Publicado en línea el Miércoles 31 de julio de 2019, por agustin

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Enric bonet

“Dos mujeres para salir de la crisis”, tituló el diario conservador Le Figaro. “Las dos caras de Europa”, se felicitó el rotativo económico Les Echos. La prensa del establishment francesa ha ofrecida una cálida acogida a la designación de las dos dirigentes que estarán al frente de las instituciones europeas: Ursula von der Leyen, investida por los pelos el 16 de julio como presidenta de la Comisión Europea, y Christine Lagarde, futura presidenta del Banco Central Europeo, que dimitió, también ese día, como directora del Fondo Monetario Internacional (FMI). Sobre todo, se relamió con la elección de la exministra de Economía francesa. Libération la describió como la “sorpresa del chef” Emmanuel Macron.

Tras haber dirigido el FMI desde 2011, Lagarde, de 63 años, se ha convertido en una estrella de la economía mundial: ha aparecido en las portadas del Wall Street Journal y de la revista de moda Vogue. En otoño, reemplazará a Mario Draghi al frente del BCE. Será la primera mujer que dirija la principal institución monetaria europea, en la que el 99% de sus directivos han sido siempre hombres. No le falta experiencia en altos cargos para asumir las riendas de un organismo que se ha convertido en el principal salvavidas del Titanic europeo.

En cambio, sí que generan dudas su falta de ejemplaridad –fue condenada en 2016 por su implicación en el caso Tapie– e (ir)responsabilidad en la respuesta dada a la crisis de 2008 y la de la zona euro. Si un mérito tiene Christine Lagarde es haberse mantenido en la cúspide del poder a lo largo del terremoto económico, social y político vivido en la última década. Además, los expertos advierten de su escaso bagaje en materia de políticas monetarias. A diferencia de sus antecesores al frente del BCE, Lagarde no es economista ni ha presidido antes ningún banco central.

“Supo demostrar un verdadero liderazgo al frente del FMI. Alguien que hizo esto también puede dirigir el BCE”, reaccionó a principios de julio Merkel, irritada con los reproches a las facultades de la exministra francesa, que interpretó como unas críticas machistas. Es cierto que no se cuestionaron tanto las competencias de Jerome Powell, abogado de negocios como Lagarde, cuando lo nombraron al frente de la Reserva Federal estadounidense. Pero también lo es que su nombramiento refleja la perpetuación de unas élites que no han aprendido gran cosa de la crisis de 2008.

Lagarde estuvo implicada en la respuesta inane al estallido de la burbuja financiera, en la cocina de la Europa de la austeridad y en el sometimiento a Grecia. Desde entonces, la futura presidenta del BCE ha modificado su discurso y ahora reivindica un “crecimiento inclusivo” y la “necesidad de combatir las crecientes desigualdades”. No obstante, ¿ha tomado consciencia de las múltiples voces, incluso desde el seno del FMI, que cuestionan las recetas neoliberales? Nada invita a creer en ello…

Un balance modesto en la gestión de la crisis

Nacida en 1956 en París, su juventud estuvo marcada por su conocidísima práctica de la natación sincronizada, lo que la llevaría a formar parte del equipo olímpico francés. Pero profesionalmente destacó por cruzar el charco desde que tenía 18 años e incorporarse con 25 como abogada de negocios en el bufete estadounidense Baker & McKenzie, que presidió desde 1999. En 2005, Nicolas Sarkozy la nombró ministra de Comercio Exterior y, dos años más tarde, le entregó la cartera de Economía. Entonces, la prensa francesa la presentaría como un ejemplo de las élites galas que triunfaban en Estados Unidos y como una partidaria de “la economía, la competencia y la globalización”.

Durante su etapa en Bercy (Ministerio de Economía) se caracterizó por su escasa sensibilidad social. Así lo reflejó en 2008 cuando respondió a los automovilistas que se quejaban por el aumento del precio combustible aconsejándoles que utilizaran la bicicleta. Unas declaraciones, ahora, inaceptables en tiempos de los chalecos amarillos. Tampoco mostró una gran simpatía por los de abajo al presentar un recurso en 2011 contra una sentencia de la justicia francesa que obligaba a la Administración a indemnizar con 30.000 euros a 17 mineros del norte de Francia, despedidos en 1948 por haber hecho huelga. Al final los tribunales darían la razón a Lagarde.

Además, su paso por el Ministerio de Economía se vio marcado por la Gran Recesión. En otoño de 2007, aseguró que la crisis financiera había “quedado detrás de nosotros” cuando en realidad iba a convulsionar a los países occidentales durante una década. “La exposición de los bancos franceses ante el riesgo de Lehman Brothers resulta débil teniendo en cuenta la talla de los bancos afectados”, afirmó el 16 de setiembre de 2008, el día después de la quiebra de la entidad estadounidense, en una muestra de cómo se vio superada por los acontecimientos.

Tras haber infravalorado el impacto de la crisis, su gestión se hizo de la mano de los intereses del sector bancario. Así quedó reflejado con su famosa reunión con el presidente de BNP Paribas, Michel Pébereau, para discutir sobre el rescate del banco francobelga Dexia (por 10.000 millones), al mismo tiempo que Pébereau negociaba la compra de Fortis, competidor directo de Dexia. Este polémico encuentro quedó inmortalizado en una fotografía de la revista Paris Match en la que se veía a Lagarde, al secretario general del Elíseo y al director del Tesoro, todos de pie, mientras escuchaban sentado al banquero que les explicaba lo que sucedía. “Durante los años de la crisis, el Ministerio de Economía se vio cortocircuitado y la mayoría de las medidas en Francia fueron decididas por los banqueros en coordinación con el Elíseo”, explica la periodista del diario digital Mediapart Martine Orange, especialista en cuestiones monetarias. Entonces, el rol de Lagarde resultó tan controvertido que el semanario L’Express llegó a titular “¿Lagarde, postiche ou fortiche?” (¿Lagarde, un adorno o una fortaleza?). La cuestión de dejarse utilizar por otros parecía una especie de obsesión hasta el punto de que escribiría una carta a Sarkozy en la que decía: “Utilízame durante el tiempo que te convenga (…) Si me utilizas, yo te necesito a ti como guía y apoyo”.

Esta misiva fue hallada durante la investigación judicial sobre su implicación en el caso Tapie. La Corte de Justicia de la República la condenaría en diciembre de 2016 por “negligencia” en este caso de “desvío de fondos públicos” que tuvo un coste de 403 millones para las arcas públicas. La justicia francesa, sin embargo, la exoneró de cumplir la pena por su “reputación nacional e internacional”. Los mandatarios europeos han mostrado la misma indulgencia al elegirla como futura presidenta del BCE. Como sucede con la conservadora alemana Von der Leyen, implicada en múltiples escándalos en su país, Lagarde ilustra una imagen poco ejemplar de la política. Y también anclada en el pasado.

La preferida de Merkel

Con la fumata blanca en la designación de los cargos europeos, Macron y Merkel estrechan los vínculos del eje francoalemán y asientan su consenso en darle a la derecha el poder de las principales instituciones. “Esta ha representado una victoria de los conservadores alemanes”, asegura el economista Frédéric Farah, profesor en La Sorbona de París. “Durante meses se rumoreó con las aspiraciones del presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, para presidir el BCE, pero para Merkel aún resulta una mejor candidata Lagarde, ya que comparte la mayoría de las tesis de los conservadores alemanes, pero transmite una imagen más amable y no hace pensar que se produce un retorno de los halcones de la austeridad”, añade este especialista en cuestiones monetarias.

Pese a la designación de esta dirigente francesa al frente del BCE, se mantiene la hegemonía alemana en las instituciones del viejo continente. No solo presidirá la Comisión una estrecha colaboradora de Merkel, sino que también siguen en manos teutonas la presidencia del Banco Europeo de Inversiones, el Tribunal de Cuentas Europeo, el Mecanismo Europeo de Estabilidad o de la Junta Única de Resolución.

Lagarde, en todo caso, es una de las dirigentes francesas más del agrado de la canciller alemana. Cuando ejercía como ministra francesa de Economía, ya participó en la construcción de la Europa de la austeridad poniendo los cimientos de la regla de oro, que obliga a los Estados a reducir su déficit público hasta el 0,5%, y el semestre europeo, que somete los presupuestos nacionales a un estricto control de Bruselas. No obstante, su idilio con Merkel cristalizaría “con la gestión de la crisis griega”, recuerda Martine Orange. El FMI, dirigido por Lagarde, formó parte de la Troika que hundió a Grecia.

A pesar de ello (o gracias a), Merkel ya propuso el nombre de Lagarde para presidir la Comisión Europea en 2014. “Este año volvió a proponerlo”, afirma la periodista de Mediapart. Finalmente, la eligieron para presidir el BCE, una institución que ha tomado en los últimos años una dimensión política evidente, contradiciendo así la tesis neoliberal de que hay que dejar la política monetaria en manos de expertos independientes encargados solo de controlar el aumento de la inflación.

El fantasma de Trichet

¿Qué políticas monetarias adoptará Lagarde? Resulta una incógnita. Durante su etapa al frente del FMI, esta institución ha publicado múltiples documentos en los que se cuestionaba el “consenso de Washington ”, que estableció los postulados de la globalización neoliberal. En sus intervenciones públicas, la dirigente francesa ha mostrado cierta sintonía con los demócratas estadounidenses y su preocupación creciente por el aumento de las desigualdades. Pero “el FMI es un organismo esquizofrénico. Puede publicar documentos críticos con la austeridad y, al mismo tiempo, reivindicar reformas neoliberales”, lamenta Frédéric Farah. Así sucedió con recientes planes de rescate en Túnez o Argentina, a la que prestó el año pasado 57.000 millones de dólares, en una de las operaciones más arriesgadas en la historia de esta institución.

Draghi ya anunció en junio que el BCE mantendrá, al menos hasta mediados de 2020, los tipos de interés en los bajísimos niveles actuales, que permiten a los bancos pedirle prestado dinero sin pagar intereses. Teniendo en cuenta que las previsiones apuntan este año a un raquítico crecimiento del PIB de la zona euro del 1,2%, resultaría una temeridad aumentar los tipos de interés. No obstante, las medidas heterodoxas adoptadas desde 2011 por el dirigente italiano para salvar la eurozona “han llegado a su límite y ahora están favoreciendo un aumento excesivo de los precios en algunos sectores”, como el inmobiliario, apunta Orange.

Según recuerda esta periodista económica, “ante la llegada de una nueva crisis, los responsables de los bancos centrales deberán demostrar una gran imaginación, ya que no disponen de demasiadas nuevas herramientas para actuar”. ¿Lagarde estará capacitada para ello? “Difícilmente, romperá con una mala costumbre en la UE, donde los cargos técnicos deciden las políticas y los políticos las gestionan”, advierte Farah, quien teme que Lagarde se guíe excesivamente por las preferencias de la administración del BCE, dominada por las tesis de la ortodoxia monetaria alemana y en la que seguirán teniendo una gran influencia algunos halcones neoliberales, como el nuevo economista jefe de la institución, el irlandés Philip Lane, o el presidente del Bundesbank, Jens Weidmann.

De hecho, según Farah, “existe el riesgo de que se repita una situación parecida a la del mandato del expresidente del BCE Jean-Claude Trichet, entre 2003 y 2011. Este dirigente francés aplicó tan a rajatabla las directrices ortodoxas que acentuó la crisis del euro. Y adoptó decisiones críticas para España, como la carta que envió al presidente Zapatero en el verano de 2011 que desembocó en la reforma del artículo 135 de la Constitución.

En 1983, la periodista y militante feminista Françoise Giroud aseguró que “la mujer será realmente igual al hombre el día en que para un puesto importante se designe a una mujer incompetente”. ¿Lagarde hará realidad esta afirmación? Por el bien de Europa, esperemos que no.


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