Publicado en línea el Viernes 25 de marzo de 2016, por Horacio Gonzalez*

¿En qué difiere un Ministerio de Modernización de un Ministerio de Propaganda o un Ministerio de Automatismo de las Conciencias? ¿Quiénes lo componen? ¿Dónde se reúnen? ¿Cómo hablan? ¿Qué horarios frecuentan? Algo, muy poco, sabemos de ellos. Porque en verdad, ofrecen un espectáculo nuevo. Despiden científicamente a empleados públicos, con un procedimiento que tiene varios pasos, que cumplen con rigor profesional y con la fatídica fe racional de los Cruzados. Primero generan un pánico indefinible, disgregan a la comunidad laboral con acusaciones groseras, en cuyo centro colocan injurias como las que pocas veces recibieron los trabajadores de este país. Luego, en medio de la tensión insoportablemente creada, mandan los telegramas, las sentencias y epigramas del Moloch ministerial, con su cabeza de ternero y sus fauces abiertas esperando devorar carne de empleado público. Acaba de ocurrir en la Biblioteca Nacional, a pesar de los recientes, numerosos y valiosos testimonios públicos sobre la tarea innovadora allí desarrollada en los últimos años.

Tareas de creación de lectores, investigaciones internas y externas, digitalización y actualización del patrimonio, indagaciones precisas sobre la lengua nacional, presencia activa en el interior del país, exposiciones originales, edición de libros, reposición de la memoria publicística argentina, recopilación de archivos, creación de escuelas internas y talleres para el público general, convenios multiplicados con toda clase de instituciones y bibliotecas internacionales. ¿Quiénes son los dirigentes que tomaron decisiones que afectan a tantos trabajadores a los que primero insultaron para sacrificarlos después? Se dicen técnicos, pero es el nombre que prefieren como módicos sacerdotes depuradores, educados en cultos correccionales de refinada crueldad. Ahora entran a los establecimientos públicos con guardaespaldas. Estos también son técnicos.

Los despidos masivos crean parias sociales, destruyen instituciones, corroen el espíritu público, generan odio y confieren oscuros poderes a quienes luego se ofrecen para “negociar reincorporaciones”. Y todo ello contribuye, y ya lo han logrado, a vaciar la Biblioteca Nacional, a despellejarla viva, a convertirla en un súper de la globalización y a vanagloriarse de reeducarnos sobre la lectura de Borges, repuesta por la anterior administración que representábamos, desde las formas más originales de las que dispone la crítica argentina. Creíamos que venía un comprensible relevo, en una institución que iba a ser respetada y dirigida por un escritor que ha elaborado una obra bien considerada en los ambientes intelectuales de otros países. Pero no sabemos de qué central sigilosa de fallos y dictámenes sobre la vida de los otros, salieron los telegramas. Si fueron de la misma máquina de escribir con la que Alberto Manguel escribe sus delicadas investigaciones, es grave, no deja indemne su figura.

Que esté a 15.000 kilómetros de aquí empeora el hecho, pues el estilo de los distraídos que llegan después de la tempestad, está bien analizado y repudiado en la literatura universal que sin duda él conoce. Si salió de alguna autoridad transitoria local, en cambio, es igualmente innoble, pero afecta al gremio de Bibliotecarios del país y a la Universidad, dos instituciones de las que esa supuesta autoridad vicaria forma parte. Porque una medida así no tiene solo como responsable a la Razón Modernizadora Abstracta. Hay firmas, decretos, resoluciones, acuerdos explícitos o implícitos, y sigilosas reuniones. Una obtusa inteligencia decidió que había sobras, sebo, chicharrón o lubricantes excesivos en el Estado.

Ante ello el Ministerio de Cultura tomó una medida bien cultural, la única que hasta ahora se le conoce: creó la Cultura del Telegrama de Despido. Los envía con la firma de la “Biblioteca Nacional”. Podemos afirmar que este Ente, en toda su historia, que es conocida, compleja y necesaria bajo la forma activa que ahora había adquirido, fruto del esfuerzo de muchísimas personas –trabajadores, lectores, espectadores, investigadores–, no envía telegramas desde la sequedad de sus gruesas paredes de cemento. No cuenta con ese Protocolo en tanto Edificio. Esos telegramas están sostenidos en rostros agrios, necias convicciones y funcionarios desmañados que creen estar autorizados para convivir con su propia conciencia fallida. O no leen a Borges o no saben leerlo. Borges educa sobre una conciencia irónica, paradójica y complementaria de su propia revocación. Con ávidos cálculos, estadísticas groseras y excusas insensibles, los panfleteadores de Telegramas coronan así la paralización del Estado y el desconocimiento de los derechos laborales. Lo que resulta más difícil decir es cómo podrán subsistir sus pobres certezas ante el examen al que tarde o temprano los someterá la conciencia democrática del país. Han despedido a personas, han despedido a la Biblioteca misma en su dignidad laboral y de su lugar en la historia cultural argentina.

*ex director de la Biblioteca Nacional


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