Publicado en línea el Lunes 26 de agosto de 2019, por agustin

ALBERTO FRAGUAS

BIÓLOGO Y COORDINADOR DEL OBSERVATORIO DE ECOLOGÍA POLÍTICA DE ATTAC

publico

La enorme catástrofe que los intencionados incendios están provocando en la Amazonia actualmente puede tildarse como una de las mayores que hasta el momento ha soportado nuestro planeta Tierra. Al goteo permanente y crecientemente agobiante de riesgos derivados del cambio climático, en ocasiones le acompañan y potencian otros fenómenos puntuales de agudas agresiones a la naturaleza. Estamos en uno de ellos. La Amazonia arde provocando un caos a la sociedad y a los ecosistemas de tanta gravedad como los desastres de Chernobil o Fukushima o como la presa china de las Tres Gargantas.

Brasil este año, hasta la fecha, ha tenido casi 72.000 incendios, la mayor parte en la Amazonia, es decir, casi un 90% más que el mismo período del año pasado. Otra zona donde se han reiterado los incendios ha sido el de la sabana brasileña cerca de la Amazonia, de enorme valor ecológico y también económico. Solamente en el estado de Mato Grosso (casi en su totalidad en la Amazonia) se han contado casi 14.000 incendios. No es la sequía (el 2018 fue más seco). Es la mano del hombre codicioso.

Los efectos de estos incendios de tan gran superficie serán a corto y medio plazo absolutamente perniciosos no solo ecológicamente, sino a nivel social y económico.

La Amazonia es bien sabido que absorbe millones de toneladas del CO2 mundial actuando contra el cambio climático pero quizás no se conozca tanto su esencial papel en la regulación del clima a nivel planetario y del ciclo hídrico global por la liberación de oxígeno y agua de su gran masa forestal (agua liberada por evaporación del agua y transpiración de las plantas), hoy ardiendo y por tanto derivando a la atmósfera el CO2 capturado y por tanto agudizando el cambio climático. Hace algunas semanas, densas nubes de polvo y gases oscurecieron varias ciudades peruanas. Hace unos días, en Sao Paulo esas nubes eclipsaron el Sol. Esas partículas son respiradas por la ciudadanía siendo especialmente dañinas para ancianos y niños.

Bolsonaro, el actual presidente de Brasil, declaró hace unos meses: «La Amazonia es nuestra y no suya», incluyendo en ese «suya» al resto de los habitantes del planeta. Y, en efecto, algo ha pasado desde su asunción del poder. La proliferación de incendios tiene un origen humano producto de la deforestación (que lleva operando a gran escala en todo este último año) y se utiliza para arrasar de vegetación de matorral y preparar el suelo para la agricultura.

La llegada de Bolsonaro dio carta blanca al poderosísimo sector empresarial agropecuario brasileño para generar zonas para siembra (soja y otros cultivos bioenergéticos supuestamente «sostenibles») y grandes áreas para la ganadería. Se deforestaron grandes extensiones con la connivencia del gobierno ultraderechista de Bolsonaro (hasta un 273% se incrementó la deforestación este último año). Tras esta deforestación (destrucción de sumideros de CO2) viene un incendio para «limpiar de maleza» que con frecuencia se descontrola, sin que exista extremado celo en su control. En el fondo no es solo lo que trae un gobierno que actúa al dictado de las élites en su país. Lo que está en juego es la representación de un modelo productivo extractivista (capitalista) donde los recursos naturales dejan de ser bienes comunes y pasan a ser herramientas de esas élites para usos privativos. Por eso arde la Amazonia y con ella nuestro propio futuro común.


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