción Ruiz es directora de SEO Birdlife 


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