Publicado en línea el Lunes 12 de agosto de 2019, por agustin

eldiario.es

Nacho Garcia

Termino de leer varias crónicas de los asesinatos de El Paso: 22 personas asesinadas por un extremista violento. Más abajo una noticia sobre el Open Arms que acaba de rescatar a 124 personas en el Mediterráneo. Busca un puerto seguro para desembarcarlas, pero no lo encuentra, no solo no se lo facilitan, sino que se enfrenta a multas de hasta 900.000 por su labor de rescate. Todo en las mismas 24 horas. Empieza el análisis de lo sucedido (en El Paso, por supuesto, lo otro es más frecuente y menos llamativo), un episodio de extremismo violento, ligado a la proliferación de la violencia ejercida por personas de extrema derecha (la extrema derecha es responsable de más del 70% de los 427 asesinatos relacionados con extremismo violento en EEUU en la última década).

Se intenta explicar lo sucedido desde distintas miradas. Algunas más centradas en analizar la evolución del individuo (factores individuales), su personalidad, su salud mental y su motivación para recorrer 9 horas de coche para cometer los asesinatos. Otras revisan la influencia de los grupos sociales (factores sociales), sobre todo los discursos de odio, su relación con internet y la influencia de Trump y su administración en este atentado. Y otras analizan el contexto (factores estructurales): el racismo estructural de EEUU.

La idea de que estos factores, lejos de poder analizarse solos, han de ser vistos como un conjunto relacionado está bastante asumida. Todas las miradas coinciden también en que este no es un episodio aislado, sino que está ligado al resto de episodios similares y alertan sobre el riesgo de que van en aumento.

El extremismo violento crece

Yo no puedo dejar de mirar también a las 124 personas navegando en un presente incierto sin nadie que les proporcione un futuro seguro y veo la misma lógica detrás de la negación del puerto para que desembarquen que la que encierra las palabras de Trump que pueden haber alentado los asesinatos de El Paso. No dejo de ver paralelismos entre las dos situaciones. Las dos suceden en fronteras, en las dos las víctimas son migrantes o hijas e hijos de migrantes, de desplazados por el contexto, en las dos las víctimas padecen una política de muros en las fronteras, de una identidad excluyente, de un nosotros que tenemos que proteger lo que tenemos frente a un vosotros que sois la amenaza.

Esta mirada cruzada me incomoda. ¿Cómo puedo comparar la atrocidad de los muertos en el Wallmart con los náufragos del Mediterráneo? ¿Estoy insinuando que la política migratoria en el Mediterráneo es extremismo violento?

Intento tomar perspectiva para evitar que este estrabismo ético me lleve a utilizar gafas demagógicas y veo la crisis ecosocial en la que estamos inmersos: una crisis económica en la que amplias capas sociales no pueden cubrir sus necesidades. Es una crisis estructural del capitalismo que ya no puede seguir generando un aumento continuado de los beneficios en grandes cantidades y de forma sostenida tal y como venía haciendo, en gran parte por su relación con otra de las dimensiones de esta crisis, la ecológica: agotamiento de los recursos y de la energía barata, pérdida de biodiversidad y calentamiento global. Y, por último, y ligada a las otras dos dimensiones, una crisis social en la que décadas de un capitalismo que fomenta la competición y el individualismo han debilitado la capacidad de dar respuestas colectivas incluyentes.

Una crisis que genera contextos vulnerables donde solventar las necesidades fundamentales para realizarnos plenamente se vuelve más difícil, y no hablo solo de las necesidades de supervivencia (alimentación, techo, abrigo), sino de todas las que Max Neef establece en Desarrollo a escala humana (protección, identidad, afecto, libertad, participación, entendimiento, creatividad y ocio). Y veo que en el campo de juego de la insatisfacción de necesidades fundamentales el extremismo violento ofrece satisfactores eficaces para un sector de la población, al menos a corto plazo. En el campo de la incertidumbre generada en tiempos de crisis, el extremismo violento ofrece certezas aunque sean de corto alcance: tiene una visión del futuro en la que caben solo quienes son iguales, simplifica los discursos en los que quienes son diferentes, bien son responsables de los males que sufren quienes son iguales, o bien un impedimento para la satisfacción de necesidades (las necesidades de los diferentes son incompatibles con las necesidades de los iguales).

En la confusión de mi mirada, en la que se mezclan El Paso, la gestión migratoria del Mediterráneo, el petróleo de Libia, ISIS, Trump, la ocupación de Palestina, Bolsonaro y la represión de las defensoras de derechos humanos en las comunidades indígenas de Sudamérica, encuentro cierto alivio (pero solo un poco) en esa idea de que la manera que tiene el extremismo violento de satisfacer necesidades solo funciona a corto plazo. Una seguridad levantada con muros, una identidad que excluye, una libertad y una participación para unos pocos, y un afecto que muchas veces tiene el miedo a la soledad como motor, no son elementos que construyen una satisfacción plena de las necesidades, y a medio plazo suelen ir en contra de la propia satisfacción que buscaban.

De esto parece haberse dado cuenta ya Naciones Unidas, que en su Plan de Acción para la prevención del Extremismo Violento reconoce que las estrategias para prevenir este fenómeno focalizadas en “la lucha contra el terrorismo basadas en la seguridad” (a las que han destinado la mayoría de los recursos) descuidando los pilares que hacen frente “a las condiciones que propician el terrorismo” así como al aseguramiento “del respeto de los derechos humanos para todos y el Estado de derecho en la lucha contra el terrorismo” deben ser revisadas.

No podemos descuidar las condiciones de insatisfacción de necesidades fundamentales producidas por la crisis ecosocial en la que estamos inmersos. El extremismo violento y las estrategias de transición ecosocial no violentas representarían maneras opuestas de afrontar la satisfacción de estas necesidades. Unas violentas y excluyentes, otras que entienden que un futuro ecosocial (justo, democrático y sostenible) no puede basarse en la satisfacción de las necesidades de unas personas a costa de otras o a costa de la satisfacción de otras necesidades.

Satisfacer de forma sinérgica y colectiva las necesidades fundamentales es la única manera de detener la proliferación del extremismo violento. Participar en la creación de contextos donde se propicie que la manera de satisfacer una necesidad concreta sirva para satisfacer otras necesidades, con esa mirada interdependiente entre mis necesidades y las del resto de personas a las que no miramos en clave de igualdad o diferencia, sino de diversidad compleja, me permite ver la relación entre El Paso y el Mediterráneo sin tanta confusión.

Me permite ver cómo el autor de la matanza de El Paso y la tripulación del Open Arms personificarían el último eslabón de estas dos lógicas de afrontar el futuro.


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