Publicado en línea el Jueves 1ro de agosto de 2019, por agustin

elsalto

Jose Luis Carretero

Ya nadie niega la existencia de una fuerte contradicción entre el despliegue histórico real de la economía capitalista y el equilibrio del medio natural que sirve de soporte para la vida en nuestro planeta. Resulta imposible negar que el desarrollo del proceso de industrialización y mercantilización de las relaciones sociales, en el marco capitalista, llevado a cabo en los últimos siglos está empujando a una crisis ecológica que, en conjunción con otra serie de procesos paralelos e interdependientes —la creciente inestabilidad financiera y económica, la devastación cultural y social generada por el neoliberalismo, la tendencial ruptura del escenario geoestratégico que constituía el armazón de las relaciones entre el centro y la periferia del sistema, etc.— ha hecho emerger una serie de derivas caóticas que marcan el inicio de una crisis civilizacional, que pone en cuestión nuestra forma de vivir, producir y relacionarnos, entre nosotros y con el ecosistema del que formamos parte.

No podía ser de otra manera. El sistema capitalista es un sistema de clases, basado en el funcionamiento del supuesto “libre juego” de la competencia económica entre actores que tienen la posibilidad de explotar la fuerza de trabajo ajena, partiendo de la garantía de la propiedad privada de los medios de producción.

La competencia implica algo innegable: hay ganadores y perdedores. Y ser un perdedor en la sociedad del capital es algo realmente serio. La pobreza, la explotación, el sufrimiento, esperan al perdedor, despojado de los medios de producción y, muchas veces, incluso de los recursos imprescindibles para solventar sus necesidades básicas. Así que hay que procurar ganar.

Para ganar hay que acumular recursos. La competencia no es igualitaria. Quien más tiene de partida, más posibilidades tiene de salir victorioso en cada confrontación. Es por eso que las grandes superficies enormes sociedades de capital participadas por fondos globales de inversión y otros inversores multimillonarios) derrotan siempre al tendero de barrio. Es por eso que, pese a lo que se dice, el capitalismo no es realmente un sistema de “libre” comercio: los grandes se hacen más grandes y los pequeños perecen. La tendencia a la acumulación de cada vez más capital en cada vez menos manos es tan consustancial al capitalismo como la explotación del trabajo asalariado. No es algo coyuntural, episódico, un “error” o el epifenómeno colateral de una determinada “fase”.

Por ello el capitalismo ha sido, históricamente, el modo de producción que, hasta el momento, más ha desarrollado la capacidad de producir objetos de la humanidad. Y no deja de hacerlo. La competencia espolea la introducción de nuevas tecnologías y de todas las técnicas que ayuden a aumentar la productividad, provoca la acumulación del capital, el crecimiento de las empresas ganadoras, la aparición de grandes multinacionales y la quiebra de los productores locales y, por tanto, el crecimiento continuo de la producción mercantil.

Quien acumula más recursos, gana. Y ganar le sirve para acumular aún más recursos. Este crecimiento continuo, por supuesto, entra en conflicto con la realidad natural de un planeta finito, con recursos limitados. Y, sobre todo, entra en conflicto porque, para el capital, los daños medioambientales no son más que “externalidades”.

Las externalidades, para los economistas burgueses, son una serie de costes necesarios del proceso de producción, pero que no figuran en la contabilidad de la empresa, y que por tanto no tienen que ser pagados por la misma. Por ejemplo, la contaminación atmosférica producida por una fábrica, genera una serie de costes económicos para el conjunto de la sociedad (enfermedades y por tanto gastos en salud y caídas en la productividad de la mano de obra de la zona; pérdida de la diversidad del ecosistema local, etc.), pero la fábrica no tiene que pagarlos, no figuran en su contabilidad. Así, devienen “rentables” actividades económicas que, si la empresa tuviera que hacer frente a la totalidad de los costes que implican para toda la sociedad, no lo serían.

Hay productos que se producen —y que se comercializan masivamente— que solo se pueden comercializar porque las empresas no tienen que pagar realmente la totalidad de sus costes. Y no los tienen que pagar porque el Estado, en el capitalismo, no es una entidad neutral, ni una especie de representación colectiva que trata de introducir la racionalidad en el caos provocado por la competencia acrecentada entre las empresas, sino un espacio de combate en el que distintas facciones empresariales se disputan quién pagará o quién se aprovechará de determinados negocios, o que crea las condiciones materiales para que todas ellas se enriquezcan, formando a la población, conquistando nuevos mercados para los capitalistas locales, subvencionando determinadas actividades económicas, o financiando con los impuestos cobrados a los contribuyentes (en gran medida extraídos de las rentas de los trabajadores y no de los beneficios de los capitalistas, como se nos quiere hacer creer) las inversiones en investigación y desarrollo necesarias para poner en marcha nuevas líneas de producción que puedan generar nuevos mercados. Ya lo hemos dicho: el capitalismo no es, en modo alguno, un sistema de “libre mercado” en el que el Estado, simplemente, “deja hacer”.

Así que la crisis ecológica presente, no es un fenómeno coyuntural, “paralelo a”, secundario o accidental, en la economía capitalista. Es un resultado necesario del sistema de competencia, propiedad privada de los medios de producción e irracionalidad en la economía en que el capitalismo consiste. Es el producto inevitable de la sociedad de clases.

LLEGÓ EL MOMENTO

Vivimos en plena crisis ecológica. Una crisis tan grave que ya ni los propios capitalistas la pueden negar. Ha llegado el momento en que hay que pagar muchos de sus efectos. Hay cosas que ya no pueden seguir siendo “externalidades” porque ya nos afectan a todos. El coste de la destrucción (de los ecosistemas, de la salud de las poblaciones, de los mecanismos de funcionamiento del clima, etc) y de la necesaria transición del sistema productivo tras el agotamiento de muchas fuentes de recursos naturales, es tan grande, que ya no se sabe como encararlo y ya no se puede ignorar. Ha llegado la hora de pagar, ya sea financiando los costes de la limpieza necesaria, o ya sea financiando las inversiones en investigación y desarrollo que ayuden (quizás) a encontrar nuevos avances tecnológicos que permitan ahuyentar la crisis ecológica mediante cambios fundamentales en las formas de producir. Ha llegado la hora de pagar. Pero, como siempre, los capitalistas no piensan hacerlo. Para ellos, ha llegado la hora de un nuevo gran mercado. Una nueva oportunidad de negocio.

Es por eso que se suceden los intentos de implementar un “capitalismo verde”, de convertir en fuente plusvalor el nuevo arco de necesidades de la población. El capitalismo intenta adaptarse y salir vivo de esta crisis.

Intentos de fusión de las grandes automovilísticas, como la tentativa implementada de fusionar FIAT-Chrysler Automobiles con Renault en los últimos meses, que habría construido un gigante global con una capitalización de cerca de 35.000 millones de euros y una capacidad productiva de 8,7 millones de vehículos. Una fusión que, tal y como los propios directivos de FIAT afirmaban, buscaba acumular capital y recursos para tratar de poner en marcha las líneas de innovación tecnológica necesarias para (quizás) hacer viable a gran escala el coche eléctrico. Una forma de movilidad que aún está lejos, a nivel técnico, de poder sustituir al coche por combustión, en un escenario de creciente contaminación y amenaza de llegada del pico del petróleo y de escasez de recursos imprescindibles para las baterías eléctricas, en su actual estadio tecnológico.

Transformación de las grandes petroleras y energéticas, buscando convertirse en gigantes multienergía globales, invirtiendo en renovables y en todo tipo de nuevos negocios. Cuando todo estalle, el que esté mejor colocado puede que tenga una ventaja decisiva. Para cuando se llegue al pico del petróleo, las petroleras quieren haberse posicionado adecuadamente en las nuevas fuentes de energía y en las nuevas tecnologías que, no lo olvidemos, solo han podido llegar a ser rentables (y hasta donde han llegado a serlo) gracias a un fuerte impulso público.

Endesa e Iberdrola se disputan, así, el liderazgo en renovables en España. Endesa, de hecho, ve como una oportunidad el hecho de que el nuevo gobierno socialista español reactive sus planes de impulso de las renovables y está dispuesta a invertir cerca de 10.000 millones de euros para transformar su mix energético, ahora con mucho peso del carbón, al tiempo que invierte fuertemente en Portugal con la misma intención. Un nuevo mercado, el de las renovables, que se está construyendo sobre el modelo previo del oligopolio de las grandes transnacionales de la energía, soslayando la posibilidad técnica real de la emergencia de una dinámica distribuida, descentralizada y autogestionaria.

Y esas mismas grandes energéticas, estableciendo alianzas con grandes superficies, concesionarias de autovías, y todo tipo de espacios comerciales, para la extensión de una amplia red de electrolineras, que hagan viable la movilidad eléctrica. Y avisando, al tiempo, de que eso sólo se podrá hacer con ayudas públicas. Con una enorme acumulación de capital salido del plusvalor producido por los trabajadores y trabajadoras, y redistribuido por el Estado a las grandes transnacionales “verdes”.

SOBREVIVIR

Así pues, los grandes señores globales de los negocios tratan de sobrevivir a la crisis. Intentando centralizar mas capital en menos manos, acumulando recursos para financiar la “transición ecológica”, entendida como una mera transformación técnica-tecnológica del aparato productivo que permita superar las contradicciones insolubles de la economía capitalista o, más realmente, tirar el balón un poco más allá, aguantar un poco más, convertir en negocio para algunos lo que va a ser, sin duda, un desastre para los más.

Este es el contexto material en el que se plantea la idea de un “Green New Deal”, un nuevo acuerdo verde. Keynesianismo ecológico y redistribución… ¿hacia dónde?

¿Qué fue el New Deal? El gran programa de estímulo público al que se achaca la salida del capitalismo de la gran crisis sistémica de 1929. La inversión pública en actividades productivas provocó un aumento de la demanda agregada (la gente tenía con que comprar) que reinició la máquina de acumulación del capital, provocando el período de mayor crecimiento económico de la historia del mundo.

El New Deal (entendido, no tanto como el programa específico implementado en los Estados Unidos, sino como la comprensión general keynesiana de la necesidad del estímulo público de la economía, que se expandió como idea común por todo el globo) tuvo sus efectos más o menos virtuosos: aparición del Estado de Bienestar en algunos lugares, desarrollo acelerado de las fuerzas productivas a nivel global, aparición de la sociedad de consumo.

También tuvo (y esto nos lo suelen ocultar sus adoradores acríticos), sus consecuencias más ambiguas: concentración aún mayor de los capitales, presión acrecentada sobre el ecosistema, integración del movimiento obrero en el “normalidad” institucional, aumento de la inflación como respuesta de los capitalistas a los avances en los salarios. Las grandes multinacionales son tan hijas del New Deal, como los sistemas públicos de seguridad social. La “Revolución verde” y la hegemonía del “agrobusiness” son también resultados del New Deal, con sus contradictorios efectos actuales.

Así que, cuando nos enfrentamos a la propuesta de un Green New Deal, deberíamos plantearnos claramente de qué estamos hablando: puede que hablemos de un fuerte estímulo público para que las grandes petroleras (por ejemplo) puedan convertirse al fin en las señoras de todas las fuentes de energía de nuestro tiempo. O de que las grandes automovilísticas tengan suficiente dinero para intentar encontrar (quizás) la solución técnica a sus problemas de adaptación al pico del petróleo. Puede, pues, que de esa gran inversión pública salgan mercados más concentrados, multinacionales más grandes y fuertes, un capitalismo aún más salvaje que sea capaz de imponer medidas autoritarias en nombre del “interés general en lo verde”. Y todo ello, no lo olvidemos, sin resolver el problema de fondo: la crisis ecológica y social.

O puede que hablemos de un “Gran Acuerdo” (más bien de una gran alianza de las clases populares) para la ruptura, para la transformación del capitalismo en otra cosa. Para la racionalización de la actividad productiva, sometida al dictado de las necesidades de la mayoría de la población y a la necesidad del equilibrio con el ecosistema, en una sociedad sin clases, donde la cooperación igualitaria se transforme en el centro. Una sociedad con energías renovables descentralizadas, medios de producción autogestionados y sometidos al control colectivo y una economía de lo comarcal y lo cercano, capaz de reconvertir los devastados espacios rurales y urbanos actuales en una nueva trama autoorganizada donde todas las poblaciones tengan acceso a servicios comunitarios y espacios naturales, superando las diferencias entre campo y ciudad desde una perspectiva sostenible.

Ese segundo acuerdo, el que nos lleva fuera del capitalismo, es el único capaz de resolver la crisis ecológica. El keynesianismo “verde” no es una opción: sino un oxímoron. Reiniciar un nuevo ciclo de acumulación capitalista no puede llevar más que un nuevo topetazo contra los límites naturales en breve plazo, aunque se haga con la excusa “verde”. De ahí sólo puede salir una sociedad más autoritaria, con un poder más concentrado que, pese a la vulgata socialdemócrata al uso, no conseguirá disciplinar a los capitales. El famoso “ecofascismo”, que nunca, pese a todo, conseguirá ser “eco”. Tras el New Deal, vino el neoliberalismo, y tampoco fue un “accidente” o un “error”, sino el producto necesario de una dinámica económica que se basa en la existencia de las clases, en la propiedad privada de los medios de producción y en el caos de la competencia.

Lo único que puede disciplinar a los capitales es su socialización. Su sometimiento a las formas del control colectivo y democrático desde la base. La economía desde abajo, pero fuertemente sometida a la decisión comunitaria. Desde la igualdad social (desde la abolición de las clases sociales) podemos ponernos de acuerdo en racionalizar la producción, en adaptarla a los límites naturales, en compartir lo que realmente (sin “externalidades”) es rentable y vemos adecuado producir. Desde la sociedad de clases, desde el capitalismo, no hay solución. Donde hay clases todo es guerra e irracionalidad.

Ahora nos toca decidir.


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