Publicado en línea el Viernes 8 de noviembre de 2019, por agustin

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Alfredo Serrano director CELAG

Ni en las urnas ni en las calles. Ni fin de época ni fin de ciclo. Ni tampoco hegemonía conservadora. Los análisis al calor de la coyuntura suelen padecer de una notable miopía: no ven más allá de lo que ocurre en el cortísimo plazo. Definitivamente, el progresismo no murió con el triunfo en las urnas de Macri en 2015.

Muchos creyeron que la victoria electoral de la propuesta conservadora en Argentina era el punto de inflexión definitivo e irreversible en el rumbo ideológico de Latinoamérica. Ese éxito electoral era muy diferente a lo que había ocurrido en la región. ¿Por qué? Porque las interrupciones del ciclo progresista en Honduras, Paraguay y Brasil no se lograron desde un inicio con votos, sino que se tuvo que acudir a vías no electorales: golpe militar, juicio político, lawfare… Ni siquiera en Ecuador el neoliberalismo ganó en las urnas: en su momento, Lenín Moreno fue elegido como la opción correísta, con un programa progresista. Sin embargo, en Argentina, el macrismo sí había logrado llegar a ser gobierno siendo electo. Y eso es, precisamente, lo que le hizo ser el referente de todo lo que acontecía en la región. El suceso argentino se convertía, así, en el ejemplo conservador para llegar a ser gobierno, derrotando a un proyecto progresista. Incluso fue usado como regla general, eclipsando lo expuesto anteriormente: el resto de propuestas conservadoras sólo habían logrado derrotar a gobiernos progresistas por medio de interrupciones no electorales.

Sin embargo, el triunfo electoral de la propuesta neoliberal en Argentina menospreció dos aspectos que seguramente ahora explican, en parte, la reciente debacle electoral de Macri. Por un lado, la victoria tuvo lugar en un contexto caracterizado por condiciones particulares: Cristina no era la contrincante, el candidato elegido no fue el mejor y había división en el resto de fuerzas. A pesar de todo ello, Macri sólo ganó por algo menos de 3 puntos y en segunda vuelta.

Por otro lado, ganar una cita electoral no significa que se modifique inmediatamente la matriz de valores de una sociedad a favor de la propuesta vencedora. Luego de años de un Gobierno nacional y popular, existe un proceso de sedimentación de un conjunto de sentidos comunes progresistas que perduran más allá del vaivén electoral y que no admite retrocesos económicos ni sociales de la noche a la mañana. Por ejemplo, según la encuesta CELAG, el 76,4% de los argentinos piensan que el Estado debe intervenir en la economía para disminuir injusticias sociales; más de la mitad de la población considera que los planes sociales son imprescindibles para dignificar la vida de los pobres; dos tercios creen que hay que promover la industria nacional y el consumo interno frente a abrirse al mundo en base al libre comercio.

Con esas debilidades de partida, luego le llegaba la tarea de gobernar un país. Y entonces, Macri y su equipo demostraron su incapacidad. Confundieron el ejercicio de gestionar con una campaña comunicacional permanente. Cuando el relato se disocia de la cotidianeidad, la fecha de caducidad del proyecto se precipita.

Y así fue. En las pasadas elecciones el Frente de Todos obtuvo una victoria holgada en primera vuelta, derrotando en las urnas a la propuesta neoliberal. Esta vez, al contrario de lo que ocurriera hace cuatro años con la victoria de Macri, el triunfo no aconteció en soledad, no fue un hecho aislado. La victoria progresista argentina ha venido acompañada de otros tres resultados electorales que están en sintonía: la que logró Evo Morales en primera vuelta en Bolivia hace unos días; la derrota del uribismo en las elecciones seccionales colombianas, en las que una propuesta de centro-izquierda se quedó con la capital; y, por último, a falta de lo que suceda en la segunda vuelta en Uruguay, por ahora, el Frente Amplio, la fuerza progresista, es la que más votos obtuvo, con una diferencia de 10 puntos respecto a la segunda opción.

A ese escenario hay que sumarle México, con una política exterior cada vez más latinoamericanista, que permite conformar un polo geopolítico progresista sólido con capacidad de contrarrestar al gigante Brasil mientras éste sea gobernado por Bolsonaro.

Y, además, hay que tener en cuenta que el neoliberalismo en la región no pasa por su mejor momento. En Chile la inestabilidad llega a su extremo; en Ecuador la gente no permitió que el FMI gobernara; en Perú, sin Congreso, el país está entrampado en sus propias reglas; e incluso en Paraguay, Mario Abdo está con serios problemas de gobernabilidad con apenas algo más de un año de mandato.

Mientras tanto, el Grupo de Lima se desvanece al mismo tiempo que Nicolás Maduro continúa ejerciendo su cargo como presidente constitucional de Venezuela.

Así está, grosso modo, el tablero regional, con un neoliberalismo en relativa dificultad para garantizar estabilidad y un progresismo in crescendo en sus múltiples variantes y que se acopla a sus nuevos desafíos. La región sigue en disputa. Siempre lo estuvo y lo estará. Y en este péndulo, a día de hoy, Latinoamérica es más progresista que ayer.


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