Publicado en línea el Jueves 3 de marzo de 2016, por La Jornada

Ciento cincuenta años después

No se puede sostener que algunas bellas páginas puedan solas cambiar
al mundo. La obra entera de Dante no logró restituir al Sacro Emperador romano
a las comunas italianas. Sin embargo, el Manifiesto del Partido Comunista,
publicado por Marx y Engels en 1848, y que ciertamente ha influido en los acontecimientos
de dos siglos, debe ser releído desde el punto de vista de su calidad literaria,
o por lo menos, de su extraordinaria estructura retórico-argumentativa.

En 1971 apareció el pequeño libro de un autor venezolano, Ludovico Silva,
El estilo literario de Marx, publicado en Italia en 1973 por Bompiani.
Creo que está ya agotado, y valdría la pena reeditarlo. Refiriéndose a la
historia de la formación literaria de Marx (pocos saben que escribió también
poemas, muy malos en la opinión de los que los leyeron), Silva analizó toda
la obra marxiana. Curiosamente, dedicó sólo pocas páginas al Manifiesto,
quizá porque no es una obra estrictamente personal. Es una lástima: se trata
de un texto formidable que alterna tonos apocalípticos e ironía, eslogans
eficaces y explicaciones claras, y que -si realmente la sociedad capitalista
quiere vengarse de los fastidios que estas no muy numerosas páginas le han
causado- debería ser religiosamente analizado hoy en las escuelas para publicistas.

Reléanlo, por favor. Empieza con un formidable golpe de timbal, como la Quinta
de Beethoven: “Un fantasma recorre Europa” (no olvidemos que estamos
cerca ya del comienzo prerromántico y romántico de la novela gótica, y los espectros
son entidades que se deben tomar en serio). Sigue inmediatamente después una
historia a vuelo de pájaro de las luchas sociales, desde la antigua Roma hasta
el nacimiento y desarrollo de la burguesía, y las páginas dedicadas a las conquistas
de esta nueva clase “revolucionaria” constituyen su poema fundador,
todavía válido para los sostenedores del liberalismo. Se ve (quiero decir exactamente
“se ve”, en sentido casi cinematográfico) esta nueva fuerza irrefrenable
que, impulsada por la necesidad de nuevas salidas para sus mercancías, cruza
todo el orbe terráqueo (y a mi parecer aquí el judío y mesiánico Marx piensa
en el inicio del Génesis), trastorna y transforma países lejanos porque los
bajos precios de sus productos son una especie de artillería pesada con la que
derrumba cualquier muralla china, hace capitular a los bárbaros más endurecidos
en el odio contra el extranjero, instaura y desarrolla las ciudades como signo
y fundamento de su propio poder, se multinacionaliza, se globaliza, hasta inventa
una literatura ya no nacional sino mundial

Al final de esta apología (que convence porque es sinceramente sentida), llega
de improviso el viraje dramático: el nigromante se halla impotente para dominar
las fuerzas subterráneas que ha evocado, el vencedor se ahoga en su propia sobreproducción
y genera en su propio regazo, de sus mismas entrañas, a sus sepultureros, los
proletarios.

Entra ahora en escena esta nueva fuerza que, en un primer momento dividida
y confusa, se empeña con furia en la destrucción de las máquinas y se deja
usar por la burguesía como masa de choque, obligada a luchar contra los enemigos
de sus propios enemigos (las monarquías absolutas, la propiedad feudal, los
pequeños burgueses), y absorbe gradualmente la parte de los adversarios que
la gran burguesía proletariza: artesanos, negociantes, campesinos propietarios.
La revuelta se vuelve lucha organizada, los obreros entran en contacto recíproco
por medio de otro poder que los burgueses han desarrollado para su propio provecho:
las comunicaciones. Y aquí el Manifiesto cita los ferrocarriles, pero
piensa también en las nuevas comunicaciones de masas (no olvidemos que Marx
y Engels, en La sagrada familia, supieron usar la televisión de la época,
es decir, la novela de folletín, como modelo del imaginario colectivo, criticando
su ideología pero al mismo tiempo utilizando lenguaje y situaciones que ella
había popularizado).

En este punto entran a escena los comunistas. Antes de decir de manera programática
quiénes son y qué quieren, el Manifiesto (con un movimiento retórico
soberbio), desde el punto de vista de la burguesía, plantea que los teme y levanta
algunas aterradoras preguntas: ¿pero ustedes quieren abolir la propiedad privada?,
¿quieren la comunidad de las mujeres?, ¿quieren abolir la religión, la familia,
la patria?

Aquí, el juego se hace sutil, porque a todas estas preguntas el Manifiesto
parece contestar de manera tranquilizadora, como para ablandar al adversario,
pero luego, con un movimiento repentino, lo golpea en el plexo solar y obtiene
el aplauso del público proletario ¿Queremos abolir la propiedad privada? ¡Qué
va!, las relaciones de propiedad han sido siempre objeto de transformación:
¿acaso la revolución francesa no ha abolido la propiedad feudal en favor de
la burguesa? ¿Queremos abolir la propiedad privada? Qué tontería, no existe,
porque es una propiedad de un diez por ciento de la población en contra del
90 por ciento. ¿Nos acusan entonces de querer abolir “su” propiedad?
Sí, es exactamente lo que queremos hacer. ¿La comunidad de las mujeres? ¡Pero
vamos, lo que nosotros queremos es más bien quitarles el carácter de instrumento
de producción! ¿Creen realmente que queremos comunizar a las mujeres? ¡Pero
si la comunidad de las mujeres la han inventado precisamente ustedes, que además
de usar a sus propias esposas aprovechan a las de los obreros y como mejor pasatiempo
practican el arte de seducir a las de sus iguales! ¿Destruir a la patria? ¿Cómo
se puede quitar a los obreros lo que no tienen? Nosotros queremos más bien que,
triunfando, los proletarios se constituyan en nación.

Dos eslogans memorables

Y así sucesivamente, hasta aquella obra maestra de reticencia que es la respuesta
sobre la religión. Se intuye que la respuesta es “queremos destruir esta
religión”, pero el texto no lo dice: antes de enfrentar un tema tan delicado,
que pasa por alto, da a entender que todas las transformaciones tienen un precio,
pero mejor por ahora no abrir capítulos demasiado candentes.

Sigue luego la parte más doctrinaria, el programa del movimiento, la crítica
a los varios socialismos, pero en este punto el lector está ya fascinado por
las páginas anteriores. Y si la parte doctrinaria resultara demasiado difícil,
he aquí el golpe final, dos eslogans que cortan la respiración, fáciles de retener
en la memoria, destinados (me parece) a una fortuna fabulosa: “Los proletarios
no tienen nada que perder [] salvo sus propias cadenas” y “¡Proletarios
de todos los países, uníos!”

Además de la capacidad poética para inventar metáforas memorables, el Manifiesto
permanece como una obra maestra de retórica política (y no solamente) que
debería ser estudiada en las escuelas, junto con las Catilinarias y
el discurso shakespeariano de Marco Antonio ante el cadáver de Julio César.
Porque, dada la amplia cultura clásica de Marx, no hay que excluir que haya
tenido presentes estos textos.


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