Publicado en línea el Lunes 21 de marzo de 2016, por ANRed - S (redaccion@anred.org)


La inflación a los pobres les vacía la mesa. Al revés del mito cristiano, los multiplica a ellos y les retacea los panes. De los peces, ni hablar. La inflación, apenas una ampolla en una enfermedad expandida, es una fábrica en sí misma. Una factoría de la desigualdad. Una manufacturera de injusticia. El 10% más pobre de la población perdió un cuarto de su capacidad de comprar en los últimos cuatro meses, lo que implica un temporal sobre una casita de bolsas. Por Silvana Melo para APe

La investigación del Conicet (realizada por el Centro de Innovación de los Trabajadores) habla del impacto asimétrico del brote inflacionario de los últimos meses, a partir de una monumental transferencia de ingresos a sectores de mayor poderío económico. Es decir: el aumento de los precios castiga con mano impiadosa a los que ya vienen flagelados en la mayor parte de los tramos de su historia. Porque lo que se encarece no es más ni menos que la supervivencia: la inflación a los pobres les vacía la mesa. Les corta la luz. Los condena a una salud de cuarta, barata, deshospitalizada, desmedicamentada. Los deja en la calle. Los desnutre.
La inflación fue un detalle negado para el gobierno anterior. Y se convierte en un detalle negado para éste.

En 2007 el gobierno anterior intervino el INDEC y despidió a sus responsables. Para asestarles un antifaz a los números. Y que fueran otros. Patéticos.


Ocho años después el gobierno que prosiguió al anterior (es decir éste), repone a los antiguos responsables. Anuncia que no habrá índices por un año. Pero los vuelve a despedir –a los responsables- porque no soporta la presión política.

El mismo índice del Congreso que Patricia Bullrich le asestaba a CFK apareció con el rostro de Sergio Massa. Y fue brutal.

Ahora se busca el IPC de San Luis para tener una pedestre referencia.

La inflación sigue sin existir porque nadie la mide. Es un detalle negado desde hace nueve años.

Pero convulsiona y fabrica pobres en serie. Que parecen cifras aplastadas en expedientes, manos y piernas apretadas en carpetas y cerradas con esfuerzo dentro de cajones de los que por ahí, de vez en cuando, se escapa una tos. Y alguna calle cortada.

Porque son hombres, mujeres, chicos con huesos descalcificados, adolescentes en dificultoso proceso de vida, viejos en desesperanza. Millones amontonados en villas y asentamientos y otros tantos en desparramo
por donde vayan las huellas del aguante. Rabdomantes de la sobrevida.

Para ellos y para una clase media cenagosa que está siempre al borde del abismo los últimos cuatro meses –desde que se comenzó a jugar con la devaluación hasta que se concretó se remarcó tres veces- el poder de comprar se perdió dos veces más que para los más privilegiados. Para los perdedores se redujo casi un 24 % la capacidad adquisitiva. Para los más exitosos, apenas un 11.

Las razones son simples. Los ingresos de los más pobres se agotan en alimentos y servicios básicos. La luz, el alquiler, el transporte. Los medicamentos, disparados un 145%. Y comer para la vida. Lo más barato tiene grasas saturadas, millones de calorías, rebosa de sal, se conserva con químicos, está flojo de proteínas y vacío de nutrientes. Pero es para lo que alcanza.

Al resto le sobra para un consumo intensivo de otros servicios. Desde el acceso deslumbrante a la carne, a las verduras y a las frutas hasta internet, cable, “turismo y esparcimiento”.

Esa desigualdad brutal en el sufrimiento, esa asimetría en el castigo blanquea qué país, con qué perfil, para qué y para quiénes. Una vuelta de la tuerca inoxidable del capitalismo que por un rato se mostrará a cara descubierta, con las gerencias gobernando sin delegar. Ya no será necesario comer y brindar con el poderío económico detrás de los telones de la revolución. Ahora el negocio extractivista se legitima en la cartelería institucional. Aunque la amistad con Monsanto, la comida con el líder de la Barrick, las
represiones en Famatina y el derrame de cianuro en Jáchal no tienen tres meses.

Este es capitalismo feroz y en descaro. Aquel era capitalismo de fauces babeantes con disfraz de ninfa de las aguas claras: elegía un poder para enfrentar y escribir su propia Ilíada. Con el resto, mateaba en la cocina. Este es impiadoso por desdeñar hasta la xilocaína. Devaluó más del 80% en tres meses sin calcular en qué cabezas caerían los azotes. Quitó retenciones al campo y a la minería. Abrió la exportación para los mejores alimentos, que se encarecen exponencialmente para adentro. Tiene una bitácora precisa de los beneficios. A quiénes se incluye en el campo iluminado. A quiénes se incluye en el guetto del destierro. Eso sí, el estado no excluye a nadie.

“Este proceso de aceleración inflacionaria se monta sobre una dinámica de inflación estructural preexistente”, dice el informe del Conicet, como para que las cosas queden claras.
El volantazo no es medular. Los que pierden –un poco más o un poco menos- son siempre los mismos.

El Observatorio del Derecho Social de la CTA (la que dice llamarse autónoma) habla de casi 70 mil despidos entre los sectores público y privado. Pero La Nación publicó el 9 de marzo las cifras de la consultora Tendencias Económicas, que estiran las cesantías totales hasta 107.000. Unas 600 mil personas en situación desesperante.

El desguace de vastas zonas estatales y la caída de algunos programas de enorme sensibilidad dejaron afuera a 31 mil trabajadores. Miles de contratos precarios rescindidos, ni siquiera contemplados en las cifras de empleo, 30 mil fuera de la industria de la construcción (según la UOCRA), 2.900 sólo en Entre Ríos, las provincias más lejanas de la centralidad metropolitana atravesadas por las importaciones: los aserraderos de Posadas en franco retroceso y las fábricas de fécula de mandioca de Montecarlo (una de las ciudades misioneras más castigadas por la desnutrición infantil) con la producción paralizada.

Las facturas de luz no son sólo, como arengan los funcionarios sin que nadie repregunte, una puesta en justicia para “los porteños para los que las facturas de electricidad tienen el mismo costo de un café”. Basta un ejemplo de Catamarca, a 1164 kilómetros de capital: un almacén que pagaba 600 pesos de luz ahora paga 1800 y la factura de 1000 en enero se vuelve 3000 en marzo (El Ancasti, 15-03-16).

La inflación vacía la mesa de los pobres. Los acorrala y los confina. Les suma a centenares de miles que se van cayendo de la escalinata social día tras día, para hacinarse en la base de una pirámide donde son anónimos, masa igualitaria en su desigualdad, condenados a un futuro que se acaba a la noche del día. Sin otro horizonte que el próximo almuerzo. Millones pero solos con sus hijos, herederos de esa noche escasa.

En una tierra que multiplica los pobres. Pero reduce los panes.


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