Publicado en línea el Miércoles 12 de diciembre de 2018, por agustin

Eduardo Garzón
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Se han cumplido 10 años desde el hito que marcó la crisis financiera y económica más grave que ha sufrido occidente desde 1929: la quiebra de Lehman Brothers.

En realidad los problemas económicos y financieros llevaban muchos meses encima de la mesa, pero no fue hasta la suspensión de pagos de ese banco de inversión que el cáncer económico se expandió al resto de sectores y también al resto de economías vinculadas de una u otra forma a la estadounidense (es decir: todas). Aquel impactante suceso nos demostró que los economistas y gobernantes no habían aprendido mucho del crack financiero de 1929, no sólo por haber permitido otra vez que el casino financiero se impusiera a la economía real (arrastrándola con ella al abismo), sino también por haber vuelto a permitir la quiebra de un banco sistémico. Afortunadamente aprendieron la lección pronto y activaron todos los mecanismos necesarios para evitar que otro gran banco volviese a quebrar. Sin embargo, fue tarde: el shock ya se había producido y el miedo y las pérdidas iniciaron un círculo vicioso que arrasó con buena parte de la economía. Eso sí, sin este sostén del mercado financiero llevado a cabo por las autoridades públicas el coste hubiese sido muy superior. Lástima, no obstante, que realizaran un reparto de las cargas tan injusto y no aprovecharan la maniobra para castigar a los propietarios y gestores de la banca así como para nacionalizarla y ponerla al servicio del interés general.

En 2008 había otra diferencia importante en comparación con 1929 que también explica que el coste no fuera tan elevado: la fortaleza de los Estados sociales, que era muy superior a la de hace casi un siglo. Los servicios públicos gratuitos, las ayudas sociales y –especialmente– las redes de seguridad protagonizadas por las pensiones posibilitaron que no tanta gente se quedara sin ingresos y sin capacidades, al mismo tiempo que estimulaban la demanda agregada de la economía en un momento en el que el sector privado la hundía en un pozo sin fondo. El sector público suavizó notablemente la caída de la economía.

Ahora bien, eso último es completamente cierto para ese ámbito del sector público que es pasivo, el que no depende tanto de las decisiones políticas a corto plazo, como ocurre con las pensiones (que se siguen pagando haga lo que haga el gobernador correspondiente) o las prestaciones por desempleo (que se activan automáticamente con el aumento del paro); pero no ocurre lo mismo con el ámbito del sector público que depende de decisiones políticas. En este caso encontramos divergencias en los comportamientos de los países: en Estados Unidos, por ejemplo, la intervención discrecional del Estado en la economía fue mucho más temprana, importante y duradera que la de la Eurozona.

LA RESERVA FEDERAL ENTENDIÓ QUE DEBÍA INYECTAR LIQUIDEZ PARA REDUCIR LOS TIPOS DE INTERÉS A LARGO PLAZO Y ABARATAR LOS COSTES DE ENDEUDAMIENTO Y DARLE UN EMPUJÓN A LA ACTIVIDAD ECONÓMICA; EL BANCO CENTRAL EUROPEO TARDÓ CUATRO AÑOS EN LLEGAR A ESTA CONCLUSIÓN

En primer lugar, el mismo año en el que estalló la crisis la Reserva Federal (el banco central de Estados Unidos) entendió que debía inyectar liquidez a mansalva para reducir los tipos de interés a largo plazo y abaratar así los costes de endeudamiento y darle un empujón a la actividad económica; el Banco Central Europeo tardó nada más y nada menos que cuatro años en llegar a la misma conclusión, lo que no sólo retrasó la recuperación económica, sino que desencadenó una nueva recesión (conocida como crisis del euro) circunscrita únicamente a la unión monetaria. En segundo lugar, los impulsos fiscales de la administración Obama fueron voluminosos y diversos (787.000 millones de dólares en inversiones públicas y rebajas fiscales para empresas y particulares), y todo ello a pesar de que el Tesoro Público se encontraba ya con un elevado déficit y deuda pública; en la Eurozona sólo se les permitió aplicar políticas expansivas a los países que tenían por entonces una deuda pública reducida (entre ellos España), y además con una munición muy reducida y durante muy poco tiempo, pues ya a principios del año 2010 la Comisión Europea maniobró para que se impusiese la austeridad económica en todos los miembros de la Eurozona (momento en el que empezaron los recortes en nuestro país) alegando que los déficits y las deudas habían aumentado mucho. Es decir, añadieron más leña al fuego. De nuevo los gobernantes y los economistas ignorando lo que había permitido superar la crisis iniciada en 1929: la fuerte intervención estatal en la economía (a través de inversiones públicas en un principio y a través de la industria bélica más tarde).

¿Cuál es el resultado de todo esto? Lo que se puede observar claramente en el gráfico: diez años después del estallido de la crisis el PIB de Estados Unidos se sitúa un 70% por encima del nivel inicial, mientras que el de la Eurozona sólo un triste 17%.

Pero lo peor de todo es que la leve recuperación del PIB europeo solamente se produjo a partir de 2014 y fundamentalmente debido a factores externos: caída del precio de los hidrocarburos, depreciación del euro y recuperación del comercio internacional. No fue debido a las políticas de los gobernantes que, de hecho, ¡lastraron el crecimiento económico! No puede explicarse de otra forma que Estados Unidos haya crecido a un ritmo mucho más elevado que la Eurozona. ¿Qué hubiera pasado si los países miembros del euro hubieran aplicado políticas fiscales expansivas en vez de aferrarse al austericidio? Sin duda el crecimiento económico hubiera sido muy superior, y todo ello sin que los niveles de déficit y deuda pública hubieran supuesto problema alguno -siempre el Banco Central hubiese respaldado esa políticas-.

Pero ojo que sólo estoy hablando de crecimiento del PIB, lo cual dice mucho pero no todo ni mucho menos, ya que deja de lado la distribución de esa renta y el impacto ecológico que puede provocar, entre otras cosas. En efecto, en Estados Unidos el crecimiento económico ha sido muy superior al de la Eurozona pero sus niveles de desigualdad y pobreza son incluso más preocupantes. Esto se explica fundamentalmente por que su Estado social es mucho más débil y su mercado laboral más salvaje (aunque cada vez están más próximos). Por eso, reconocer que Estados Unidos lo ha hecho mejor tras la crisis en política fiscal y monetaria no quiere decir que todos los elementos de su economía sean mejor ni mucho menos; simplemente quiere decir que, a pesar de ser firmes defensores del mercado, sus gobernantes nunca dudan ni un ápice en utilizar las palancas del Estado para estimular la actividad económica, sin importarles demasiado cuánto pueda crecer la deuda pública. En cambio, en Europa existe una histeria absolutamente injustificada con respecto a los niveles de déficit y deuda pública que impide poner el sector público al servicio del crecimiento económico y del bienestar general. Esa histeria es lo que explica que la crisis económica haya sido mucho más dura y más prolongada en la zona euro que en el resto del mundo occidental.

Y lo peor de todo es que esa obsesión por lograr el superávit público y reducir a toda costa la deuda no ha desaparecido de los postulados europeos sino que sigue más viva que nunca; en los últimos años no ha provocado demasiado dolor porque se ha visto compensada con los vientos de cola exteriores, pero ¿qué pasará cuando estos desaparezcan, que es precisamente lo que parece que está sucediendo últimamente? Los países de la Eurozona apenas han recuperado el PIB que tenían antes de la crisis, sufren tasas de paro más elevadas que entonces, tasas de desigualdad más preocupantes, y mucha más precariedad y pobreza laboral que entonces. Todo eso gracias a la austeridad que imponen las absurdas creencias sobre estabilidad presupuestaria. Una austeridad que, aunque haya quedado últimamente eclipsada por factores externos, sigue latente y puede volver a reaparecer con toda su crudeza. No habrá superación de crisis ni de problemas económicos y sociales si no nos desprendemos de una vez por todas del austericidio al que nos tienen sometidos.


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