Publicado en línea el Martes 22 de marzo de 2016, por ANRed - Sur (redaccion@anred.org)


En México 8 de cada 10 mujeres migrantes son abusadas sexualmente por delincuentes, federales o elementos de migración. Por: Emma Martínez/ Revolución Trespuntocero.

“Intentaré narrar qué sucedió a mi llegada a Chiapas, no es que se me haya olvidado, lo recuerdo muy bien, está fresco en mi mente, pero el dolor muchas veces me impide hablar bien, esperaré las lágrimas no me corten la voz. Llegar a México fue padecer nuevamente la violencia de la que yo escapé cuando decidí salir de mi país (Honduras), ahí en esa frontera fui víctima de violencia física y sexual, caí en algo peor”, declara a Revolución TRESPUNTOCERO, “Ana”, mujer migrante, víctima de violaciones a derechos humanos dentro del país.

“Ana”, nombre ficticio que usa para proteger su identidad, asegura que al llegar a Palenque, Chiapas, iba acompañada de otra persona, quien después de robarle el dinero que llevaba para llegar a Estados Unidos, la abandonó. "En aquel municipio una mujer joven se me acercó y me preguntó si yo era su paisana, para después decirme que, señalando en una dirección donde solamente había cerros, al fondo de ese camino necesitaban gente para trabajar".

"Con la necesidad que tenía decidí ir a preguntar, mientras ella se ofreció a cuidarme las cosas, que le dejé porque no llevaba cosas de valor, más que ropa sucia. En aquel sitio donde se supone que estaban ofreciendo trabajo no había nada, estaba solo, por lo que preferí regresar, pero ya no era ella quien tenía mis pertenencias, sino un hombre que se acercó a mí, hizo como si me abrazaba para inmediatamente ponerme un cuchillo en la garganta, y decirme que yo hacía algo me iba matar ahí mismo”, asevera Ana.


Ella narra que ese mismo hombre la llevó a una zona rural lejana, donde no habían casas, ni vecinos, “era todo cerro”, a su llegada al sitio se dio cuenta que había mucha gente, “todos eran migrantes como yo; habían niños, señoras, hombres y jóvenes de Nicaragua, Honduras, Guatemala y El Salvador. En mi caso yo tenía el número de teléfono de un primo que vive en Houston, Texas, pensé que él me podría ayudar, pero no lo hizo nunca.

Las personas que me secuestraron le llamaron y le dijeron que me tenían secuestrada y que necesitaban 7 mil dólares, para que me dejaran viva, pero él les dijo que no tenía dinero y que si querían que me mataran, fue por eso que comenzaron a contar mis dedos, diciéndome que solamente me dejarían tres, ya que cada uno valía mil dólares y que poco a poco me iban a ir matando”.

Ella afirma que durante los dos meses que permaneció secuestrada, abusaron sexualmente de ella en distintas ocasiones, no solamente una persona, sino un grupo de hombres, que eran quienes raptaban migrantes para pedir rescates. “No fui la única a la que violaron, también lo hicieron con las demás mujeres que estaban ahí, incluidas niñas, eran muchos los que cuidaban a los migrantes y a la que hora que quisieran, violaban a las mujeres.

Si yo logré salir de ahí fue porque se distrajeron y otro compañero de Nicaragua y una pareja hondureña, se arriesgó a escapar conmigo. Esto fue un día antes que me trasladaran a Tijuana, me dijeron que lo harían ya, no sé cuál era el motivo, pero lo tenían ya planeado. Después de salir de ahí corrimos y caminamos para alejarnos y buscar civilización, porque en aquel lugar no habían casas cercanas, ni vecinos a quién pedir ayuda. Finalmente lo logramos. Yo estuve decidida a interponer una denuncia por los hechos, pero las autoridades ya tienen señalado al migrante de ‘ladrón’, ‘delincuente’ y por eso no hay justicia para uno”, afirma Ana.

La mujer migrante buscó una estación migratoria donde sería escuchada y le ofrecerían opciones de apoyo, sin embargo esto no sucedió. “Pregunté dónde estaba la estación migratoria porque yo quería entregarme y pedir ayuda, ya no aguantaba más.

Cuando pedimos ayuda a una patrulla, solamente se burlaron de nosotros, finalmente llegamos, con la ayuda de los informes de la gente, a grupo Beta, ahí nos dieron un botecito de agua, unas galletas y una lata de atún, mientras comía les conté todo lo que me había pasado y pedí ayuda, porque yo había huido de la violencia y en México me había ido peor, solamente me dijeron que era mejor que fuera a la estación migratoria y les dijera todo eso, me sugirieron que me entregara, ahí después de volver a contar mi historia, una oficial de migración me habló del asilo político, me iba a explicar cómo podía solicitarlo, pero no volví a verla.

Le conté nuevamente los hechos a otro oficial, y me dijo que si yo quería pedir ayuda que debía regresar a mi país y que volviera a intentar llegar nuevamente a México, pero con pruebas, le dije que si regresaba a Honduras me iban a matar, yo ya había buscado ayuda con las autoridades en el país y tampoco hicieron algo por mí y mi familia. Lo siguiente que hicieron fue enviarme a Tapachula, Chiapas, donde pese a nuevamente explicarles mi situación, todas las madrugadas me despertaban diciendo que ya me iban a deportar, yo rogaba que no lo hicieran y fue hasta que llegó una persona de la COMAR, quien me aseguró que ya había, desde Palenque, un documento firmado de asilo político, lo cual eran solamente engaños”, narra Ana.

En efecto, no existía tal documento, lo que las autoridades buscaban era deportar a Ana, sin que ella lo supiera, hasta llegado el momento, y es que aun cuando ella pidió ayuda por la violencia que vivió dentro de México, la Fiscalía se negó a creerle, bajo el argumento que “eso no pasaba en México, que solamente pasaba en Centroamérica”. “Cuando no soy la única a la que le ha pasado, son miles atrás y delante de mí, que han vivido abusos sexuales y cosas peores, pero las autoridades mexicanas solamente sirven para esconder los abusos que los migrantes sufrimos cuando pasamos por ese país”, comenta Ana.

Ella estuvo viviendo poco más de dos meses en Tapachula, hasta que una de las personas que la amenazaba en Honduras la encontró y volvió a decirle que la mataría, por lo que pidió nuevamente ayuda, las autoridades le entregaron un boleto para viajar a la Ciudad de México, pero éste era en un transporte exclusivo de carga de productos, y fue solamente por medio de organismos civiles que pudo llegar a la capital del país.

Luego de su llegada, Ana fue transportándose por medio de “aventones”, por todo el país, siempre con rumbo al norte, durmiendo cerca de las vías del tren, lavando platos, salvándose de ser nuevamente abusada sexualmente, aguantando humillaciones y golpes de gente mexicana, fue avanzando, según afirma; “cuando por fin llegué a Estados Unidos me entregué pero pedí que me ayudaran porque temía por mi vida de volver a mi país, sin embargo las autoridades me dijeron que era difícil que yo lograra obtener el asilo ahí, ya que México me había ayudado, me había abierto ya sus puertas y me habían brindado todo su apoyo, cuando no es verdad.

Me trataron de lo peor, incluso cuando yo estuve en el DIF en la frontera sur, delante de todo el personal que se encontraba allí, un hombre (migrante) me golpeó y me destrozó la cara al grado de dejarme inconsciente por dos horas, aún tengo las cicatrices, pero no quisieron trasladarme a un hospital, porque dijeron que de hacerlo las autoridades investigarían qué había pasado y cerrarían las oficinas. Yo llegué a Estados Unidos destrozada, incluso ahora tengo que ir al psiquiatra, después de todas las situaciones de violencia que viví en México, en aquel momento llamé a la Fiscalía del migrante, pero el DIF no me dejó hablar con ellos, por el contrario me encerraron bajo llave, para que no me interrogaran. En ese país las autoridades atacan al migrante constantemente, yo no llegué a prostituirme, ni para robar, yo iba en busca de una oportunidad de una mejor vida, lo que menos quería era que me golpearan, humillaran y abusaran de mí”.

Según información de Amnistía Internacional (AI), cada año entran a México aproximadamente 45 mil mujeres centroamericanas, sin documentos migratorios, de ellas el 70% sufre abuso sexual. Cifras que contrastan con lo dicho por el secretario de Gobernación, Miguel Osorio Chong, quien aseguró que en 2015, el número de agresiones a migrantes se redujo “significativamente”.


Para organizaciones civiles como el Centro de Atención al Migrante Retornado de Honduras, “la violencia no se ha detenido. Aumentaron las agresiones a las mujeres”. Y añade que derivado de la problemática, que ya es para las mujeres un hecho obvio, el abuso sexual en tierras mexicanas, el consejo siempre es ‘más vale prevenir que lamentar’. Es por ello que usan “la inyección anti-México”, que no es más que protegerse con un anticonceptivo.

Aunque los ataques ocurren en todo el país, y de manera generalizada, los puntos más peligrosos de México, para los migrantes, son: el corredor entre Huehuetenango, en Guatemala, y Comitán, Chiapas, ahí es donde se perpetra en mayor número los abusos, robos, extorsiones y secuestros. Y derivado que el gobierno mexicano aumentó la vigilancia en los sitios tradicionales de cruce, como Tapachula y Ciudad Hidalgo, en Chiapas, la violencia, los abuses sexuales y otras violaciones a Derechos Humanos se intensificaron.

“Lucía”, nombre ficticio, también forma parte de una de las miles de mujeres que han sido agredidas por las autoridades. Asegura que, “desde que llegué a México busqué trabajo y comencé a ahorrar para poner un negocio propio, las cosas apenas estaban funcionando, cuando un día a las tres de la madrugada, un grupo de policías encapuchados, pertenecientes a la Fiscalía, llegó a mi casa en forma violenta, me golpearon y subieron a una patrulla, de las tres que estaban en la calle.

Me llevaron a la Fiscalía de migrantes y me dijeron que estaba acusada de ‘vender mujeres’; yo llegué a prisión y ahí pasaron dos años, en los que a mi hija de trece años, la violaron en Tonalá, Chiapas, pero ahí sí no hicieron justicia. Cuando me detuvieron les dije que en mi cuarto no tenía mujeres escondidas, que yo no vendía a nadie, a lo que un elemento de la Fiscalía me dijo que aunque yo no fuera culpable, a ellos por cada migrante que detenían, a ellos se les entregaba un bono, por 35 mil pesos. Los verdaderos culpables quienes sí están vendiendo mujeres a ellos no los detienen o si lo hacen les pagan grandes cantidades y los deja en libertad rápidamente”, aseguró a Revolución TRESPUNTOCERO la migrante.

Luego de detenerla Lucía, fue llevada a un bar donde le tomaron fotografías para demostrar (falsamente), que ella trabajó en dicho sitio. A esto se le sumó la forma en que las autoridades la obligaros a confesar su culpabilidad, sobre un delito que no cometió, puesto que tuvo que firmar 3 hojas en blanco, como declaración después de recibir en reiteradas ocasiones las quemaduras de cigarros en sus brazos.

“Estando en prisión, supimos de un activista que daba acompañamiento a la caravana de familiares de migrantes, le pedimos ayuda, para que le llevara una carta a Enrique Peña Nieto, donde se daba cuenta de los ultrajes y la violencia que habían ejercido sobre nosotras las autoridades que se suponían nos tenían que cuidar, pero el activista nos dijo: ‘voy a llevárselo y si se lo entrego este documento solamente le serviría para limpiarse el trasero’ y que era mejor pedir ayuda a organizaciones sociales, porque por la vía de las autoridades no conseguiríamos nada”, asevera Lucía.

Así fue como un grupo de activistas dio acompañamiento jurídico al caso y se descubrió que no había responsabilidad “y qué todo lo que hacían era nada más por beneficios particulares. Después de todo esto que me ha pasado puedo asegurar que México es un país dañino para los migrantes, parece que las autoridades odian a las gente migrante”, agrega Lucía.

Sobre el tema, Luis Rey García Villagrán, Director del Centro de Dignificación Humana, afirma a Revolución TRESPUNTOCERO, que, “cada mujer centroamericana que viene con el sueño americano está casi acostumbrada a que va ser abusada sexualmente. Ella ya lo sabe, es como ir a la tienda y sabe que uno va comprar algún producto.

Y es que de cada 10 mujeres migrantes, seis han sido violentadas sexualmente, según información de Amnistía Internacional, aunque nosotros como organización tenemos otros números, y son que por cada 10 mujeres migrantes, ocho son abusadas sexualmente y todas sufren algún tipo de abuso. Siendo grupos delictivos quienes cometen este tipo de violencia en su contra, pero también el grupo Beta, elementos de migración, policías federales, estatales”.

A decir por el activista, las mujeres migrantes padecen el estigma impuesto por este país, que todas solamente llegan a México a prostituirse y solamente sirven para hacer sexoservidoras. Siendo la impunidad, la que provoca que las autoridades se sientan con la libertad de dañar física, psicológica y sexualmente a las mujeres migrantes. Así es como, “cualquier programa o autoridad que se relacione con migrantes, es un monumento a la impunidad, sobre toda en esta región del país (frontera sur), porque las autoridades locales incluidas las policías son quienes más delitos cometen en contra de migrantes."

En el caso de Ana, ella padeció una violación en su país, vino a México y después de una tragedia como lo fue su secuestro y lo que pasó en aquel sitio, pidió ayuda al grupo Beta en Comalapa, y también por ellos fue abusada sexualmente, por lo que interpuso una denuncia, pero la investigación no se llevó a cabo, fue COMAR, quien le dio la calidad de refugiada, debido a la gravedad del asunto, pero los agentes migratorios no fueron llamados a rendir cuentas, pese a que ella dio datos exactos, fechas, horarios, fue el asilo político la única respuesta que consiguió.

“Hasta ese momento era un gran logro, porque para nosotros los activistas, la COMAR es un elefante blanco que no sirve para nada. Los casos de violaciones a mujeres migrantes son interminables. Actualmente existe uno donde tres delincuentes de origen michoacano, están detenidos por abuso sexual de dos chicas de Honduras, uno era un pollero de nombre Fernando Cárdenas, quien las trajo desde Tecún Umán, Guatemala a Tapachula y las mantuvo en un hospedaje de nombre ‘Katia’, donde durante 15 días las tuvo secuestradas y abusó sexualmente de ellas”, asevera el activista.

Quien continúa narrando que pasado ese tiempo, ambas muchachas fueron entregadas a dos hombres, uno de nombre Victoriano y otro Luis Carlos Infante, también de origen michoacano, pero residentes en Tijuana, quienes mantuvieron a las chicas secuestradas dos meses más, cometiendo abuso sexual en contra de ellas.

Actualmente, los inculpados, asegura el activista, están por alcanzar su libertad por “un error grave de la Procuraduría General de Justicia, un error procesal grave. La impunidad será increíblemente terrorífica porque está comprobado que abusaron de ellas, y como ese caso hay miles que no llegarán a nuestras manos, porque las autoridades niegan los hechos, aunque muchas mujeres migrantes son violentadas y abusan sexualmente de ellas en México, la justicia es inexistente para ellas, porque hay una campaña de odio en contra de la mujer migrante”, comenta García Villagrán.

Para la socióloga, Sofía Barragán, “el fenómeno migratorio es ya de por si un tema oculto, que los gobiernos sacan cuando necesitan subir sus puntos de popularidad y esconden cuando las tragedias que comenten en su contra sus elementos de seguridad ya son demasiado evidentes. En el caso de las mujeres migrantes, ella son el grupo mayormente atacado y ‘codiciado’, porque las ven con fines de uso sexual y comercial.

Y en un país con cultura machista arraigada, las autoridades omiten, y resguardan aún con mayor necesidad, cifras que determinen cuál es la gravedad de la problemática de mujeres migrantes en su paso por el país. Los informes siguen siendo incipientes, no dan cuenta de la tragedia y mucho menos hablan de casos paradigmáticos, como si no quisieran arruinar esa careta donde se afirma que al migrante ‘se le ayuda’. Aún en el país seguimos sin políticas migratorias funcionales y que protejan la vida de los seres humanos y no intereses particulares, pero par dar paso a este tipo de acciones primero debe haber humanismo, que produzca el apoyo, lo cual en ese país está lejos de suceder”, sentencia a Revolución TRESPUNTOCERO, la socióloga.

A su vez asegura que el cuerpo de la mujer migrante, llegando a México, se convierte en un calvario ‘andante’, un terreno de riesgo mortal, que en gran cantidad de ocasiones finalizan en el abuso sexual, “en ambas fronteras se ve a la mujer, a la niña a la adolescente, como una delincuente que merece ser castigada sexualmente, solamente por cometer la ‘osadía’ de buscar una mejor calidad de vida.

Pero la sur, es la más cruenta con los migrantes. Existe un racismo atroz donde lejos de extenderles la mano, las autoridades los colocan como víctimas de los sicarios y grupos delincuenciales, siendo Grupo Beta, uno de los que han sido denunciados en distintas ocasiones por ‘escoger’ a sus víctimas migrantes, para después abusar de ellas sexualmente”, comenta Peralta.

Lo anterior se ve representado en el caso de Paula y su hermana, dos adolescentes que llegaron a Tapachula, Chiapas y después de ser violentadas sexualmente por civiles, elementos de Grupo Beta, también hicieron lo mismo. “Habían llegado a Tapachula, Chiapas, cosa bien fácil porque ahí como si siguiéramos en Guatemala, como un mismo país. Buscamos, mi hermana y yo, a nuestros primos que quedaron en esperarnos, pero no los encontramos, unas chicas nos dijeron que podían llevarnos con unos muchachos que nos cruzarían si les dábamos ‘unos besos’.

Confiamos y pasó otra cosa. Cuando llegamos, nos vieron de pies a cabeza, yo pensé que unos besos no era nada, aunque me daba pena por mi hermana, tenía 14 años, yo soy la más grande, tengo 23 años. La verdad es que no nos querían para unos besos como dijeron, ellos nos hicieron otra cosa, nos golpearon y luego nos violaron, nos llevaron a trabajar a Tapachula, nos ‘vendieron’, nos ofrecieron como mercancía ‘nueva’ y nos dejaron en manos de un hombre que había puesto a trabajar en las calles a otras mujeres”, narra a Revolución TRESPUNTOCERO, Matilde, una joven migrante originaria de El Salvador, quien se encuentra en un albergue en Tapachula y cuyo destino, por tercera vez en dos años y medio, es Estados Unidos.

Matilde y su hermana pudieron escapar y salir de la ciudad, hasta que elementos del grupo Beta, comenta, la vieron y a cambio de no ser deportadas fueron abusadas sexualmente y obligadas a practicarles sexo oral. “Después de aquella terrible experiencia, por la cual quedó enferma mi hermana, como si padeciera un eterno letargo, preferí regresar a mi casa, pero no pasó mucho tiempo antes de intentar nuevamente llegar a Estados Unidos, por eso estoy aquí, es mi primer parada y esta vez no me voy a detener”, afirma Matilde.

Sobre el tema, el activista García Villagrán, comenta que “desde el sexenio de Enrique peña Nieto ha prevalecido el Plan Frontera Sur, que no es más que la criminalización del fenómeno migratorio, sellar la frontera con cualquier tipo de pretexto, mientras que frente a los medios dan cuenta de otra cosa, el apoyo al migrante no existe, la realidad es abismalmente distinta, hombres y mujeres de Centroamérica en este país han sido convertidos en ciudadanos de segunda. Así es como el gobierno ha montado una cortina de humo mientras existe este odio hacia los migrantes que se ha reflejado en distintas formas.

En cuanto al gobierno estatal, este mandatario es altamente elitista, puede gastar millones de pesos en su imagen, aun cuando no hace nada por el asunto migratorio, por el contrario han implementado políticas públicas donde relegan al migrante, por ello ya no hay una frontera norte, ahora la frontera sur es la de Estados Unidos”. A su vez agrega que, todas estas medidas parecen ser también un factor de ‘apoyo’ al gobierno norteamericano.


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