Publicado en línea el Jueves 22 de agosto de 2019, por agustin

Fernando Luengo

Economista y miembro del círculo de Chamberí de Podemos

publico.es

Acaba de conocerse la noticia de que el Producto Interior Bruto de la economía alemana ha retrocedido en el segundo trimestre del año. Se abre, todavía tímidamente, un debate acerca de la viabilidad y la consistencia del “modelo económico alemán”, cuyo motor ya presentaba evidentes signos de debilidad en los últimos años. Un debate muy necesario, sobre el que, hasta el momento, se había pasado de puntillas en Europa. Resultaba mucho más cómodo, y rentable para las elites económicas y políticas, cargar con toda la artillería contra las “despilfarradoras e ineficientes” economías del sur.

Son numerosos y muy relevantes los asuntos a tratar al respecto de los fundamentos y la evolución de la economía alemana, pero los voy a dejar para otro momento. En las líneas que siguen propongo una reflexión sobre uno de los ejes centrales de esa economía, que, en un sentido más amplio, forma parte de las verdades indiscutibles del pensamiento económico dominante: el objetivo de la competitividad. Objetivo que, de manera resumida, consiste en vender más y disputar a nuestros socios o rivales cuotas de mercado. Un par de observaciones al respecto.

En primer lugar, la competitividad -tanto la que se alimenta de precios bajos, como la que se nutre de las innovaciones tecnológicas y de la oferta de bienes y servicios de calidad- esta anclada en la lógica del crecimiento. Un crecimiento que, como sabemos (o deberíamos saber), ha encendido todas las luces rojas de la insostenibilidad. No importa, se sigue apostando por un modelo que, en todas sus versiones, utiliza una gran cantidad de materiales y energía, cada vez más escasos y que, por esa razón, están y estarán en el origen de todo tipo de conflictos, donde, como siempre, los más pobres tienen todas las de perder; un modelo que, como proclama la inmensa mayoría de la comunidad científica, ya está teniendo efectos devastadores y posiblemente irreversibles sobre el cambio climático. El planteamiento sobre el binomio competitividad/crecimiento se intenta aderezar con propuestas referidas a un supuesto “crecimiento verde”, siempre en la confianza de que las innovaciones tecnológicas permitirán gestionar y reducir los costes. Entre tanto, la relación depredadora con la naturaleza sigue su curso y todos los escenarios de riesgo se precipitan, con un mensaje claro y contundente: no hay tiempo. Las recetas cuyo núcleo es la competitividad, como motor de funcionamiento de las economías, agravan el problema…la lógica de las cantidades -más producción, más recursos- no es viable.

En segundo lugar, la verdadera acepción de la competitividad la encontramos en la esfera de la economía política. Se persigue ese objetivo en un contexto de abierta impugnación por parte de los poderosos de las políticas redistributivas, de acoso y derribo de los estados de bienestar, de fractura de los equilibrios sociales en beneficio del capital, de debilitamiento o ausencia de espacios de negociación colectiva, de libertad sin restricciones en lo que concierne al movimiento transfronterizo de capitales… No estamos, pues, ante un elegante debate académico. En estas coordenadas, el objetivo competitivo conduce, inexorablemente, a presionar sobre los salarios, pero no sólo; también presiona sobre la naturaleza y las instituciones.

No es de recibo seguir aceptando el discurso de la competitividad “buena”, la que apuesta por la innovación, frente a la “mala”, que se articula alrededor del pack salarios/costes/precios bajos. Las economías de los “países modelo”, sus progresos, no se pueden entender sin la confiscación y la degradación de las periferias. Tampoco podemos cerrar los ojos ante las “empresas de éxito”, cuyo modelo de negocio se basa a menudo en salarios bajos, en ritmos de trabajo y jornadas extenuantes o en la subcontratación con firmas que ignoran los derechos laborales más básicos.

Discutamos sobre las carencias del denominado “modelo alemán”, por supuesto. El debate europeo no es debate sin introducir este tema en la agenda; las proclamas hacia más Europa lo ignoran y lo ocultan. Pero seamos conscientes de que los problemas estructurales que urge enfrentar, como el de la competitividad (que Alemania simboliza como nadie) nos hablan de un capitalismo, europeo y global, y de unos grupos dominantes que, si nadie lo remedia, nos llevan directamente al colapso.


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