Publicado en línea el Jueves 17 de enero de 2019, por amalia

Alejandro Nadal - Consejo Científico de ATTAC España

La relación entre las fuerzas de mercado y el poder del Estado es el tema más importante en la evolución del capitalismo. Hoy día cobra más relevancia, debido a la difícil coyuntura por la que atraviesan los países subdesarrollados. En este contexto, la discusión sobre los instrumentos de política económica de que dispone el Estado es de gran importancia.

El punto de arranque de esta reflexión es que ningún país se ha industrializado sin la participación activa del Estado. Es falsa la afirmación de que un repliegue de la política económica sea la vía para alcanzar el desarrollo industrial. Desde Inglaterra, la primera potencia industrial del planeta, hasta los últimos llegados al escenario industrial, como Japón y Corea del Sur, pasando por todos los países europeos, la transformación industrial se llevó a cabo con la intervención activa del Estado. Y ese apoyo se manifestó mediante distintos instrumentos de política económica. El proteccionismo comercial fue sólo una de las diferentes vertientes de la política económica para la industrialización.

Hace unos 15 años el economista coreano Ha-Joon Chang publicó su libro Retirar la escalera sobre política industrial. Su análisis se refería al paquete de políticas que los países desarrollados usaron como escalera para subir al piso de la industrialización y que ahora buscan impedir sea utilizado por los países subdesarrollados. El título en inglés es más certero: Patear la escalera. Es mejor descripción, pues no deja de tener un matiz de violencia lo que los países industrializados hicieron para lograr su objetivo. Esos instrumentos que ahora están prohibidos van más allá del proteccionismo e incluyen subsidios, el poder de compra del Estado, la regulación de la inversión extranjera y los requisitos de desempeño. Otros instrumentos pertenecen al campo de la política tecnológica e incluyen prácticas de asimilación de tecnologías que hoy están vedados por los acuerdos sobre patentes y marcas.

Cuando Chang publicó su libro, se argumentaba en la Organización Mundial de Comercio (OMC) que los instrumentos de política económica a nivel sectorial distorsionaban los flujos de comercio. A las negociaciones de la Ronda Uruguay, que desembocaron en la creación de la OMC, los países subdesarrollados llegaron en posición de debilidad después de la crisis de la deuda de los años 1980. Por eso los países industrializados pudieron imponer la creación de una OMC en 1995, que protegía sus intereses e impedía el surgimiento de nuevos competidores en la escena económica. Y por eso en el seno de la OMC se impide el acceso a instrumentos clave de política económica. No solamente se trataba de política sobre industrialización: la idea de que no hay que perturbar el buen funcionamiento de los mercados abarcaba todos los sectores y por eso se quedó flotando en el ambiente la idea de que el retiro de la escalera se limitaba a políticas sectoriales.

En realidad, la lucha por derribar la escalera para que otros países no la usaran se aplicó también en el plano de la política macroeconómica. El primer episodio de la lucha por retirar la escalera se dio en los debates sobre teoría y política macroeconómica de los años 1970. Fue en esa década que se asestó el primer golpe a la vieja escuela keynesiana, argumentando que la política macroeconómica activa era inútil y hasta dañina. En las décadas siguientes se fue afianzando en la academia la idea de que la mejor política fiscal era la que se orientaba por una postura pasiva. La pasividad de la política fiscal se justificó desde la academia mediante dogmas como el del desplazamiento del sector privado o de la llamada equivalencia ricardiana.

En el plano de la política monetaria, el esfuerzo para derribar escaleras llegó al pináculo con la autonomía del banco central. En realidad, los bancos centrales ya habían estado perdiendo importancia en la medida en que se desarrolló el sistema bancario y los bancos comerciales adquirieron el control de la oferta monetaria. Eso llevó a una transformación de la política monetaria, pero ese es otro tema. Aquí lo que queremos subrayar es que la autonomía del banco central privó al poder público de un recurso que le había costado mucho conseguir.

Es cierto que algunos gobiernos abusaron de su facultad para monetizar déficits crónicos, que sólo sirvieron para financiar obras suntuarias y desperdicio. Pero en lugar de establecer controles democráticos sobre el financiamiento del Estado, se procedió a amputarle la facultad de gozar de su propia fuente de recursos financieros y se le arrojó al mercado de capitales como cualquier hijo de vecino. Quitar al Estado el recurso último para financiar una política para el desarrollo fue la culminación de esta historia de patear la escalera. Como en el juego de serpientes y escaleras, el resultado fue un retroceso histórico en la lucha por consolidar la libertad financiera del poder público.

Twitter: @anadaloficial


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