Publicado en línea el Jueves 6 de junio de 2019, por agustin

Nick Dearden

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En la década de 1930, el capitalismo necesitaba un ‘plan B’. El gran capital se enfrentaba a una crisis existencial sin precedentes; tenía que lidiar con el descontento de las masas tras el colapso financiero de 1929 y con un creciente movimiento comunista que amenazaba con nacionalizar los bienes y expropiar los beneficios.

El fascismo facilitó al sistema una vía de escape. Es evidente que algunos de los gerifaltes del fascismo podían ser brutos, desagradables e imprevisibles. Sin embargo, según argumentaban numerosos líderes de las finanzas y la industria, por lo menos podían ejercer el poder para aplastar cualquier tipo de resistencia y poner al Estado al servicio de sus intereses económicos.

En esta época, parece que la historia se repite. Obviamente no contamos con un movimiento de izquierdas a punto de tomar el poder en todo el mundo desarrollado. Pero, aun así, el capitalismo está amenazado de una forma que no se había visto desde hacía 80 años, sometido por su propia lógica. La destrucción del planeta para obtener ganancias aún mayores a corto plazo no puede continuar sin provocar consecuencias catastróficas y la mayoría de la gente no lo tolerará. Incluso las medidas claramente insuficientes que se han adoptado para abordar el problema del cambio climático afectan negativamente a las empresas con ánimo de lucro.

Los niveles de la deuda, que hasta la fecha han disimulado dicha desigualdad, se encuentran al borde del colapso. Esto no puede durar mucho más. Asimismo, se está llevando a cabo una revolución tecnológica que promete una automatización en masa , debido a la cual muchos millones de trabajadores se sumarán a los cientos de millones de pequeños campesinos y agricultores que ya no le sirven al capitalismo. Además, la gente ya está indignada.

¿Qué se puede hacer? La función que antes desempeñaron los fascistas, actualmente la desempeña un grupo de gobernantes autoritarios, entre los que destaca Donald Trump como principal baluarte. En Italia, los fascistas autodeclarados vuelven a estar en el gobierno. Hungría también está gobernada básicamente por un fascista y dichas fuerzas obtuvieron algunas victorias en las elecciones europeas del mes pasado.

Sin embargo, debemos prestar atención a los países más importantes para el futuro del capitalismo. En India gobierna Narendra Modi, un nacionalista hindú cuyo mandato como primer ministro ha destacado por una creciente oleada de delitos de odio, asesinatos, linchamientos, apaleamientos públicos y violaciones en grupo, especialmente dirigidos contra los musulmanes y los grupos de las castas bajas.

Brasil, hasta hace poco un modelo del giro a la izquierda de los gobiernos latinoamericanos, está actualmente gobernado por Jair Bolsonaro , un apologista de la dictadura militar, homófobo, racista y misógino que tilda de ‘terroristas’ a los grupos activistas. En Filipinas, el presidente es Rodrigo Duterte , responsable directo del asesinato de 20.000 consumidores de drogas, que ha comparado su guerra contra los estupefacientes con el exterminio de los judíos a manos de Hitler .

Explotación descomunal

Al igual que los fascistas de la década de 1930, todos estos gobernantes llegaron al poder fomentando la división social. Demonizan a los migrantes, los musulmanes, los individuos que pertenecen a la comunidad LGBT, las personas ‘sin techo’ y los grupos de casta baja mediante la creación de campañas difamatorias que incrementan el miedo y alegan que dichas personas están acumulando demasiado poder y constituyen una amenaza para los grupos dominantes de la clase media baja y la clase trabajadora. Todos estos líderes luchan contra el feminismo, que se ha convertido en su objetivo prioritario; solo hay que observar el resurgimiento del mensaje antiabortista.

Al igual que en la década de 1930, una vez en el poder, estos personajes empiezan a socavar y desmantelar las instituciones de las democracias liberales: los tribunales, los parlamentos y los medios de comunicación. A pesar de todas sus deficiencias, estas instituciones constituyen un importante freno para el poder de los seguidores de Trump y nos proporcionan algo de espacio para organizar la resistencia. Sin embargo, a estas alturas el sistema económico no puede soportar una verdadera resistencia y, por tanto, debe cerrar dichos espacios si quiere que el plan B del capitalismo tenga éxito.

Asimismo, cabe destacar el punto central de su programa: la explotación descomunal de las personas y el planeta. Solo hay que ver a Trump abriendo todas las aguas litorales de Estados Unidos a la perforación de pozos petrolíferos frente a sus costas, a Bolsonaro dando luz verde a las mineras para que entren en el Amazonas o a Modi liberalizando la economía india y perjudicando a las pequeñas economías agrícolas y tradicionales. Solo hay que ver los recortes sin precedentes a los impuestos de sociedades, la enorme desregulación financiera o la semicriminalización del activismo ecologista. Todo apunta hacia la misma dirección. Y esa es la razón por la que los mercados de valores se han mostrado tan favorables a estos nuevos líderes.

Tampoco hay que perder de vista el modo en el que se comportan estos nuevos líderes: con formidables excentricidades y contradicciones. Ese es el peligro de los hombres fuertes: por naturaleza no se les puede controlar. Pero la conclusión no sería que esta es la forma de sociedad en la que le gustaría vivir a la mayoría de los capitalistas. Sino que el capitalismo mundial cada vez necesita más esta forma de sociedad para prosperar y sobrevivir.

Estas políticas del trumpismo no se limitan a los países que ya hemos mencionado. Están envenenando el ámbito político de todo el mundo. El mes pasado en Reino Unido, una encuesta de opinión reveló que el 54% de los británicos están de acuerdo con la afirmación: “Gran Bretaña necesita un gobernante fuerte que esté dispuesto a romper las reglas”. Tan solo el 23% discrepaba. En gran parte de Europa, Asia y América Latina, estas políticas están penetrando en el discurso público en lugares en los que pensábamos que ya eran cosa del pasado. Asimismo, el trumpismo está proporcionando nueva cobertura retórica a gobernantes opresores de toda África y Oriente Medio.

Evidentemente podemos y debemos reírnos de él. Pero durante la época de la república de Weimar también representaban sátiras sobre Hitler en los cabarets berlineses y eso no le detuvo. Tenemos que entender qué es lo que está sucediendo para enfrentarnos ‘físicamente’ y, a través de esa lucha, construir una política alternativa que pueda recuperar a grandes grupos de la clase trabajadora.

Sobre todo, debemos aprender una lección fundamental del fracaso de la izquierda alemana en la década de 1930. No podemos asumir que el trumpismo va a fracasar y que luego nos tocará a nosotros. Duterte cuenta con un índice de aprobación de alrededor del 80%. Modi ganó las elecciones en India con una mayoría aplastante. Y aunque Trump y Bolsonaro no son tan populares, no podemos descartar que ganen las elecciones de nuevo. La izquierda debe acabar con su sectarismo. Lo que necesitamos urgentemente son amplias alianzas y políticas radicales.

Podemos superar el cambio climático, utilizar la inteligencia artificial para construir un mundo mejor y limitar el poder de las grandes empresas. Pero solo lo lograremos si creamos redes a nivel local, nacional e internacional. Nos encontramos en una posición mucho más débil que la izquierda en la década de 1930. Pero hemos ganado espacios, hemos logrado reformas moderadas para abordar el cambio climático y hemos conseguido algunos derechos civiles que anhelábamos desde hace mucho tiempo. Es posible que lo que ocurrió en la década de 1930 no se vuelva a repetir. Pero no va a ser un camino fácil.


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