Publicado en línea el Miércoles 30 de mayo de 2018, por Eliseo García*

Para lograr ese objetivo no cabe otro camino que el uso de la fuerza bruta, en varias modalidades. El castigo es la base, ya sea mediante el apaleamiento, el hambre, la reclusión o la tortura. Pero con eso no basta. Hay también que hacer ver al sometido que su libertad no existe; que es su amo quien decide lo que debe hacer o no.

Para ello, es imprescindible anular su iniciativa y capacidad de elección hasta insensibilizarlo respecto a su carencia. Tan solo así se consigue que, cuando se abre la jaula o se desatan las ligaduras, el animal siga inmóvil. Renuncia a ser libre porque la cárcel ya no está entre barrotes o ataduras, sino en su propia conciencia. Ya es un esclavo. En el argot de la doma, se le llama bestia rota.

Uno de los más largos, implacables y meticulosos procesos para romper a una bestia lo ha sufrido el asno. El animal silvestre que empezó a domesticarse en África hace unos 5.000 años protagoniza uno de los primeros casos documentados de maltrato animal.

Las pinturas de la tumba de Iti, trazadas hace cuatro milenios en la tierra de los faraones y ahora en el Museo Egipcio de Turín (Italia), muestran a varios hombres arreando a palos a unos burros cargados, uno de los cuales exhibe en sus ancas la marca sangrante del castigo.

Sangrante también es que ese egipcio que azotaba al burro recibiese el mismo trato por parte de sus superiores jerárquicos. La Historia, desde la misma aparición de la escritura, es un recuento de atrocidades con una constante perenne: el avasallamiento de unos humanos por otros.

Entre nosotros nos aplicamos el mismo trato que damos a otras especies para sojuzgarlas: violencia, privación de libertad y anulación de la voluntad del sometido. Desde la castración de enemigos y esclavos en Mesopotamia hasta el rescate de negocios privados con fondos públicos.

Si pocos animales hay, aparte del Homo sapiens, que hayan sufrido un proceso de sometimiento más fuerte que el del borrico, tampoco muchos países son un ejemplo más claro que España de quiebra de la voluntad social.

El español ha vivido desde épocas remotas entre la espada del hambre y la pared de la emigración, viendo pasar sin tocarlos el oro llegado de Indias, los planes de Mr. Marshall y los grandes beneficios de la recuperación económica que le juran que está en marcha.

Desde el «vivan las cadenas» con que se recibió al absolutismo en 1814 hasta el «viva la muerte» con que se despidió a la democracia en 1936, España, más que Historia, tiene historial: el de un paciente con trastorno bipolar ansioso por cambiarlo todo cuando está en fase maníaca y que derriba cuanto hizo al llegar la depresión.

El país en la vanguardia sindical en 1919, el primero de Europa en establecer por ley la jornada laboral de ocho horas, es el mismo donde cincuenta años después seguía enquistada la última dictadura fascista del continente. Una esencia dual, contradictoria, que es pura asnalidad, en tanto que ningún animal iguala al jumento en simbolizar al mismo tiempo lo mejor y lo peor. La estupidez, la zafiedad y la lujuria; la prudencia, la humildad y la ternura.

España se asemeja al pollino en otro triste registro: la habituación a la violencia. Los españoles aún sufren las secuelas de tres siglos trufados de guerras civiles, tan próximas unas a otras que no se había superado una cuando llegaba la nueva.

En esa fase, la de superar, seguimos respecto a la del 36, la más salvaje de todas: 300.000 exiliados y medio millón de muertos, de los que 88.000 siguen desaparecidos en fosas comunes, una cifra solo superada por Camboya.

Un trauma nacional que, unido a casi cuarenta años de dictadura que se cerraron sin depurar responsabilidades políticas ni criminales, han moldeado una ciudadanía anestesiada, con una capacidad de asimilar la corrupción, la injusticia y el abuso más propia de algunos de los estados surgidos del hundimiento de otro totalitarismo, el soviético, que de las democracias consolidadas en Europa tras la derrota del fascismo que en España nunca se produjo.

Los países, como las personas e igual que los animales, pueden quebrarse por dentro, si sufren el castigo suficiente durante tiempo bastante. Si se desoyen todas sus demandas. Si se le priva de su identidad hasta que asume que es la de su amo. Y nos ha ocurrido eso.

España es un burro apaleado que se sueña toro bravo y termina estoqueado.

España es una bestia rota.

Este artículo ha sido publicado en la web Asnología, https://asnologia.weebly.com

* Eliseo García es autor de los textos del libro Hermano Asno, cuyas fotos son obra de Mondelo.

fuente: https://www.yorokobu.es/bestias-rotas/


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