Publicado en línea el Miércoles 29 de mayo de 2019, por Alberto

Publicado en eldiario.es

Hubo una vez en la que el fantasma de la emancipación socialista recorrió Europa. Durante la segunda mitad del siglo XIX las insurrecciones populares reflejaron la emergencia de la clase obrera como actor organizado y a principios del siglo XX la metáfora socialista parecía fielmente encarnada en los grandes partidos de masas de la familia socialdemócrata. En el período de entreguerras el partido socialdemócrata alemán, el partido de Marx y Engels, llegó a alcanzar el 37,8% de los votos, el finlandés el 37%, el austriaco el 40,8%, el belga el 39,4%, el noruego el 32%, el sueco el 39% y el danés el 46%, entre otros. España era, por entonces, parte de la excepción. Sencillamente, en un país esencialmente agrario y muy débilmente industrializado no había condiciones para la emergencia de un partido socialdemócrata tan fuerte como en el norte, y el PSOE tuvo que esperar a 1910 para obtener su primer diputado.

Tras la II Guerra Mundial la socialdemocracia concluyó el abandono del reformismo, optando en su lugar por la simple gestión keynesiana, y sus escisiones comunistas se organizaron disciplinadamente en torno al poder político de Moscú. Con la disolución de la Unión Soviética, la irrupción del neoliberalismo y la globalización económica, la socialdemocracia volvió a dar otro giro para abrazar la «tercera vía», un producto básicamente liberal, mientras que los partidos comunistas entraron en lo que Enzo Traverso llama en su último libro la «melancolía de izquierda». Las utopías y la metáfora socialista daban paso así a un tiempo sin tiempo, a un futuro ensombrecido por las derrotas políticas pasadas y por los nuevos conocimientos sobre los límites de nuestra práctica política (¡y los límites de nuestro planeta!).

Bastante tiempo después las cosas son muy diferentes. En las últimas elecciones europeas han ganado las derechas conservadoras y tradicionalistas con casi el 40% de los votos. Frente a ellas, la socialdemocracia ha caído hasta el 19,31% y la izquierda transformadora ha hecho lo mismo hasta al 5,19%, mientras que los partidos liberales han crecido hasta el 14,51% y los verdes hasta el 9,19%. No obstante, el perfil concreto de esta fotografía es mucho más complejo cuando observamos las singularidades de cada país. Desde la victoria de la ultraderecha en Francia hasta el «sorpasso» de los verdes a los socialdemócratas en Alemania, pasando por la resistencia de la socialdemocracia tanto en Portugal como en España. Hay vectores tradicionalistas y reaccionarios que tratan de abrirse paso al mismo tiempo que otros vectores progresistas y radicales le disputan el protagonismo. Y todo ello ocurre en un marco dibujado por la disputa por la hegemonía internacional. La guerra comercial entre Estados Unidos y China, el papel de las cadenas globales de valor en un mundo globalizado, las luchas de las empresas transnacionales por los recursos no renovables (petróleo, minerales, etc.) en un mundo asolado por el cambio climático, el tipo de dominio financiero del gran capital alemán sobre el resto de los países europeos, o el modelo de inserción de las economías periféricas en la distribución internacional del trabajo son algunos de los aspectos que perfilan estas batallas políticas… muchas veces sin que se explicite.

España es de nuevo una excepción. Aquí y en Portugal la socialdemocracia tradicional resiste, mientras que en Grecia la izquierda transformadora parece jugar el mismo rol, aunque bajo otras etiquetas. No es casualidad que se trate de los países más golpeados por la grave crisis económica iniciada en 2008, que en nuestro país abrió las puertas al convulso ciclo político de 2008-2015. Tras ese período, los países más afectados por los recortes en los servicios públicos parecemos seguir creyendo en las bondades del Estado Social mientras que los países del norte optan preferentemente por su disolución progresiva.

El caso español

En el año 2008 el PSOE consiguió obtener once millones de votos, aunque al precio de negar la crisis económica que estaba ya emergiendo en el país. Como consecuencia de esta, tres años más tarde, en 2011, esa cifra de votantes se había reducido hasta los siete millones. En efecto, en apenas tres años el PSOE se había dejado cuatro millones de votos, de los cuales sólo una pequeña parte fue recogida por IU y otra por UPyD. La mitad de aquellos votos perdidos, dos millones, seguían en la abstención. La irrupción de Podemos en 2014 revolucionó el panorama político y en las elecciones generales de 2015 obtuvo cinco millones de votos, movilizando a esa abstención de dos millones y dándole otro bocado de otros dos millones al PSOE (que ya en aquellas elecciones bajó a los cinco millones de votos), otro medio millón a IU (que se quedó al borde de la desaparición) y otro medio millón a otros partidos. El bipartidismo había colapsado por su izquierda y el sistema político estaba en redefinición.

Al inicio de 2016, sin embargo, el proceso se estancó primero y se invirtió después. Desde aquellos meses, y probablemente debido a la frustrada constitución de un Gobierno alternativo al del PP, el espacio de la izquierda en su conjunto se estrechó. Las elecciones de junio de 2016 pusieron de relieve que un millón doscientos mil votantes de izquierdas se volvieron a la abstención, correspondiendo cien mil al PSOE y el resto a Podemos e IU. La unidad política entre Podemos e IU, que tanto costó articular, no pudo evitar la caída de votos, aunque sí consiguió evitar el descalabro en escaños, que se mantuvieron en número gracias a la ley electoral.

Durante el resto de 2016 y parte de 2017 todos los indicadores electorales y sociales mostraron sistemáticamente la debilidad del espacio electoral de Unidas Podemos. Ello coincidía con dos fenómenos paralelos: la irrupción de la agenda nacionalista en escena, con su clímax en otoño de 2017, y la mejora de la economía y de la percepción ciudadana al respecto. Sin embargo, hubo dos hitos que aceleraron intensamente aquel desgaste de la base electoral: la victoria de Pedro Sánchez en las primarias del PSOE, en primavera de 2017 y, sobre todo, la moción de censura a Mariano Rajoy en junio de 2018. Ambos hitos impulsaron al PSOE y redujeron casi en la misma proporción el apoyo de Unidas Podemos. La transferencia de votos parecía haberse invertido y el PSOE comenzaba a recuperar apoyo del espacio político de la izquierda transformadora.

Aquella tendencia de desgaste y estrechamiento del espacio político de Unidas Podemos, esto es, del espacio político a la izquierda del PSOE, fue progresiva y sin pausa. El PSOE iba recuperando el voto perdido desde 2008, y realmente lo conseguía más por golpes de efecto que por políticas concretas. Pero fue en 2019 cuando esa situación se agudizó en una suerte de traca explosiva. Tiene razón Pablo Iglesias cuando afirma que «las divisiones hacen mucho daño a la izquierda», y bien lo sabemos quienes además lo hemos sufrido entre bastidores. Desde enero de 2019 se desató una oleada de escisiones que contribuyó a crear un imaginario social de «desastre venidero inevitable». Gaspar Llamazares anunció que formaba un partido nuevo, provocando un incendio en IU y en Asturias; Íñigo Errejón le imitaba en Madrid, abriendo en canal a Podemos y, de paso, a sus aliados en la región; las derivadas de aquello supusieron nuevas dimisiones, como las de Ramón Espinar, un sinfín de acusaciones cruzadas en la plaza pública y la decisión de Manuela Carmena de no contar con IU ni con Podemos para la candidatura de la alcaldía de Madrid; EnMarea decidió escindirse en Galicia, debilitando a los ayuntamientos de Santiago, Coruña y Ferrol; Compromís anunció que rompía la coalición en Valencia; Izquierda Anticapitalista rompió con Podemos en todo el país; el coordinador de IU en Cataluña se marchó a ERC pero sin dimitir de coordinador para dejar el partido bloqueado… Podría continuar, pero supongo que no hace falta.

Todos estos acontecimientos sucedieron en solo unos meses, los inmediatos a las elecciones generales, y fueron acompañados de grandes proclamas cínicas por «la unidad» -mientras se firmaban las escisiones- y por supuesto tuvieron una cobertura mediática apropiada para la ocasión. En algunos casos encontramos incluso candidatas de IU y Podemos que públicamente anunciaban que no votarían a nuestras organizaciones. En el seno de IU y Podemos fuimos muy pocos los que, a riesgo de perder la familia, la salud, los amigos y probablemente la cabeza, llamamos a la calma y a la unidad. El coste en esos campos, lo reconozco, fue inmenso. Desde mi experiencia personal, han sido los peores meses de toda mi vida política. En este tiempo parecía imperar un «sálvese quién pueda» de una naturaleza bastante irracional, y sucedía tanto entre quienes se escindieron como entre quienes se quedaron agazapados esperando que los resultados de las elecciones generales nos mataran a algunos.

Pero resistimos. La campaña de las elecciones generales fue extraordinaria y la militancia se volcó en la tarea de resistir. Pablo Iglesias hizo unos debates estupendos y muy bien acotados y dimos la sorpresa al resistir con un 14,3%. Parecíamos haber detenido la hemorragia de votos. Con todo, el PSOE ya había recuperado dos millones de votos desde 2015.

Las elecciones locales y autonómicas

Y así es como llegamos a estas últimas elecciones locales, autonómicas y europeas. Hemos tenido, como espacio político, unos malos resultados. Y tenemos que hacer autocrítica, pausada y de vista larga, pero no podemos decir que nos sorprenda esta situación. Hemos pagado las consecuencias de nuestros propios errores, y también de los aciertos de los demás. En efecto, estas elecciones han puesto de relieve que la tendencia del estrechamiento del espacio electoral a la izquierda del PSOE ha continuado. En las elecciones europeas hemos perdido 4,24 puntos respecto a las generales de hace un mes, y hemos perdido casi 8 puntos respecto a las elecciones europeas de 2014.

Tal y como venía describiendo, el PSOE ha mejorado sus resultados autonómicos una media de 7,57 puntos, mientras que nosotros hemos caído una media de 8,14 puntos. En efecto, la transferencia de votos es perceptible en un trazo grueso, pero también en trazo fino. En particular, el espacio de UP ha bajado más en aquellos territorios donde el PSOE ha subido más. Como se puede observar en el siguiente gráfico, esto es bastante claro (aunque no perfecto).

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Además, las caídas han sido más pronunciadas allí donde hemos ido separados (todos los territorios con punto rojo en el gráfico) y menor allí donde hemos ido unidos. De media hemos caído 9,82 puntos en los territorios donde íbamos separados y hemos caído un 6,62 en aquellos otros donde hemos ido juntos. Como he dicho estos días: «la unidad política no construye socialismo, pero fuera de la unidad sólo hay destrucción».

Es llamativo también que, en todos los territorios, con la excepción de Asturias, los resultados de las generales de hace un mes han sido mejores que en estas autonómicas. Pero aún más llamativo es que en las elecciones europeas, que se votaban a la vez, se han tenido mejores resultados en todos los territorios menos en Asturias y Aragón. Las candidaturas de unidad, en general, han resistido mejor.

Por otra parte, el caso de Madrid es paradigmático. Porque la irrupción de Más Madrid se justificó por su supuesta «competición virtuosa», es decir, porque teóricamente la división no restaría. En realidad, el espacio político de Más Madrid, Podemos e IU ha perdido 2,44 puntos respecto a lo que sacó Podemos e IU en 2015. Puede decirse que Madrid sufre el mismo proceso de estrechamiento del espacio electoral que el resto del país, si bien hay que conceder que es el territorio donde menos se pierde y donde menos gana el PSOE. Es decir, es probable que Más Madrid contribuya mejor a frenar la huida de votos al PSOE aunque no lo consiga.

Por supuesto, más allá de los votos también las leyes electorales nos han masacrado en escaños allí donde hemos ido por separado. El caso de Castilla y León es representativo, pues en la provincia de Valladolid ni Podemos ni IU hemos sacado escaño aun obteniendo un 4,65% y un 4,07% respectivamente y sin embargo Vox ha obtenido un escaño con un 6,85%.

En el terreno municipal hemos aguantado muy bien en las pequeños y medianos municipios, manteniendo e incluso aumentando concejales en muchos territorios. Además, hemos mantenido alcaldías también en ciudades de tamaño medio como Cádiz o Zamora. Sin embargo, las elecciones locales están siempre sujetas a especificidades y no pueden extraerse conclusiones categóricas. Detrás de esos excelentes resultados está el gran hacer local de Kichi y Guarido, alcaldes de esas ciudades, y de sus equipos, pero no tanto de sus marcas respectivas. En efecto, Kichi ha revalidado la alcaldía con el 43,59% y Guarido con el 48,08%. Sin embargo, en las elecciones europeas Podemos e IU han obtenido un 23,91% en Cádiz capital y en las autonómicas IU ha obtenido un 6,09% en Zamora capital. Este voto dual es propio de alcaldes carismáticos, como también le sucede al alcalde del PP en Estepona, Urbano, que ha sacado un 69% en las municipales y un 33,56% en las europeas. Los toboganes funcionan.

Conclusiones

Los resultados son malos para nuestro espacio político. Pero frente a quienes creen que esto es la consecuencia de las habilidades y prácticas de seres individuales dotados de gran o escasa inteligencia, yo apuesto, sin restar importancia a lo anterior, por factores de fondo más vinculados a trayectorias de medio plazo. Necesitamos un debate sereno para preguntarnos el «por qué» de estas dinámicas aquí descritas. En mi opinión, es posible que en este momento no se den las condiciones económicas que «permitan» la existencia de una izquierda transformadora tan potente como la que hemos visto en los últimos años, lo que obliga a reconfigurar el espacio político a partir de una nueva y mejor articulación entre los diversos actores que conformamos el mismo. Nos hemos educado en diferentes culturas políticas, tenemos distintos bagajes y disponemos de distintos recursos organizacionales (por ejemplo, en IU disponemos de una más amplia implantación local mientras que Podemos dispone de una más amplia base electoral), y debemos encontrar las sinergias necesarias para cumplir nuestros objetivos. Más coordinación.

En el fondo se trata de un obligado cambio de estrategia que cree las condiciones de un nuevo crecimiento de nuestra base social y electoral, lo que a mi juicio pasa por insistir en la práctica en las instituciones, pero también con los actores sociales organizados. Me temo que hay que huir de propuestas maniqueas o simplistas, dado que los problemas complejos siempre requieren soluciones complejas.

Ello implica, a su vez, hablar de personas y relaciones sociales, por lo que nuestras organizaciones deben cuidarse mutuamente y cuidarse ellas mismas también. La tendencia cainita no sé si será controlable en la izquierda, pero sí debería serlo la forma con la que nos dirigimos a nuestros adversarios políticos dentro de nuestro propio espacio. La beligerancia con la que buscamos culpas en el otro, por ejemplo, es absolutamente ineficaz pero también suficientemente lamentable.

Pero, sobre todo, es momento de pensar en profundidad qué tipo de instrumento necesitamos para hacer frente a los retos ecológicos, económicos y sociales que tenemos por delante las sociedades europeas. De momento esa disputa dista de resolverse por la izquierda, como estamos viendo en el norte de Europa, y las amenazas son muy elevadas para las familias trabajadoras. Y replantearse esto significa preguntarse con honestidad por qué no llegamos como nos gustaría a la base social que decimos representar, estando dispuesto a dudar de todos nuestros prejuicios («de omnibus dubitandum» repetía Marx). Somos herederos, o al menos así lo siento yo, de todos los hombres y mujeres a los que hacía referencia al principio de este artículo, y les debemos una lucha que exige una adecuada comprensión de la realidad y el contexto. Los instrumentos han de adecuarse a cada contexto. El siglo XXI está construido de nuevas relaciones sociales, tecnológicas e institucionales que apenas podían vislumbrarse hace doscientos años y que los actores políticos no pueden ignorar. Las estructuras sociales están cambiando en direcciones que hubieran sido impensables en la época en la que se ideó la «metáfora socialista» y los símbolos han cambiado sus significados en todo este tiempo. Poner en cuestión las conexiones ideológicas, materiales y prácticas con las que nos relacionamos con nuestros votantes es un paso imprescindible para avanzar. La terquedad y el dogmatismo no ayudarán en absoluto.

Decía Manuel Sacristán que en tiempos de derrota de la izquierda transformadora hay dos pulsiones o tentaciones que deberían evitarse. Una es la entrega a la causa socialdemócrata, que se produciría como resultado de la pérdida de confianza en los instrumentos que han sido derrotados. Esto es lo que él identifica como la «tradición de derecha». La otra pulsión es la atrofia política que se produce ante la ausencia de perspectivas tras la derrota y que llevaría a la «inhibición de las luchas posibles» o de los «objetivos intermedios», con la fe depositada en la mística expectativa de que «algo pasará» que cambie nuestras posibilidades reales. Esto es lo que siempre se ha llamado izquierdismo. Esta fórmula de desconexión social es muy propia de los momentos como estos, y es muy atractiva porque es autocomplaciente.

Me temo que ambas pulsiones surgirán en estos meses y que el elemento en común que mantienen es su rechazo a la unidad política del espacio que se ha estado construyendo hasta ahora. Sin embargo, creo que la mejor herramienta pasa por reforzar esa unidad y en debatir y descubrir cómo somos capaces de aprovechar la potencialidad de este espacio político que, aunque disminuido actualmente, representa lo mejor de este país. Algunos seguiremos dedicando nuestro tiempo y energías a construir esta posibilidad.

La entrada Por qué es necesaria la autocrítica aparece primero en Alberto Garzón .


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