Publicado en línea el Miércoles 23 de marzo de 2016, por Enas Farres Ghannam / Mondoweiss

“Traté de controlarme y obligarme a pensar con lógica, pero algo me decía que siguiera adelante. Poner fin a mi vida sería un consuelo: nadie iba a reclamarme su dinero nunca más, no habría más problemas ni más estrés”. (Rezeq Abu Sita)

En la Franja de Gaza, donde el Islam es la religión predominante, hay un tabú muy fuerte contra el suicidio. Pero el 9 de febrero, Rezeq Abu Sita, de 38 años y padre de siete niños, se incorporó a una tendencia creciente en el bloqueado territorio palestino. Intentó suicidarse.

Abu Sita fue uno de los 80 gazatíes al mes que intentaron o lograron suicidarse durante los pasados meses de enero y febrero, un alarmante incremento del 35-40% respecto a años anteriores. Y algunas fuentes sugieren que la cifra total puede ser aún más alta.

La historia de Abu Sita es individual en muchos aspectos pero común en un aspecto esencial: No podía ganar el dinero suficiente para poder mantener a su familia.

En el caso de Abu Sita, había trabajado hasta 2006 como guardia del presidente palestino afiliado a Fatah, cuando Hamas pasó a gobernar Gaza. A raíz de la disputa entre los dos movimientos políticos, la Autoridad Palestina (bajo control de Fatah) le pagó a Abu Sita para que se quedara en casa, junto con cientos de otros empleados de Fatah. Y continuó recibiendo su salario hasta que cometió un gran “error”.

“Viajé al extranjero durante un mes, sólo para tomarme un respiro. Sabía que debería haber pedido permiso, porque iba contra la ley, pero era una práctica común en aquella época”, me dijo. Abu Sita se vio obligado a pagar por su “trasgresión” desde aquel fatídico viaje en enero de 2011.

“Me quitaron el salario y mi vida con él. Acumulé montones de deudas y me vi reducido a tener que pedir prestado a todo el que podía. Mi familia y yo tenemos muchas necesidades. Tengo siete hijos además de mi madre y de mi hermana, y todos dependen de mí. ¿Dónde puedo ir? No hay esperanza ni oportunidades. No he tenido ninguna formación en el tipo de entrenamiento militar que es útil fuera y, en cualquier caso, no hay trabajo para nadie.”

El martes 7 de febrero debería haber sido un día feliz para Abu Sita. Su mujer tuvo a su séptimo niño. Pero no pudo pagar el hospital y hacía tiempo que no contaba con un salario, tampoco tenía seguro alguno. “Fui al ministerio de Seguros y Pensiones de la Autoridad Palestina a pedir ayuda para conseguir las vacunas para el bebé. Pero me dijeron que, según sus archivos, no se me había cortado el salario. Le pregunté qué podía hacer para demostrarlo. Me dijeron que me dirigiera a mi departamento y les llevara una carta que así lo certificara. Pero, ¿cómo voy a llegar hasta Ramala?”.

Abu Sita intentó pedir ayuda a otra gente y le dijeron que esperara un poco, que el proceso de reconciliación entre los dos partidos políticos estaba complicando las cosas. “Pero, ¿cuánto tiempo tengo que esperar? Me dijeron que si ‘había estado esperando cinco años, bien podía seguir esperando cinco meses’. Me largué de allí”.

De camino a casa, Abu Sita recibió una llamada telefónica de alguien que le reclamaba el dinero que le había prestado. “No puedo pagarte”, le dijo Abu Sita. “Por favor, espera hasta que recupere mi salario o al menos préstame algo más.”

Discutieron y Abu Sita se sintió tan acosado que no pudo pensar con lógica. Quería poner fin a todo. Siguió caminando y vio una torre a lo lejos. Se dijo a sí mismo: “¿Qué puede pasar si la escalo y salto?”. Eso es lo que decidió hacer.

Cuando la gente vio a Abu Sita subiendo por la torre, llamaron a la policía. Muchos miembros de Fatah, incluido un destacado dirigente del partido, le llamaron al móvil y prometieron resolver su problema. Pero eso ya se lo habían prometido antes, no les creyó hasta que su departamento en Ramala le llamó y apoyó esas promesas. Incluso se comprometió el primer ministro en Gaza, Ismail Haniyeh, y el presidente de la AP y miembro de Fatah, Mahmud Abbas. Cuando unos funcionarios llevaron a su madre hasta el lugar, Abu Sita lloró y descendió de la torre.

“Sólo pedía mis derechos. No estaba pidiendo caridad ni un donativo”, dice ahora. ¿Por qué tuve que llegar a ese punto, poner en peligro mi vida, para que resolvieran mi problema? ¿Y si llego a resbalar mientras subía o bajaba? ¿Y qué hubiera pasado si hubieran pasado de mi situación y muero? ¿Quién habría sufrido más por eso? Sólo mis hijos y mi familia.”

Abu Sita sigue sin recibir su salario, a pesar de las promesas.

Gaza, que cuenta con una población aproximada de 1,85 millones de palestinos en 362 kilómetros cuadrados, es el sexto enclave más densamente poblado del mundo. Lleva diez años bajo bloqueo israelí, un bloqueo que últimamente ha empeorado por el cierre casi continuo del cruce fronterizo con Egipto. Israel controla el espacio marítimo y el aéreo de Gaza y seis de los siete cruces fronterizos. Se reserva el derecho a entrar en Gaza con todo su ejército y mantiene una peligrosa zona-tampón a lo largo de su frontera con Gaza, precisamente donde se halla la mejor tierra agrícola. Gaza depende de Israel para el agua, la electricidad, las telecomunicaciones y otros servicios. El 80% de los hogares de Gaza viven ahora por debajo del umbral de la pobreza. El 43% de los adultos que allí residen están desempleados.

Según el Euro-Mediterranean Human Rights Monitor, los suicidios y los intentos de suicidio arrojaron una media de 25-30 al mes de 2013 a 2015. Sin embargo, durante los meses de enero y febrero de este año, estadísticas fiables indican que alrededor de 80 personas intentaron suicidarse o lo consiguieron, con algunas estimaciones, por confirmar, que aseguran que la cifra fue más alta. Esto supone un aumento de un 35-40%.

“La situación nunca ha sido peor”, dice Zahia Al-Qarra, médica psiquiatra del Programa de Salud Mental de la Comunidad de Gaza. “En el pasado, los gazatíes siempre fueron capaces de encontrar una forma de salir adelante cuando las cosas se torcían. Iban a trabajar en Israel o al extranjero, a Arabia Saudí o Kuwait. Incluso cuando no disponían de esas opciones, podían escapar por los túneles hacia Egipto. Pero ahora que Israel y Egipto han destruido la mayoría de los túneles, no hay escapatoria. Estamos atrapados en Gaza. Todo el mundo parece estar contra nosotros. Todas las puertas están cerradas.”

Aunque el Islam prohíbe el suicidio, señala Al-Qarra que cuando una persona lo pierde todo y entra en “zona depresiva”, sus creencias y otras restricciones desaparecen. Busca la salvación de cualquier manera posible”.

Al-Qarra añadió que las familias de Gaza crían a sus niños con la esperanza de que cuando crezcan puedan ayudar a mantener a sus padres, pero a menudo se crean grandes presiones y estrés. “Les dicen a sus hijos que busquen trabajo, que hagan algo con sus vidas en vez de quedarse en casa sin hacer nada, etc. Pero las familias tienen que entender que los jóvenes no tienen culpa alguna de la situación”.

Añadió que nadie parece preocuparse de los adultos jóvenes y de los hombres, canalizando la mayor parte de los recursos hacia las mujeres y los niños. De hecho, muchos jóvenes adultos se hallan en “zona depresiva” y no tienen siquiera el potencial de un final feliz como Abu Sita. Veamos los casos de Yunis Alburim, de 32 años, y Nidal Arafat, de 36, ambos de Jan Yunis, en el sur de Gaza. (Curiosamente, Abu Sita es también de Jan Yunis.)

Yunis Alburim

“Yo empecé esta vida y yo voy a ser quien le ponga fin”. Estas son las últimas palabras que Alburim escribió en su perfil de Facebook antes de prenderse fuego al día siguiente.

Hace diez años, mientras trabajaba en la construcción de un edificio, Alburim se cayó del tejado y se rompió la espalda. Lo que siguió fueron años de larga lucha para encontrar un trabajo que pudiera realizar y permitirse la serie de operaciones que necesitaba para recuperarse.

“Sus hermanos se casaron, él no. Decía que no podía trabajar y que no podía permitírselo”, me dijo su madre con voz rota.

Los últimos días de la vida de Alburim fueron los peores porque el acero que tenía en la espalda se le había infectado y necesitaba de otra operación quirúrgica. Su madre dijo que se dirigió a todo tipo de asociaciones pero que ninguna le ofreció ayuda.

El viernes 11 de febrero, le dijo a su hermana: “Voy a prenderme fuego”. Ella no le creyó.

Le dejó su carnet de identidad y se fue a una frutería donde compró cerillas. Después se dirigió a una gasolinera cercana y compró dos litros de gasolina. Derramó la gasolina sobre sus ropas y se prendió fuego, diciendo Allahu Akbar. Presentaba quemaduras en más del 52% del cuerpo y murió ocho días después.

“Tengo 60 años”, me dijo su madre. “Nunca había oído que nadie se hubiera matado o prendido fuego. Todos los miembros de mi familia trabajaron, se casaron y tuvieron niños. Nunca he visto que un hombre joven se mate a sí mismo. Ahora, en Gaza, no hay comida buena ni una vida decente; los jóvenes ni siquiera pueden formarse”.

Nidal Arafat

Arafat estaba soltero y trabajaba en una tienda de comestibles. A menudo pasaba allí la noche allí. El 10 de febrero, los otros empleados no pudieron encontrarle. Le llamaron al móvil pero estaba apagado. Fueron hacia una habitación donde a menudo se refugiaba pero la puerta estaba cerrada por dentro. Llamaron y no hubo respuesta. Echaron la puerta abajo y encontraron a Arafat colgando del techo.

Fui a su hogar con mi colega de No Somos Números . Le contamos al padre y hermano de Arafat que el proyecto está patrocinado por el Euro-Mediterranean Human Rights Monitor. Mohammad, el hermano, comentó con amargura: “¿Derechos humanos? ¿De veras? ¿Creen que eso todavía existe? ¿Piensan que hay espacio para los derechos humanos en este mundo?”

“Nidal estaba soltero y no tenía hijos”, dijo su padre. “¿Qué podía hacer? Pasaba los días buscando un sueldo mejor. Fue a varias asociaciones buscando un empleo pero nunca le llamaban. Todas las puertas estaban cerradas y no veía salida a su vida”.

La mitad de la casa de Arafat resultó destruida durante la guerra de Israel de 2014, incluida la habitación de Nidal y todas sus pertenencias.

Su padre añadió que Muhammad tiene 30 años y que también siente que esto no es vida “Ninguno de mis hijos tiene esperanza”, dijo. “No podemos ayudarles. Nidal estaba deprimido, no había nada en su vida que la hiciera digna de ser vivida. Pero nunca pensé que le pondría fin”.

Cuando le pregunté qué mensaje le gustaría enviar al mundo, dijo: “Ninguno. Saben perfectamente lo que está sucediendo aquí y no hacen nada”.

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

http://rebelion.org/noticia.php?id=210252

Fuente: http://mondoweiss.net/2016/03/suicides-on-the-rise-in-gaza/


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