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El Amor en Aforismos

Miércoles 14 de febrero de 2018, por Rosario Herrera

Amar es dar lo que no se tiene
a quien no es.
   Jacques Lacan

El AMOR ES AL SABER. Sócrates en el Diálogo El banquete, o del amor, dice que el amor es a algo, que hay un objeto del amor. Sólo se desea y ama lo que no se posee: “Luego este y cualquier otro que siente deseo, desea lo que no tiene a su disposición y no está presente, lo que no posee, lo que él no es y aquello de que carece ¿no son estas cosas semejantes el objeto del deseo y del amor? […] ¿No es el Amor en primer lugar de algo y en segundo lugar de aquello que está falto?” Luego Sócrates relata una enseñanza de su maestra Diótima, poniendo en boca de una mujer, su filosofía del amor. Eros no es ni bello ni feo, sino algo intermedio. No es un gran dios sino un demonio (un genio), intermediario entre los hombres y los dioses. Y expone el mito del nacimiento de Eros, el hijo de Poro (la abundancia) y de Penía (la pobreza), concebido durante el festín olímpico en el nacimiento de Afrodita (por lo que el amor es escudero de Afrodita y eterno enamorado de la belleza. Por ello Eros hereda de su madre la indigencia y del padre lo bello, astuto, pródigo, charlatán y sofista. El amor, por indigente y rico, desea poseer lo bueno y la inmortalidad. Por eso Eros nace y muere en un mismo día. Todo lo que logra se le escapa; nunca es pobre ni rico, ni sabio ni ignorante. El amor es filósofo.

EL AMOR Y EL AMO. Uno de los laberintos y trampas del amor es que pide un Amo. “Amo a mi Amo” —susurra el amante cuando espera. La gran trampa del amor es que ante el Amo se apaga, como la luna ante el nacimiento del alba, toda la libertad y la voluntad individual.

LA BUSQUEDA DEL UNO. “No somos más que Uno” -—se dicen los amantes—. Este es el proyecto del amor. Eros, ya lo sabían los griegos, es tensión hacia lo UNO. Eros, afirma Platón en la República, que todo lo congrega y todo lo reúne y crea unidades cada vez más complejas. Pero como el amor está relacionado con el Uno, no saca a nadie de sí mismo. Narciso se ahoga en la fuente porque no sabe que es más divertido mirarse en los ojos de una ninfa.

HABLAR DE AMOR. No se puede hablar de amor. El amor no es más que una canción, una carta, una declaración. El lenguaje es un muro entre los amantes que les impide comunicar sus cuerpos. No hay amor sino amuro, dice Lacan. No se puede hablar de amor porque es una experiencia inefable. Y justo porque no se puede hablar es de lo que más se habla.

EL DERECHO, EL AMOR Y EL GOCE. El derecho se entromete con el amor y con el goce para administrarlos. El derecho no desconoce que tiene que regular la locura del amor por el peligro social que representa. Si de algo sabe el derecho es de los asuntos de la cama, que tienen que ver con el usufructo: gozar sin despilfarrar.

LA IMPOTENCIA DEL AMOR. Todo amor por grande y recíproco que sea ignora que no es más que deseo de ser Uno. Aquí está su mayor desdicha, su impotencia y su imposible. Pero el amor apuesta el corazón a que nada sea imposible para el amor. Esto es lo que Nietzsche en Más allá del bien y del mal llama superstición del amor, porque “hasta el amor más profundo tiene más capacidades para destruir que para salvar.”

EL AMOR Y EL SER. Existe una hermosa historia india. Una doncella era visitada todas las noches por un corcel, quien tocaba a su puerta con estas palabras: “Ábreme, por piedad”. La joven le preguntaba: “¿Quién eres?” “Soy yo” -—respondía el amante—. Esto sucedía durante varias lunas, hasta que un día, ante la misma pregunta de la doncella, el pertinaz corcel responde “Soy tú”, y ella le dice “Entonces pásale”. El discurso del amor es el discurso del ser, querer el ser del otro y ser el otro. Es aquí donde hace su fatídica aparición el odio. Se puede llegar a odiar con facilidad al que no se puede tener, al que no se puede parecer. “Del amor al odio no hay más que un paso.” Pero también, tarde o temprano, se llega a odiar al espejo porque sus destellos son mortales. Dicen que sólo los que se parecen se aman. Sí. Pero si llegan a parecerse demasiado el odio entre ambos es mortal.

EL HÁBITO DEL AMOR. El hábito sí hace al amante. El semblante, la imagen del otro cuenta mucho para el amor. Una cotorra estaba enamorada de Picasso, y el pintor lo sabía porque le picaba el cuello de la camisa. El amor al hábito suele ser más importante que el monje. El goce del cuerpo sólo se da cuando ya no hay traje.

EL AMOR ES SUJETO. Georges Bataille en El Erotismo descubre que el cuerpo corre el peligro de convertirse en cosa, de servir al goce del otro y de otro, de ser envilecido, como “una piedra o un trozo de madera”. Sólo el espíritu con su íntima verdad subjetiva ama al otro y ama el amor. El espíritu es sagrado mientras que el cuerpo guarda una secreta relación con lo profano. Sólo en la comunión del cuerpo y el espíritu se puede decir con justeza que “se hace el amor”.

LA PASION. Cuando de pasión se trata hay que hacer un Tratado de la pasión como el de Eugenio Trías. Más que el amor, es la pasión la que pretende lo imposible: que dos sean UNO. El apasionado padece. Su padecimiento es ante la necedad de desbordar los límites del cuerpo. La pasión quiere alcanzar un punto de fusión del dos en UNO. Sólo la muerte resuelve la pasión en un dúo-cidio, donde hay que morirse en lo real para fundirse en lo imaginario. La pasión ama más a la muerte que al amado,…o sólo lo ama muerto. Es un amor a muerte.

IDEAL DEL YO, EL AMOR IDEAL. El ideal del yo pone en sí mismo lo que admira en otro, para colocarse en el lugar del yo ideal, como visto por otro, envidiado, deseando un objeto maravilloso que imagina tener: la más atrapante de las imaginarías del amor, aunque muy satisfactoria, y por la que se paga cualquier precio. El amante ama al otro por lo que es y por lo que quiere tener del otro. Pero el que ama es un engañador pues sólo pretende ser amado, hacerse amar. Como en El Banquete de Platón: amarse a uno por medio de la identificación con el otro.

El AMOR ANTROPÓFAGO. El amor siempre ha fantaseado comerse al otro. En el Capítulo “El Cuerpo” de la novela La inmortalidad, Milan Kundera narra que como Gala y Dalí querían hacer un largo viaje no sabían qué hacer con un conejo muy amado que tenían; y Gala decide guisarlo y servirlo en la cena; Dalí, al presentir que se trata del animalito amado, corre a vomitar; pero Gala se queda serena en la mesa, y mientras mastica le transmite a Dalí el placer que le produce el más grande acto de amor, en que el animal amado va a formar parte de sus tejidos y de su ser, cuyo goce tan intenso que la relación sexual le parece una estúpida cosquillita. “Quisiera tenerte dentro”, susurra el amante, mientras muerde con desesperación y cuidado.

EL AMOR A SI MISMO. A Jean Genet en su novela Santa María de las Flores le sucede, más de varios soles, amar sin objeto, besarse la mano, desear tragarse a sí mismo volviendo del revés la boca abierta, haciendo pasar por ella todo el cuerpo y el Universo, … una experiencia que llama “mi visión personal del fin del mundo”.

EL EROTISMO. El erotismo, dice Bataille, es “la búsqueda de la continuidad del ser”. Como desde el nacimiento nos desprendemos del Ser, nos hacemos seres discontinuos, aislados, y a lo largo de la vida tratamos de continuarnos, comunicarnos con el otro, los otros, el Otro, la Naturaleza, el Universo. El erotismo del cuerpo quiere comunicarse, continuarse, con otro cuerpo, pero se encuentra que sólo puede tomar prestado por un corto tiempo una parte del cuerpo del otro, sólo un abrazo, una caricia, … y por instantes un trozo de ser. Como el erotismo de los cuerpos falla, entonces se busca comunicarse con el espíritu del otro, y se pasa al erotismo de los corazones: ser UNO en el espíritu, pensar igual, amar igual, querer lo mismo, amar al espejo como a uno mismo; pero el problema es que ahí hay dos, y en lucha por ser sí mismos cada cual. El último recurso es el erotismo sagrado.

EL AMOR A DIOS. Como el amor al otro falla y es imposible continuarse en él, se busca algo trascendente y superior que no falle: el amor a Dios. He aquí el más intenso de los goces, como se puede leer en la Séptima Morada de Santa Teresa. El amor a Dios que aspira unirse al Todo y no a un otro efímero y limitado, terrícola y mortal. Pero sólo es posible integrarse al Todo a través del éxtasis místico, cual experiencia de agonía y muerte. Por ello el canto de Teresa: “Muero porque no muero”.

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