Publicado en línea el Domingo 1ro de julio de 2018, por agustin

Daniel Raventós - Consejo Científico de ATTAC España

logo rojoUn amigo me envía una nota periodística sobre las declaraciones de un diputado conservador del Reino Unido en las que propone esterilizar a los desempleados para que dejen de cobrar ayudas por hijos. El tipo, un tal Ben Bradley, asegura que “Hay cientos de familias en el Reino Unido que ganan más de 60.000 libras en beneficios sin mover un dedo porque tienen tantos hijos (¡y para el resto de nosotros ese es un salario de más de 90.000 libras antes de impuestos!)”. Este simpático pimpollo tiene solamente 28 años. Parece algo horrible y desvergonzado. Pero hay precedentes espectaculares mucho más sonados. La nota enviada por mi amigo me recordó un artículo escrito para Sin Permiso hace casi 8 años al que voy a desempolvar un poco.

Situémonos en los años 30 del siglo pasado. Se discutía por entonces en EEUU la conveniencia del subsidio de desempleo. Se acabó implantando en el año 1935, bajo la presidencia de Franklin D. Roosevelt, este subsidio. Hubo grandes debates, antes y después de promulgada la ley, entre políticos, economistas, intelectuales, periodistas y población en general. No ha pasado ni un siglo entero, pero se emitían declaraciones del siguiente tono sobre lo que supondría este subsidio: “La dominación definitiva del socialismo sobre la vida y la industria” (Asociación Nacional de Fabricantes); “Destruirá la iniciativa, desalentando el ahorro y ahogando la responsabilidad individual” (James L. Donnelly, de la Asociación de Fabricantes de Illinois); “En un momento u otro, traerá consigo, ineluctablemente, el final del capitalismo privado” (Charles Denby, Jr., de la Asociación Americana de Abogados).

Pero lo interesante viene ahora. Se trata de Thomas Nixon Carver, uno de mis favoritos carcamales históricos. Este fenómeno fue catedrático de política económica en la Universidad de Harvard entre 1902 y 1935. También ostentó el cargo de presidente de la acreditada American Economic Association (una vieja institución que ha sido presidida a lo largo de su historia por economistas tan prestigiosos como Kenneth Arrow, Amartya Sen, Wassily Leontief, James Tobin o John Kenneth Galbraith, entre otros). Thomas Nixon Carver vivió casi cien años (1865-1961) y, entre otras grandes proezas de su vida académica, debe mencionarse que formó parte del primer grupo de economistas que asesoró profesionalmente al Partido Republicano.

Thomas Nixon Carver defendió en numerosas ocasiones la siguiente propuesta para combatir el paro y la pobreza: la esterilización de los “palmariamente ineptos”. Con esta medida, al estilo del jovenzuelo Bradley, el economista de Harvard defendía que este grupo de “ineptos” no perpetuaría su estirpe. Por “palmariamente ineptos” Thomas Nixon Carver se refería a todas aquellas personas que no lograban alcanzar un ingreso anual de 1.800 dólares. En los años 30, ese criterio abarcaba aproximadamente al 50% de la población de los EEUU, es decir, a unos 60 millones de personas. ¡Caramba! 60 millones. Y crearía muchos puestos de trabajo. ¿Cómo? Imaginemos los “puestos de trabajo” para los esterilizadores que representaría poner en práctica esta impresionante castratio plebis.

Sea dicho al margen: habría extirpado buena parte del acervo génico de los EEUU.

Thomas Nixon Carver era partidario del ideario legado principalmente por Herbert Spencer (no por Charles Darwin) que, mucho después de su muerte, en 1903, fue conocido por “darwinismo social”. El darwinismo social sigue disfrutando de muchos seguidores hoy. Según esta concepción, los ricos, los opulentos, los bienhabientes, no debían albergar la menor mala conciencia por su existencia social materialmente privilegiada; era consecuencia de su propia excelencia natural. Cualquier intento de mitigar el sufrimiento de la población trabajadora y pobre (republicanamente, es odioso tener que recordarlo, pobre es quien no tiene la existencia material garantizada) tendría consecuencias nefastas para el conjunto de la sociedad. El darwinismo social, en sus múltiples variantes, se ha mostrado extremadamente eficaz, habida cuenta de su persistente y dilatada influencia. Buscar la forma de culpar de su situación a los propios pobres, a los parados, a los despedidos, a los estafados, a los oprimidos: en tan extraordinario ejercicio intelectual se entretienen, hoy como ayer, mentes romas y mentes brillantes, la soldadesca mercenaria y los oficiales de varia graduación del ejército de peritos en legitimación de lo existente compuesto de tertulianos, gacetilleros, editorialistas de medios respetables y menos respetables, profesorcillos de medio pelo, renegados infatuados de serlo, conversos que, transportados por los vientos del momento, ignoran serlo, conversos que, amigos de los caprichos de Eolo, fingen sólo ignorar serlo, engreídos literati que saben las cosas a medias, politicastros corruptos que se las saben todas y, faltaría más, olímpicos señores catedráticos de Harvard o de donde haga falta.

¿Qué motiva la realidad de las grandes desigualdades? Hay muchos factores, eso es trivial, pero si alguno tiene especial importancia y prevalece sobre los demás es el diseño político y jurídico de los mercados. Las grandes desigualdades de hoy son producto de la configuración política de los mercados y de las políticas económicas llevadas a cabo a lo largo de las últimas décadas.

Una forma contundente de decirlo la utilizó George Monbiot : “Las listas de ricos están repletas de gente que o bien heredó su fortuna o la hizo gracias a actividades rentistas: por otros medios que no fueron innovación y esfuerzo productivo. Son un catálogo de especuladores, barones inmobiliarios, duques, monopolistas de tecnología de la información, usureros, jefes de la banca, jeques del petróleo, magnates mineros, oligarcas y ejecutivos jefe remunerados de forma absolutamente desproporcionada respecto a cualquier valor que generen.” Y concluye: “hace un siglo, los emprendedores trataban de pasar ellos mismos por parásitos: adoptaban el estilo y las formas de la clase rentista con título. Hoy pretenden los parásitos que son emprendedores.” Hay quien no opina igual. Así The Economist en un reportaje del año 2011 decía: “Para llegar a ser ricos, por regla general han tenido que hacer algo extraordinario.”

¿Algo extraordinario? ¿De verdad? Linda McQuaig y Neil Brooks documentan que “los emprendedores constituyen una parte muy pequeña del grupo de mayores ingresos, menos de un 4 por ciento según algunas estimaciones. La actual élite de los súper ricos está compuesta en su mayoría por ejecutivos de la empresa y las finanzas, que representan alrededor del 60 por ciento del 0,1 por ciento de los que más ganan (abogados y promotores inmobiliarios representan otro 10 por ciento)”. Y esta colosal riqueza se debe, más que a la innovación o a las aportaciones a la sociedad, a la “búsqueda de rentas” o más exactamente lo que en economía se conoce como rentismo parasitario. La “búsqueda de rentas” no produce riqueza añadida y es un mecanismo por el cual la renta cambia de manos. Se puede realizar el cambio de manos de las rentas mediante leyes, facilidades concedidas por los gobiernos, etc. Los ricos han captado muchas rentas de la mayoría de la población gracias a las legislaciones que han logrado imponer mediante, aunque no de forma única, los muchísimos cabilderos que actúan cerca de los legisladores para ese fin. Que la banca dedique alrededor de 1.200 millones al año y unas 1.700 personas a presionar en las oficinas de la Unión Europea en Bruselas por sus intereses no debería hacer dudar a nadie de que supone una maquinaria muy potente para presionar para que los mercados se regulen en su beneficio. Un poder mucho más potente que el que pueden tener, por ejemplo, los pensionistas que van a retirar su asignación a final de mes en cualquier ventanilla bancaria. La actual configuración política de los mercados explica perfectamente que los ricos sean cada vez más ricos antes y durante la crisis económica, junto al hecho de que la mayor parte de la población sea cada vez más pobre.

Ah, ¡me olvidaba! En el debate público sobre el seguro de desempleo en EEUU en la década de los 30, hubo muchas personas que se refirieron a la conocida cantinela: “Con el seguro de desempleo no trabajará nadie”. Algo que el más despistado reconocerá como gemelo de lo que se acostumbra a proclamar en determinados ámbitos políticos de derecha y de alguna izquierda ignara cuando se debate la propuesta de la renta básica. Los tiempos cambian, las propuestas pueden ser diferentes, pero las reacciones de las clases dominantes y los marmolillos académicos se reproducen con admirable persistencia.

 

Publicado en sin permiso


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