Publicado en línea el Jueves 10 de marzo de 2016, por Silvana Melo - Agencia Pelota de Trapo

En un modelo con pocas chances de retorno, la investigadora Soledad Barruti pasó por las chacras del conurbano donde tantas veces se aplican agroquímicos por las dudas y en dosis desmedidas (abonando una rápida resistencia del bicherío); la Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria de la UBA (CaLiSA) y la Universidad de La Plata hicieron análisis en las lechugas y en los morrones y encontraron endosulfán y clorpirifós, entre otras maravillas. Y los chicos del Hogar Juan XXIII de Gerli (en el sur del conurbano) descubrieron las manchas azules en las espinacas, que no se iban ni lavándolas.

A muchos medios les resultó extraño –y hasta ofensivo- que la CaLiSa de la Facultad de Medicina de la UBA pidiera, en setiembre pasado, que los vecinos acercaran verduras de hoja, morrón y naranjas para analizar cuánto veneno traga la gente junto con su alimento diario. Tanto sus resultados como los de la misma cátedra pero de la Universidad Nacional de La Plata tuvieron escaso eco. Es que son un golpe certero al modelo que agota la tierra, la intoxica y la desnutre. Son una desmentida a que la salud está en la ingesta de verdura. Y a los nutricionistas que aconsejan comer todo con cáscara.

Es que el veneno irrumpe en la sangre de los chicos y sale por la orina cuando chupan una naranja, cuando comen lechugas con manchas azules indelebles, con la leche materna, con el algodón y los isopos. Con las derivas de las fumigaciones a sembrados cercanos, en la escuela y en el patio de la casa. Con las fumigaciones directas con clorpirifós para matar el aedes y evitar el dengue pero envenenando el agua que se va a tomar, como se espantó el médico Medardo Avila Vázquez en diálogo con APe.

La clave en la tierra

Dice Luis Espósito: “con los pibes militamos la consigna ´el hambre es un crimen´”, médula del Movimiento Nacional Chicos del Pueblo. Por eso saben que la clave está en “la tierra, que nos provee la vida y el alimento”. Aprendieron de los pueblos originarios “la urgencia de recuperar la alianza con la naturaleza, aun en esta enorme ciudad”, dice desde la granja de Gerli. Hacer con las manos aquello que se puede comprar y armar la mesa del mediodía con lo que brota de la granja es también “amasar otra utopía de la vida”. Que incluye “no violentar a la naturaleza, dejarnos enseñar por la tierra”.

En eso estaban cuando cierta desilusión se descolgó al ver que sus lechugas, que costaban tanto esfuerzo, no eran tan perfectas, tan verdes, tan hermosas como las exhibidas en los mercados. Entonces salieron a recorrer verdulerías. Y descubrieron esas hojas con manchas azules. “Vamos a seleccionar y apartar éstas”, dijeron. Y se las llevaron para mandar a analizar. “De todos modos, lo que no tenía manchas, tenía también el veneno adentro”.

La investigación de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) encontró que ocho de cada diez verduras que se exhiben y se venden estaban contaminadas con agrotóxicos. Que se usan para matar a los bichos en los sembrados pero también generan graves consecuencias en el desarrollo intelectual y físico de los niños. Se analizaron 60 muestras de frutas y verduras. Había plaguicidas en el 83% de los cítricos y zanahorias. En el 78% de los morrones. Y en el 70% de las verduras de hoja. Casi el 77% tenía al menos un agroquímico y el 27,7% tenía entre tres y cinco tóxicos. Endosulfán (como en las espinacas que descubrieron los chicos de Gerli, aunque está prohibido desde 2013 en la Argentina), lambdaciolotrina, clorpirifos y cipermetrina. Y, además, varios funguicidas.

Soja y venenos

“Tenemos el 60 % de la superficie cultivable cubierta por soja que no comemos y eso hace que nuestros alimentos estén siendo reacomodados geográficamente como en modelos y trazados alternativos a los lógicos” dice a APe Soledad Barruti, después de haber recorrido gran parte de esa zona cultivable para escribir su libro Malcomidos. “Por ejemplo sacar a las vacas del campo, meterlas a un corral, hacerlas engordar comiendo el maíz que se produce ahora, en el campo que ellas dejaron libre. Es un nuevo esquema que incide directamente en nuestra salud, en lo que se come: con el medio ambiente que se generó alrededor, mucho más cargado de agroquímicos, con aguas mucho más contaminadas, con suelos cada vez más inservibles”.

La soja “solidaria” y transgénica, que se experimentó con los chicos del 2002, cuando la pobreza cubría al 60% de la población del país. Y que, según la experiencia del doctor Darío Gianfelici, en zonas rurales de Paraná, produjo alteraciones hormonales con desarrollos desquiciados en niñas y niños. Pero ahora “se sigue dando la soja en los comedores a través de contratos del estado con Teknofood, una empresa creada para darles de comer a los pobres en comedores en las provincias del norte”, dice Barruti. “Y cuando muestran lo que comen, es comida deshidratada que parece para perros o chanchos. Un día se dieron cuenta de que darles soja a los chicos no es una buena idea y de ninguna manera podía sustituir la carne ni la leche ni ningún alimento, ni ser parte de la dieta de todos los días. En los más chiquitos fue un desastre muy evidente, fue casi un experimento. Lo tremendo es que el Estado lo sigue haciendo. Me parece criminal”.

En este marco, en su política de satisfacer a los sectores más concentrados de la economía, el gobierno eliminó las retenciones a “los productos orgánicos (es decir, que nunca estuvieron en contacto con agroquímicos ni aditivos sintéticos) de origen vegetal que no contengan soja, con el fin de incentivar su exportación”. Para Soledad Barruti, lo importante sería “que se promoviera el consumo de alimentos sanos en el país: quitar el IVA para frutas y verduras en general, compras directas del Estado a productores familiares, con preferencia a los que producen sin utilizar agroquímicos. De ese modo los chicos que se alimentan en comedores podrían comer los mejores alimentos”.

Pero esos mejores alimentos se exportan. O no están al alcance de los niños de las barriadas ni de los comedores de Corrientes, de Formosa, de José León Suárez o La Matanza. Para ellos quedan los alimentos industralizados plagados de calorías y vacíos de nutrientes. O las verduras y frutas que ya no se pueden comer con cáscara, que están infestadas de agroquímicos. O la leche materna (con un 15% más de plaguicidas que los establecidos por el Código Alimentario) mezclada con tóxicos que sus madres ingresaron con la ensalada cotidiana. Y ahí está también el suelo que pisan con remanentes de venenos que pueden durar hasta seis meses. La tierra que comen mientras gatean. El agua que consumen con el insecticida contra el aedes.

Y las hojas con manchas azules que los chicos del Hogar Juan XXIII de Gerli encontraron en las verdulerías. Azules indelebles. Tan distintas a sus lechugas imperfectas. Pero que, como dice Luis, son la dulce prehistoria de una nueva cultura de la vida.


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