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Demonio Eros

Sábado 18 de noviembre de 2017, por Ernesto Hernández Doblas

 

Aunque la cursilería del idealismo popular y ramplón, asegure que lo más importante de una persona son sus buenos sentimientos, en el ámbito de lo real, éstos no tienen la batuta en lo que se refiere a nuestras inclinaciones en cuanto al afecto, especialmente el que pone en juego al erotismo.

Tampoco es factor clave el contenido de la interioridad ni la capacidad de sumisión que los individuos tengan hacia los mandatos pastoriles del conjunto de prejuicios, contradicciones y señalamientos normativos que se en agitan como huracanes con corsé en la etiqueta del bien, de lo bueno.

Las razones e impulsos que nos llevan a buscar la cercanía de ciertas personas y no de otras, son más complejas que eso, por un lado, y por otro, más cercanas a todo lo que no avanza en nosotros desde la voluntad, entendida como fuerza consciente, por más que el ego humano reclame lo contrario.

En el caso de los imanes del erotismo, puede verse cómo acentúan las energías que nacen de la carne y sus vehículos para describir/se la existencia. La vida que bulle, que palpita, que cruza tiempo y espacio sin sus cadenas racionales.

Toda atracción es fatal, en el sentido de que obedece a insobornables leyes sin ley. Amamos o deseamos, amamos y deseamos, únicamente lo que es capaz de herirnos. Deseo y amor, son el nombre que le damos a una herida que mientras derrama su sangre nos vitaliza, igual que el toro bravo lleno de sol y gritos, cuyo manar de sangre es muchedumbre de luz.

En la plaza de toros, girando en círculos de tumba, la excitación es un péndulo que va del dolor al relámpago, del abismo al estallido de la aurora, de la crueldad a los misterios del arte. Toro y torero son en ese instante amantes que se buscan herir en el centro más alto de su encuentro.

Deseo y amor, son herida en el ser, cuchillos que dañan lo que tocan pero que a cambio de ello iluminan. A cambio de la muerte, la resurrección y del sacrificio, el horizonte abierto de lo sagrado.

Las primeras chispas de ese incendio surgen del objeto del deseo, al que más adelante le inventaremos cualidades, conexiones entre su realidad y la nuestra, imanes por arte de magia. Amamos y deseamos a quienes o a lo que fatalmente nos arrastra como el cometa a la luz; lo demás, no ha estado vivo nunca.

Es por ello que la poesía tiene los mejores espejos (fidedignos y embellecedores) para desnudar los rostros de la pasión que nos des-nuda, que nos des-ata, que nos despoja precisamente de razón y moral.

Quien tenga el valor de arrojarse con verdad al engaño colorido que convierte todo en polvo enamorado dejará desquiciado en el quicio su cordura y lo menos propio de su traje y zoología. Así entonces, la casa de la poesía es hospitalaria especialmente como y refugio y corazón, para el escenario de lo amante.

Aunque la mayoría de los poetas se han negado a definir a la poesía, más que con las herramientas que le son propias, se pueden sin duda rastrear sus fulgores y dar cuenta de ellos, como del canto de las batallas de una nostalgia balbuceante.

Es de ese modo que se puede llegar, no únicamente a los versos que visten y desnudan al cuerpo de lo amoroso, sino además, al des/cubrimiento de los espíritus comunicantes entre la dualidad amor-deseo y a la tercera en concordia: la poesía.

Lo que realmente interesa, lo sepan o no, a quienes aman, no es ni lo amado por sí mismo ni muchos menos los elementos que forman el ideal referido en la parte inicial del presente tejido. Todo amor no quiere amor, quiere más, escribió el filósofo poeta, creador del concepto de la voluntad de poder, que se refiere a la intensificación poiètica de las cualidades vitales del siendo.

Más allá o más acá o lateralmente a la cultura, en una zona entre los linderos de toda ley, lo pasional crea sus poéticas. Recordemos: hemos caído alguna vez en las alturas de ese vértigo. Aunque en ese momento o ahora mismo no tengamos palabras para relatar los hechos, la memoria de la herida, pétalo a pétalo, perfumará lo callado.

Es verdad y es tiempo de asumirla: hemos celebrado la majestad demoníaca de los deseos de la carne. Tenemos el recuerdo del asalto al paraíso con armas de serpiente. Sabemos que no recibimos la guía del bien sino de las voces de Dioniso, el renacido y ebrio, en la cabeza.

Así fue como pasó en verdad si es que pasó en verdad el eros y sus metáforas heterogéneas que a veces se llaman amor y otras se llaman deseo y otras dios se llaman, así fue como supimos del poema liberado de su página.

Es verdad y es tiempo de asumirlo: eros pertenece a las flores carnívoras del mal, que nos hechizan entre lazos maternos, entre la hipnosis bruja de lo abyecto y lo sagrado.  

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