Publicado en línea el Domingo 15 de octubre de 2017, por amalia

 Albino Prada – Comisión JUFFIGLO de ATTAC España

El manifiesto ULTIMA LLAMADA, que en su día suscribimos cientos de ciudadanos, reclamaba un giro de ciento ochenta grados para desvincular la mejora del desarrollo social y ambiental del crecimiento del PIB. Transcribo aquí un pasaje de mi ensayo EL DESPILFARRO DE LAS NACIONES(Clave Intelectual, 2017) en el que me ocupo con algún detalle de esta procelosa cuestión.

Los grandes y modernos centros comerciales son un espectáculo deslumbrante de fiesta, de exceso y de esplendor; en ellos no existe la escasez y lo superfluo se habría convertido en la aspiración legítima de las masas, la pasión vertiginosa tanto del supermercado como de los portales virtuales de ventas on-line.

Cierto que para poder participar de forma permanente en semejante festín se hace imprescindible el mecanismo del crédito (asociado a numerosas tarjetas y productos financieros). Y es así como las familias gastan lo que tienen y lo que no tienen en ocasiones festivas como bodas, bautizos o primeras comuniones. J. Stiglitz pone el dedo socarronamente en este asunto resumiendo la ingeniosa solución de sus compatriotas: «pedir prestado y consumir como si sus ingresos estuvieran aumentando … cualquier adolescente era bombardeado con ofertas de tarjetas de crédito; muchas familias contrajeron enormes deudas, y en un ciclo que se parecía a la servidumbre sangrante, acabaron trabajando solo para pagar al banco».

Consumismo y endeudamiento

Para alimentar tal multiplicación de necesidades el crédito y el correlativo aumento de las deudas de los consumidores (que es en lo que habrían mutado los antaño trabajadores) ocuparán ahora un lugar central en nuestras economías. Ya que una sociedad dispuesta a gastar miles de millones para convencer a la gente de que existen unas necesidades que no sienten, ha de dar el paso siguiente: financiar esas necesidades. E insistir continuamente en la facilidad y conveniencia de incurrir en deuda para satisfacer tales necesidades.

Un universo consumista, tanto de objetos de lujo como de productos dudosamente imprescindibles, que se ha convertido en elemento central de la estabilidad económica en el mundo del Norte. Como ya razonó B. Mandeville en el lejano año de 1729: “la prodigalidad tiene mil invenciones para impedir que la gente se esté quieta”.

Y aun así, para el Nobel de economía J. Stiglitz, la suma de lo que la gente de todo el mundo puede comprar es menor que lo que el mundo puede producir. No es escaso el trabajo sino una distribución de riquezas ajustada al hecho de que el capitalismo emplea cada vez a un número más reducido de trabajadores; lo que procede es repartir mejor el trabajo socialmente necesario y la riqueza socialmente producida.

Esa brecha entre la demanda global y la oferta global es hoy nuestro problema más dramático. Un problema de exceso (no de escasez) pues al tiempo que se infrautiliza la capacidad productiva mundial, millones de habitantes del planeta viven sin cubrir sus necesidades más elementales.

A pesar de que un tal derroche en la producción infrautiliza nuestras capacidades globales, no por ello deja de provocar un nuevo endeudamiento insostenible; del que serán sus víctimas el planeta y las futuras generaciones. Porque una parte de tal crecimiento se basa en el agotamiento de recursos naturales y en la degradación del medio ambiente; una especie de préstamo arrancado al futuro, tanto más odioso cuanto más tratan de ocultarse estas deudas. Estamos empobreciendo a las futuras generaciones, pero nuestro indicador, que es el PIB, no lo refleja.


Dos fuerzas catastróficas: norte y sur

En nuestra opinión dos fuerzas descomunales se alían y empujan hacia un resultado catastrófico global:

1) por un lado el creciente despilfarro de recursos en el Norte (donde la contención de la población se ve desbordada por la acumulación vertiginosa de capital material, tecnológico y de consumo).

2) por otro, la miseria y necesidad en el Sur, con una vertiginosa multiplicación de la población como única alternativa a la incapacidad de acceder a la tecnología y a los medios de producción que hacen posible el despilfarro en el Norte; explosión demográfica como despilfarro de personas.

Hasta el presente nos habríamos limitado a activar, muy parcialmente, las fuerzas de la cultura y el conocimiento al servicio de una minoría de la especie. Con el resultado de una sobreabundancia de bienes, medios de producción y recursos (propios o apropiados) para una minoría, mientras para los muchos continúan imperando las fuerzas biológicas de la demografía, junto a restricciones de recursos que asfixian a una parte creciente de la humanidad.

Ya a mediados del siglo pasado razonaba G. Bataille que, en estas circunstancias, la única solución posible pasa por la elevación mundial del nivel de vida. Una elevación, entiéndase bien, para la inmensa mayoría, no para todos. Solo así será posible llegar detener la demografía en el Sur.

Una gran transformación: Estado estacionario

Para ello, previamente, se hace necesaria una estrategia de donación, condonación, trasvase y difusión de la riqueza (sobre todo en educación, ciencia y tecnología) del Norte al Sur. Acompañada de una apertura unilateral de los mercados del Norte a los países más pobres.

Se trataría de generalizar una sabia sentencia esquimal, según la cual el mejor lugar para guardar lo que a uno le sobra es el estómago ajeno. La misma idea que, recientemente, plantea Michael Moore cuando se pregunta qué problema habría en que nos conocieran por ser países que comparten su increíble riqueza hasta el punto de prescindir de algunos lujos a los que estamos acostumbrados.

Son planteamientos que entroncan con aquella lúcida reflexión de Sócrates cuando se felicitaba por poder decir: ¡de cuantas cosas no tengo necesidad!. Y no serían utópicos en la medida en que un muy elevado porcentaje de la clase media-alta norteamericana ya hoy estima que viviría mejor si trabajara menos, gastara menos y tuviera más tiempo para sí misma.

Pasar a practicar, en consecuencia, un modelo de vida que parta de una seria revisión de nuestras necesidades, ajustándolas a las que son universales y básicas para todas las sociedades y culturas: alimentación, alojamiento, niveles normales de salud, supervivencia y autonomía.

Son, sin duda, buenos consejos. Aunque nada fáciles de seguir si resultasen tener razón aquellos que opinan que, en la práctica, los países ricos nunca aceptarán empobrecerse para mejorar a los países pobres. En consecuencia (Daly, H.E. 1989: 34-35): « [] el problema más importante del estado estacionario no será la producción sino la distribución. Ya no se podrá soslayar el problema de las participaciones relativas apelando al crecimiento… [por eso] … el estado estacionario demandaría menos recursos de nuestro medio, pero mucho más de nuestros recursos morales».

Fragmento del libro EL DESPILFARRO DE LAS NACIONES

Clave Intelectual, 2017


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