Publicado en línea el Jueves 5 de marzo de 2020, por JDF

Las dos mayores economías del mundo llevan envueltas en un conflicto comercial desde marzo de 2018. Sin embargo, el presidente de EE.UU., Donald Trump, y su homólogo chino, Xi Jinping, han acordado reanudar las negociaciones económicas y comerciales entre ambos países, así como posponer la imposición de nuevos aranceles, según lo expresaron tras reunirse en el marco de la segunda jornada de la cumbre del G20 de Osaka (Japón) a fines de junio.

Por ahora, primó el armisticio. Pero la guerra continuará. Por lo menos así lo entiende el ex asesor estratégico de Donald Trump, Steve Bannon: «En mi opinión, la guerra económica con China lo es todo. Y debemos concentrarnos en ella de forma obsesiva. Y si seguimos perdiéndola, estamos a cinco años, a diez años máximo, de un punto de no retorno».

Porque se trata de una ‘guerra fría’ entre el poder económico en relativo declive de los EE UU y el nuevo y peligroso rival por la supremacía económica: China.[2]

1. Trump y Xi Jinping acuerdan una tregua

Tras reunirse en el marco de la segunda jornada de la cumbre del G20 de Osaka (Japón), informó Xinhua, que Donald Trump se comprometió, «al menos por el momento», a no introducir nuevos aranceles a las exportaciones chinas, y adelantó que los equipos de negociación de ambas potencias debatirían temas específicos.

En el arranque de la reunión, el mandatario chino dijo a su homólogo estadounidense que, pese a los grandes cambios ocurridos en el panorama internacional y entre sus dos países a lo largo de los últimos 40 años, «un hecho básico permanece sin cambios: China y EE.UU. se benefician de la cooperación y pierden en la confrontación». En este sentido, hizo hincapié en que «la cooperación y el diálogo son mejores que la fricción y la confrontación».

Xi evocó ante Trump la así llamada «diplomacia del ping-pong» de 1971 en la ciudad japonesa de Nagoya, donde tuvo lugar el intercambio de encuentros internacionales entre China y EE.UU. durante el 31º Campeonato Mundial de Tenis de Mesa. El presidente chino recordó que ocho años después, en 1979, Washington y Pekín establecieron relaciones diplomáticas.

Por otro lado, Xi valoró el contacto telefónico y por correo mantenido con Trump en los últimos meses, y dijo estar preparado para intercambiar puntos de vista con su contraparte estadounidense sobre cuestiones fundamentales relacionadas con el desarrollo de ambos países a fin de «establecer una dirección […] en un período venidero y hacer avanzar la relación China-EE.UU. basada en la coordinación, la cooperación y la estabilidad».

Durante los 80 minutos que duró el encuentro, ambos líderes destacaron la importancia que supone mejorar las relaciones. En particular, Trump elogió «la excelente relación» personal que mantiene con su homólogo chino y aseguró que pueden hacer algo «verdaderamente monumental», subrayando el carácter «histórico» que tendría un «acuerdo de comercio justo» entre EE.UU. y China.

Los presidentes también hablaron de Corea del Norte y de Taiwán. Xi dijo que apoya los esfuerzos de Trump y del líder norcoreano, Kim Jong-un, por mantener abiertas las vías de comunicación entre Washington y Pionyang. Sobre Taiwán, el mandatario estadounidense dijo que se tomaba muy en serio las preocupaciones de Pekín sobre la isla y que EE.UU. se adheriría a la política de «una sola China».

Tras el encuentro, Trump dijo que la reunión no solo fue «buena», sino «mejor de lo esperado». «Hemos vuelto al camino», dijo el presidente estadounidense. Por su parte, Pekín confirmó que EE.UU. aceptó no imponer arancel adicional alguno a sus productos.

Al centro de los dilemas estuvo y se mantiene la escalada comercial entre EE UU y China. La envergadura del problema fue reflejada por 520 compañías y 41 asociaciones empresariales norteamericanas, en carta dirigida al presidente, advirtiéndole que la política arancelaria de su administración, afecta y va a continuar perjudicando los negocios. No menos a la población, sobre la cual recae el aumento de precios para numerosos productos y, por otra parte, acarrea la pérdida de dos millones de empleos y, aseguran, de mantenerse la guerra comercial entre las dos mayores economías del planeta, va a disminuir el Producto Interno Bruto estadounidense también.

Lo avanzado por Trump al invalidar la prohibición a la venta de componentes electrónicos a Huawei, dejando en suspenso nuevas medidas coercitivas destinadas al gigante asiático, parece una respuesta a la voz de alarma de esos empresarios y, posiblemente, a la tendencia asumida por varias compañías que comenzaron a desviar sus producciones hacia otros países, para evadir los pésimos efectos provocados por el aumento de impuestos.

JP Morgan alerta por igual, sobre el anunciado ascenso en la pugna alimentada por el jefe de estado norteamericano. Según la conocida institución financiera, el índice bursátil Standard & Poor’s 500 -el de mayor importancia en EE UU- descendería de forma pronunciada, afectando con expuesta intensidad la esfera de las finanzas, si se mantienen las altas tarifas arancelarias.

El euro comisario, Pierre Moscovici, fue uno entre los preocupados por la tirantez comercial creada por Trump, calificando el forcejeo como «la peor amenaza para la economía mundial».

El ministro de Finanzas francés, Bruno Le Maire, aseguró por su lado, que esa guerra tendría un «impacto directo y muy negativo en todo el mundo, especialmente en Europa y la zona euro». El titular galo considera que tanto su país como Alemania, las dos mayores economías europeas, ya sienten perjudiciales efectos de un proceder sin favorecidos o, como estimaron los representantes del empresariado norteamericano, un nadie gana, todos pierden.

«China ha acordado que durante las negociaciones empezará a adquirir grandes cantidades de productos agrícolas de nuestros grandes granjeros», ha escrito Trump en su cuenta de Twitter. El mandatario también ha reiterado que permitirá la venta de componentes estadounidenses a Huawei.

«China es sincera en continuar las negociaciones con EE.UU. para manejar las diferencias […] y abordar las preocupaciones legítimas de cada uno», dijo Xi, añadiendo que Pekín «tiene que salvaguardar sus propios intereses» en cuanto a su soberanía. El mandatario del país asiático también trasladó a su homólogo el deseo de que Washington trate de manera justa a las compañías y estudiantes chinos.

Por su parte, Trump anunció que permitirá la venta de componentes estadounidenses a Huawei Technologies, compañía china que el pasado mes de mayo fue incluida por el Departamento de Comercio estadounidense en su ‘lista negra’ comercial junto con 70 de sus empresas filiales, hecho que impidió a la firma comprar piezas y componentes a compañías de EE.UU. sin la aprobación de Washington.

De este modo, las relaciones bilaterales entre Washington y Pekín entran en una nueva fase de diálogo tras la última escalada de tensión. Tras once rondas de conversaciones, representantes de ambos países volverán a sentarse a la mesa de negociaciones para tratar de llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes.[3]

La lucha por el dominio del mundo

El nombre Huawei se podría traducir como «acto magnífico» o «acto espléndido». Statista informó que a diciembre 2018 Huawei avanzó sobre Apple y se coloca más cerca de Samsung, líder del segmento a nivel global. Samsung lidera con un 18.9%, seguido por Huawei con el 13.4%, Apple con un 11.8% del mercado para completar el top cinco con dos firmas también chinas: Xiaomi y OVO o VIVO (según sea la empresa que genere estadísticas). No es menos importante analizar la caída del conglomerado surcoreano: en 2012 se estimaba que Samsung lideraba el mercado de teléfonos inteligentes con el 30.3% contra el 18.7% de Apple. Eran seguidos en tercer lugar por Huaweii con un 4%.

Huawei tiene presencia comercial en más de 70 países, una facturación anual de 13.000 millones de dólares y una plantilla que supera los 70.000 empleados. Según datos de investigación del

The Wall Street Journal

, el Gobierno chino ayudó a «impulsar el ascenso global de Huawei gracias a que el campeón tecnológico de China habría obtenido hasta 75.000 millones de dólares estadounidenses en exenciones de impuestos, financiación y recursos a bajo precio».

El veto impuesto por Donald Trump a la firma Huawei se concretó imponiendo la restricción a la firma Google de brindar actualizaciones de los sistemas operativos Android utilizado por sus móviles y tabletas. Continuó con la ruptura con empresas como Intel, Qualcomm, Broadcom, Xilinx y ARM (fabricante de chip británico).

Debemos decir que no existen pruebas que demuestren el espionaje de Huawei o que instale puertas traseras en sus equipos que permitan el acceso del gobierno de Pekín a información reservada de otros países.

China está a la vanguardia de la tecnología 5G porque invierte en investigación tecnológica más que EE UU, el Reino Unido y Alemania juntos.

Las dos empresas chinas Huawei y ZTE acumulan el 40 % de las patentes de la próxima generación de interconexión. La tecnología 5 G proveerá ventajas competitivas estratégicas al conglomerado BAT (Baidu, Alibaba y Tencent) que disputarán espacios globalizados con Google y Amazon.

No obstante, Manlio Dinucci advierte en “El uso militar oculto de la 5G” que: “[…] Las tecnologías anteriores se crearon principalmente para poder producir teléfonos celulares ‎inteligentes cada vez más avanzados. Pero la 5G está concebida no sólo para mejorar las ‎posibilidades de esos dispositivos sino sobre todo para conectar entre sí sistemas digitales que ‎necesitan grandes flujos de datos para funcionar de manera automática. Las aplicaciones ‎más importantes de la 5G no son las vinculadas a su uso civil sino de naturaleza militar. ‎

[…] Los expertos militares prevén que la 5G tendrá un papel determinante en el uso de las armas ‎hipersónicas, o sea, misiles, incluso misiles con ojivas nucleares, que alcanzan velocidades ‎superiores a Mach 5 (5 veces la velocidad del sonido). Para guiar esos misiles en trayectorias ‎variables, modificando su rumbo en una fracción de segundo para que sean capaces de burlar los ‎misiles interceptores, es necesario recoger, elaborar y transmitir enormes cantidades de datos en lapsos de tiempo muy reducidos. Esas mismas exigencias se plantean a la hora de activar las ‎defensas ante un ataque enemigo realizado con armamento hipersónico. Dado el hecho que la defensa ‎no tiene prácticamente tiempo para tomar decisiones, la única posibilidad sería confiar esa ‎defensa a sistemas automáticos 5G. ‎

Esa nueva tecnología tendrá también un papel clave en la battle network (red de batalla). Al ser ‎capaz de conectar simultáneamente millones de aparatos transmisores-receptores en ‎determinada área la 5G permitirá a los militares –departamentos enteros e individuos– ‎transmitirse entre sí mapas, fotos y otros datos sobre la operación ‎en marcha, y todo eso prácticamente en tiempo real. ‎

Extremadamente importante será también la 5G para los servicios secretos y las fuerzas ‎especiales al hacer posible el uso de sistemas de control y espionaje mucho más eficaces que los ‎actuales. También acrecentará la letalidad de los drones asesinos y los robots de guerra ‎haciéndolos capaces de identificar, seguir y eliminar personas basándose en el reconocimiento ‎facial y en otras características del individuo. Al ser una herramienta de guerra de alta tecnología, ‎la 5G está llamada a convertirse automáticamente en blanco de ataques cibernéticos y de ‎acciones de guerra realizadas con armas de nuevo tipo. ‎

En resumen, la batalla alrededor de la 5G no es sólo de naturaleza comercial. Pero no se habla ‎de las implicaciones militares de esta tecnología porque hasta los propios críticos de la 5G –entre ‎los que se cuentan numerosos científicos– concentran su atención en los efectos nocivos que ‎puede tener para la salud y para el medioambiente debido a la exposición constante a campos ‎electromagnéticos de baja frecuencia. Por supuesto, esto reviste gran importancia, pero debe ‎debatirse al mismo tiempo que el uso militar de esa tecnología, que será financiado ‎indirectamente por los usuarios comunes. Uno de los grandes incentivos que favorecerá la ‎difusión de los teléfonos celulares inteligentes 5G será que ofrecerán la posibilidad de ‎participar –mediante el pago de una suscripción– en wargames de un impresionante realismo ‎conectándose directamente con jugadores del mundo entero. De esa manera, sin darse cuenta, ‎los jugadores van a financiar la preparación de otra guerra… pero en el mundo real.” (https://www.voltairenet.org › article208534)

La tecnología 5G está caracterizada por 8 especificaciones: una tasa de datos de hasta 10Gbps (gigabit por segundo, Gbit/s, Gbps). Unidad de transferencia de datos que equivale a 1.000 megabits por segundo, o 1.000.000.000 de bits por segundo), de 10 a 100 veces mejor que las redes 4G y 4.5G, latencia de 1 milisegundo, una banda ancha 1.000 veces más rápida por unidad de área, hasta 100 dispositivos más conectados por unidad de área (en comparación con las redes 4G LTE), disponibilidad del 99.999%, cobertura del 100%, reducción del 90% en el consumo de energía de la red, hasta 10 diez años de duración de la batería en los dispositivos IoT (Internet de las Cosas) de baja potencia.

“China se está adelantando a EE UU porque mientras Washington se dedica a guerrear en otros países, China aprovecha para impulsar su economía. EE UU ha pasado el 93% de su existencia, es decir, 222 años, implicado en guerras y conflictos.”. Desde 1979, pregunta el ex presidente estadounidense Jimmy Carter, “¿saben cuántas veces China ha estado en guerra con alguien? Ninguna. Y (nosotros) hemos permanecido en guerra desde entonces” (Julio Yao: “China, la potencia más belicosa del mundo”, Alai-Amlatina, 22/4/2019).

Según Jeffrey Sachs, EE UU hace de China el chivo expiatorio de su creciente desigualdad social, acusándola, sin pruebas, de no respetar las reglas del comercio internacional y amenazar su sacrosanta “seguridad nacional”.[4]

En la cumbre celebrada en Londres el 3 y 4 de diciembre, los 29 países miembros de la OTAN aprobaron una declaración conjunta que califica por primera vez el ascenso de China de «desafío».

El jefe de la OTAN, Jens Stoltenberg, recordó que Pekín está acusada de lanzar ciber ataques contra Europa y de recurrir al espionaje industrial, lo que tiene «consecuencias para la seguridad de los países de la Alianza».

«China tiene el segundo presupuesto de defensa del mundo y se ha dotado de una gran cantidad de nuevas capacidades modernas, incluyendo misiles de largo alcance capaces de llegar a toda Europa y a Estados Unidos», subrayó.

«La OTAN no se desplegará en el mar de China», afirmó Stoltenberg, «pero debemos tener en cuenta que China se está acercando a nosotros en el Ártico, en África y en Europa, donde invierte masivamente en nuestras infraestructuras y en el ciberespacio».

Es interesante analizar la posición de la Unión Europea respecto a esta disputa. Es que si se lograra dejar fuera de la cancha a Huawei en el avance del 5G serían las europeas Nokia y Ericsson las únicas firmas que, al día de hoy, detentarían el control de dicha tecnología.

Una historia poco conocida

Entre 1100 y 1800, China fue la potencia global más importante. Sus descubrimientos científicos y geográficos e innovaciones tecnológicas hicieron posible la transición al capitalismo y fueron la base del surgimiento de Occidente.

Según el sociólogo norteamericano marxista, James Petras, “ya en el año 1078, China era el mayor productor de acero, 125.000 toneladas, mientras que Gran Bretaña produjo 76.000 en 1788 (siete siglos después). China estaba a la cabeza del mundo en la fabricación de textiles siete siglos antes de la ‘revolución textil’ del siglo XVIII de Gran Bretaña (John Hobson, The Eastern Origins of Western Civilization, Cambridge University Press, 2004); (“Auge, caída y resurgimiento de China como potencia global”, Rebelión, 21/3/2012).

China era líder en agricultura, comercio, tecnología y navegación. El papel, la imprenta, la brújula y la pólvora posibilitaron el surgimiento de Inglaterra (Julio Yao: China, el Canal de Panamá y la Geopolítica. http://www.thepanamanews.com/2018/09/yao-la-geopolitica-de-china-y-panama/ , Yao, “China, hace 600 años, La Prensa, 2005).

En 1588, los buques ingleses más grandes desplazaban 400 toneladas. Los de China, 3.000. Los europeos copiaron todo lo que hizo China, pero ésta, contrario a Inglaterra, no desarrolló un proyecto de dominación.

Durante más de dos milenios China fue el líder mundial de la innovación y el ingenio. Entre sus invenciones se cuenta; el arnés equino, el papel, la imprenta, la metalurgia de altos hornos, la porcelana, las armas de metal tubulares, la pólvora, la brújula marítima, el timón de popa, los compartimentos estancos para buques y las puertas de esclusa para los canales.

Además desarrollaron, de forma independiente a Occidente, componentes que serían clave para la primera revolución industrial; el motor de vapor, el pistón de doble acción y la trasformación del movimiento rotatorio en movimiento rectilíneo.

Durante esta larga historia, el Estado se hizo cargo de las actividades que el mercado fue incapaz de asumir; pero el mercado siempre fue objeto de regulación por un Estado que se guiaba por la tradición filosófica china.

Los programas que han impulsado los líderes chinos desde 1978 han mantenido una incuestionable correspondencia con estas tradiciones. Desde el principio del proceso de reforma y de “apertura”, Deng Xiaoping dejó claro que China debía seguir una vía pragmática y experimental en lo tocante a las relaciones entre el Estado y el mercado.

Según Deng no se debía permitir que el mercado actuara solo, sin directrices, y el Estado debía “buscar la verdad de los hechos” en su relación con el mercado.

Como es sabido para Adam Smith, el teórico occidental de la mano invisible, la competencia es consustancial al progreso económico. Sin embargo, el propio Adam Smith en su obra Teoría de los sentimientos morales, sostiene que un mercado sin control produce resultados negativos como: “desigualdad, ruina del trabajo, quebranto de la felicidad y de los fundamentos éticos de la sociedad”.

Desde 1978 los dirigentes chinos han estudiado a Smith y a otros pensadores occidentales con el propósito de efectuar un proceso de experimentación continua. En un lenguaje metafórico los chinos hablan de combinar regulación (la serpiente) con competencia (el erizo).

Por el camino ha habido innumerables dificultades, y sin duda habrá muchas más. Sin embargo, el balance logrado por China ha sido más que notable. Entre 1980 y 2018, su participación en el PIB mundial ha pasado del 2,3% al 18,5%, mientras que durante ese mismo periodo la participación de la Unión Europea ha caído del 30,1% al 16,2%.

Las principales empresas chinas se han convertido en compañías globalmente competitivas, con tecnologías, marcas y reputaciones punteras a escala mundial.

El crecimiento económico de China ha sido la base que ha sustentado un prodigioso avance en el bienestar material y cultural de su multitudinaria población. La propagación de las infraestructuras físicas y sociales –transportes, electricidad, telecomunicaciones, agua y alcantarillado– han contribuido a mejorar enormemente las condiciones de vida del pueblo chino.

Un gigantesco programa de construcción de viviendas ha ayudado a proporcionar hogares decentes y seguridad a los habitantes de las ciudades, cuyo número ha crecido exponencialmente. La ampliación de los servicios de sanidad y educación ha supuesto una contribución vital para bienestar de la absoluta mayoría.

El programa de reformas del PCCH hizo creer que Occidente dominaría a China en el siglo XXI. Estas impresiones se afianzaron, cuando China se integró en la OMC en 2001. Sin embargo, la historia está demostrando todo lo contrario. China en pocos años más será la primera potencia mundial sin discusión alguna.

¿Xi Jinping a la cabeza de la burguesía global?

En 1989 se derrumbó la URSS y se oficializó la caída del “socialismo de Estado”. La globalización neoliberal parecía imponerse en todo el mundo; no obstante, 18 años después, la crisis económica y financiera (2007-8) introdujo al mundo del capital en una fase de grave recesión permanente. En ese contexto, China ha entrado en escena con relativa fuerza y ha puesto en jaque la hegemonía estadounidense y de Occidente.

La reacción de algunos sectores capitalistas de EE UU y de países europeos (Brexit) ha sido renegar de la globalización neoliberal y promover una política proteccionista que intenta revertir los efectos negativos que trajo la globalización para determinados sectores de la industria y la manufactura de sus países. Los trabajadores fordistas apoyan esa política que adquiere forma “nacional-populista”.

La burguesía china, que durante este período aprovechó una serie de ventajas comparativas (inversión extranjera, protección y subsidios estatales, mano de obra súper barata, permisividad en temas ambientales y otras), ha construido una línea globalista “hacia afuera” y un relato nacionalista “hacia adentro”, para contrarrestar la agresiva política de Trump. En ese sentido, Xi Jinping encabeza actualmente a toda la burguesía financiera globalizadora tanto de EE UU como de Europa y del mundo.

Esa alianza no se hace en favor de los intereses de la humanidad ni de los trabajadores u otros sectores oprimidos. Simplemente, la burguesía china avanza hacia un mundo multipolar en donde sus inversiones tienen que abrirse más espacio global. El proyecto de la Ruta de la Seda es un buen ejemplo.

¿Qué dificultades enfrenta el Emperador Xi?

El caso de la Región Autónoma del Tíbet, donde Occidente financia desde hace décadas las pretensiones independentistas del clero budista o la provincia semiautónoma de Xinjiang al noroeste del país, cuyos pobladores de la etnia uigur, mayoritariamente musulmana, instan por la creación de una República Islámica, independiente de Beijing, para la que organizaciones armadas integristas vinculadas a Al-Qaeday al Daesh, como el Movimiento Islámico Turkestán Oriental(MITO) han producido ataques armados incluso en la mismísima plaza Tiananmen,en pleno centro de Beijing, pero la difusión de las protestas finalmente fracasó y hoy se circunscribe solo a Hong Kong.

El 9 de junio Hong Kong fue sacudido por una manifestación de un millón de personas contra un proyecto de enmienda de una ley en vigor cuyo objetivo era hacer posible la extradición del sospechoso, desde la antigua colonia británica hacia China continental y hacia otros países.

El gobierno presidido por la jefa del Ejecutivo, Carrie Lam, aprobada por Pekín, había insistido en el hecho de que los disidentes políticos y los militantes no se verían afectados por el voto de esta enmienda, sin embargo, el texto proyectado ha desatado la ira de la población.

El viernes 14 de junio, a consecuencia de días de protestas y de enfrentamientos con la policía, y en medio de múltiples llamadas a la huelga política, Carrie Lam anunció finalmente la suspensión de la enmienda.

El sábado 15 de junio, pocas horas antes del inicio de otra manifestación masiva, el gobierno de Hong Kong incluso presentó sus disculpas. No obstante, el 16 de junio, más de dos millones de personas sobre un total de siete millones de habitantes, desfilaron por las calles. Los manifestantes exigían la retirada pura y simple de la enmienda y la dimisión de Carrie Lam.[5]

Los hongkoneses enviaron un claro mensaje en favor del cambio en las primeras dos semanas de diciembre, tras una apabullante derrota del gobierno en unas elecciones locales del 24 de noviembre.

El 12 de diciembre se cumplieron seis meses del inicio del movimiento de protesta, que ha convertido a este importante centro financiero internacional en un escenario de inéditas violencias y disturbios políticos.

Pero en la pasada quincena se ha asistido a una notable caída de los enfrentamientos y actos de vandalismo, lo que las autoridades locales pro Pekín consideraron siempre como condición previa y necesaria para iniciar un diálogo.

El inusual período de calma se inició con las elecciones locales en noviembre, abrumadoramente ganadas por el campo pro democracia frente a los partidos del «establishment».

Con ello se invalidaron las alegaciones de que existía en la ex colonia británica una «mayoría silenciosa» contraria a las protestas.

El domingo se asistió en Hong Kong a una de las mayores manifestaciones pro democracia de los últimos meses, con la presencia según los organizadores de 800.000 personas.

Esta movilización, inusualmente autorizada, fue casi totalmente pacífica, al margen de algunos actos aislados.

Pero no hubo lanzamiento de gases lacrimógenos por parte de la policía, un hecho inédito desde mediados de agosto pasado.

«Tenemos que recordar al gobierno que 800.000 personas, es una cifra muy importante. Carrie Lam debería escuchar las reivindicaciones de los hongkoneses lo más pronto posible», señaló Jimmy Sham, del Frente de derechos civiles y humanos, organizador de la manifestación.

La ex colonia británica, ahora territorio semiautónomo, está sumida desde junio en su peor crisis desde su devolución a la soberanía china en 1997, con manifestaciones casi diarias para exigir reformas democráticas y una investigación imparcial de la actuación de la policía durante las protestas.

El movimiento pro democracia protesta también contra lo que considera crecientes injerencias del gobierno chino en la política de este territorio. Sin embargo, no hay señales de que Lam vaya a hacer concesiones reales.

Entretanto, según un sondeo publicado, las fuerzas de seguridad en Hong Kong registraron una tasa de desaprobación del 40% de las personas encuestadas.

Mung Siu-tat, responsable de la Federación de sindicatos pro democracia de Hong Kong, afirma que más de 30 nuevos sindicatos se han sumado a la causa en las últimas semanas. «Muchos de ellos están integrados por trabajadores, profesionales y directivos, que en el pasado no consideraban necesario sindicarse pero que se han despertado políticamente gracias a la movilización», dijo Mung.

«El grado (de violencia) puede haberse reducido un poco debido a las detenciones masivas de las últimas semanas», explica el analista político Dixon Wong.

Desde que Hong Kong fue devuelto a China en 1997, el gobierno chino ejerce de hecho el poder en Hong Kong mediante una alianza con los grandes capitalistas y la clase media del área. Esta estrategia se explica por el hecho de que los principales beneficiarios del desarrollo capitalista de Hong Kong se inclinan por favorecer el statu quo.

Desde 2003, el gobierno chino ha tratado de estabilizar esta alianza aumentando el valor de los activos en Hong Kong. El flujo de capitales provenientes de China continental es una de las causas del crecimiento del mercado inmobiliario y del sector bolsístico.

Esta estrategia del gobierno, se ha vuelto contra sus iniciadores, pues resulta cada vez más difícil para los jóvenes adquirir una vivienda. La joven clase media y los estudiantes se han convertido en la piedra angular de las fuerzas opositoras en Hong Kong.

Durante estos veintidós años, la joven clase media, sobre todo entre los profesionales liberales, se ha vuelto muy descontenta. El temor a que el modo de vida, relativamente liberal de Hong Kong se vea amenazado, es una razón mayor, pero es innegable que el alza del coste de vida, sobre todo de la vivienda, es la segunda razón.

Desde el Movimiento de los paraguas, el capitalismo hongkonés del laisser-faire ha acrecentado la pobreza y las desigualdades económicas. Un ciudadano de Hong Kong de cada cinco, es decir, 1,38 millones de personas, vive por debajo del umbral de pobreza.

El fracaso a la hora de conseguir logros concretos por parte del Movimiento de los Paraguas hace cinco años, cuando la gente de Hong Kong ocupó importantes vías de tráfico durante 70 días buscando una mayor participación democrática, ha elevado las apuestas todavía más en esta ocasión.

Un fenómeno importante es que como derivación de las dos grandes manifestaciones actuales, la población toma conciencia de la importancia de las huelgas y del papel de los sindicatos en las luchas políticas.

Cuando el Movimiento de los paraguas, solo algunos dirigentes estudiantiles pidieron a los sindicatos que llamaran a la huelga; pero durante el movimiento anti extradición, miles de asalariados han pedido a los sindicatos que organizaran huelgas.

No obstante, la trayectoria histórica de Hong Kong es de hecho una ciudad hostil a los valores de solidaridad, fraternidad e igualdad. Una cultura de darwinismo social, resultado de una situación de puerto franco desde hace más de 150 años, ha penetrado de tal forma en la población que es difícil que las fuerzas de izquierda puedan desarrollarse.

Sin embargo, desde la manifestación anti OMC (Organización Mundial de Comercio) de 2005, la huelga de los trabajadores de la construcción de 2007 y la de los trabajadores portuarios de 2013, más militantes se han alejado de los modelos de lucha popular desplegado en los 90. Reconociendo la necesidad de una política de clase para oponerse al neoliberalismo.

La “matanza de Tiananmen”

A treinta años, el 3/6/2019, el Gobierno chino justificó aquella matanza con el argumento de que trajo la estabilidad social que necesitaba la economía para crecer y disparar el bienestar de todos los chinos.

Aunque entre sus demandas no figuraban explícitamente una democracia al estilo occidental o el fin del PCCh, las autori­dades vieron en el movimiento una amenaza que era necesaria aplacar. Tras días de ne­gociaciones, ley marcial y di­vergencias en la cúpula política y militar, el ala dura del partido se impuso. El resultado: el Ejército tomó la ca­pital, desalojó a base de porrazos, tiros y tanques las calles y quedó claro que las autoridades permitirían el desarrollo económico pero sin libertad política.

Hubo mucha gente que protestó en las calles durante esos días, tanto estudiantes universitarios como gente de otras categorías sociales.

Sin embargo, se sabe mucho menos de las historias de la gente que murió (trescientas personas, de acuerdo con las cifras del Partido Comunista, muchas más, que se cuentan por miles, de acuerdo con activistas, familiares de las víctimas y una serie de organizaciones humanitarias), o acerca de los miles de detenidos (el último en ser liberado, que era en aquel entonces trabajador de una fábrica, salió de prisión en 2016).

El Partido estaba cambiando de un modelo de “gestión política” del país a un modelo de “gestión económica”. Este proceso causó una serie de problemas y una generalización de la corrupción, lo cual fue una de las muchas razones de las protestas durante ese período.

La secuencia básica de los acontecimientos sigue siendo la matanza cometida contra estudiantes, trabajadores y ciudadanos corrientes de Beijing; la dramática decisión del Partido Comunista de proceder a medidas represivas, al final de una lucha interna que marcaría para siempre el rumbo del PCCh; y en el trasfondo de todo ello, la “primavera china”, que había sido resultado de un período de intensa y vivaz actividad cultural y política durante los años 80.

El año 1989 constituye un parte aguas en la reciente historia de China, pues fue ese el año en que el contrato social entre el pueblo chino y el Partido Comunista se vio efectivamente transformado, poniendo al país en la senda de crecimiento económico que le ha llevado a su estatus como poder global de envergadura hoy en día.

George Black y Robin Munro escriben en Black Hands of Beijing: Lives of Defiance in China’s Democracy Movement,“lo que tuvo lugar fue una matanza, no de estudiantes sino de trabajadores y residentes corrientes, precisamente el objetivo pretendido por el gobierno chino”.

El hecho de que los que resultaran muertos fueran en su mayoría trabajadores nos permite comprender mejor de qué modo filtró el Partido Comunista la información que le llegaba del mundo exterior, no tanto y no sólo de la misma Plaza de Tiananmen. En 1989, el PCCh ya llevaba trabajando dos años para dejar al margen la influencia política de Hu Yaobang. Se trataba de un reformista al que se juzgaba demasiado indulgente con las protestas que se habían convertido en un rasgo recurrente en China desde 1986.

Hu murió el 15 de abril de 1989 de un ataque al corazón sufrido durante una reunión del Partido, y el luto por su muerte se convirtió en el acontecimiento que desencadenó las protestas a gran escala de los estudiantes, que ocuparon ese día la Plaza de Tiananmen.

Deng Xiaoping había decidido que debería purgarse a Hu, aunque este último había sido escogido por Deng mismo como sucesor suyo.

La casa del anciano Deng sería escenario de la reunión más importante durante esos frenéticos días de junio de 1989. Deng, veterano político y consumado estratega, captó de inmediato la naturaleza del problema: si las protestas estudiantiles se extendían a los trabajadores, la situación se volvería desastrosa para el PCCh.

Deng recalcó repetidamente que deberían hacerse reformas, pero que era necesario tener orden para que eso pasara: la población debería estar trabajando, no protestando.

Pensó que había logrado arreglar la situación marginando a Hu Yaobang, pero su substituto, Zhao Ziyang, se sentía predispuesto a las reformas, y esto pronto se convirtió en un problema.

1989 fue el punto culminante de un período enormemente notable a finales de los años 80: “el país se encontraba en medio de una agitación social, política y cultural”, “un mundo ebrio de posibilidades: revistas y periódicos eran más interesantes, con largos artículos de investigación publicados en nuevos medios de noticias, los llamados Baogao Wenxue(“Reportajes literarios”).”

En 1988 “se estaba produciendo una profunda reflexión sobre la historia china”, y se planteaban nuevas preguntas sobre lo que de verdad significaban la identidad y la cultura chinas. Perry Link, el especialista académico de la Universidad de Princeton que trabajó en los Tiananmen Paper señaló: “en todos los campos todos los intelectuales suscitaban estas grandes cuestiones. Las posibilidades parecían infinitas. En los campus “los tablones de anuncios ofrecían clases de idiomas y de baile, así como foros de debate que permitían hablar con bastante libertad a los estudiantes acerca de una amplia variedad de temas”.

Al mismo tiempo, el mundo del trabajo se encontraba en plena turbulencia.

Desde un punto de vista económico, el período de reformas había creado dos tendencias claras: la proletarización de enormes masas de la población y el surgimiento de una nueva clase de capitalistas.

El proceso de proletarización se produjo, en términos generales, como resultado de tres factores: la emigración forzosa del campo a las ciudades, el derrumbe de las empresas de gestión estatal en las ciudades y la disolución de los negocios locales en las aldeas. El desplazamiento rural a las ciudades constituyó una tarea inmensa, que implicó a cerca de 120 millones de personas desde 1980, en algo que puede sostenerse que haya sido la mayor migración de la historia humana.

Las SPE (empresas de propiedad estatal) habían sido el núcleo de la industrialización maoísta, y contabilizaban cuatro quintas partes de la producción no agrícola del país. La mayoría de estos gigantes se ubicaba en las ciudades, donde empleaban a cerca de 70 millones de personas en 1980. Las primeras etapas del desmantelamiento se iniciaron en 1988, y el proceso prosiguió a un ritmo rápido tras la conmoción de 1989, momento en que se aplicaron drásticas medidas en el contexto de una economía recalentada marcada por una elevada inflación.

Se llevaron a cabo otras reformas durante la década siguiente, confirmando el significado de lo que había ocurrido en 1989. En 1994 se alentó una mayor eficiencia mediante recortes en la mano de obra. Esta nueva dirección de la gestión condujo a despidos masivos a finales de los años 90, cuando el capitalismo chino experimentó su primera crisis de sobreproducción, la cual marcó una brusca transición de la vieja economía de escasez a una nueva economía de plusvalía. El resultado fue espectacular: el empleo en las empresas de propiedad estatal había quedado reducida a la mitad, a medida que 40 millones de personas se encontraron sin el tradicional “tazón de arroz de hierro”, símbolo y garantía de seguridad en el empleo en las viejas empresas del Estado.

Para este grupo de individuos, la mayoría de edad mediana, se avizoraba la perspectiva de convertirse en una suerte de “infra clase urbana”.

En China, en lugar de la creciente opulencia, el aumento del nivel educativo y el aburguesamiento de una gran parte de la clase trabajadora, que se ha producido en muchas sociedades junto al desarrollo económico -y de manera muy señalada entre los vecinos de China en el Este de Asia, como Corea del Sur, Japón y Taiwán- esta informalización de la economía urbana representa una regresión, no un ascenso para una parte bastante numerosa de la población urbana.

Estos procesos, que llegaron a su punto álgido en los años 90, fueron el resultado directo de lo que había sucedido en China a finales de los 80. En octubre de 1983, el Diario del Pueblo escribía que los trabajadores no tenían de qué quejarse: la recesión que se había adueñado del mundo capitalista a principios de los años 80 ofreció la oportunidad a las autoridades chinas de recordar a los trabajadores del país que estaban mejor de lo que habían estado alguna vez, señalando el elevado desempleo de Occidente como prueba de “la superioridad del socialismo”.

La dirección china consideró éste el momento de pregonar sus éxitos: tal como escribe Jackie Sheehan en Chinese Workers: A New History (Londres, Nueva York, 1998), se trataba de una situación en la que “algunos trabajadores ya estaban advirtiendo los beneficios del aumento salarial y de de las bonificaciones, de acuerdo con las reformas, y todos esperaban beneficiarse en un próximo futuro”.

Pero estas expectativas acabaron desmentidas por la realidad, porque estaban empezando a aparecer signos de patente injusticia: “Había muy escasa aceptación entre los trabajadores de la idea de Deng Xiaoping de que todo iría bien si ‘unos cuantos se hacen ricos primero’; esto lo consideraban sencillamente como una injusticia distributiva”. Por añadidura, “muchos trabajadores se sentían hondamente agraviados hasta por diferencias salariales que no se considerarían muy grandes de acuerdo con criterios occidentales ahí donde se advertían, sin embargo, como injustas […]. Un resentimiento especialmente agudo fue el que provocó la brecha cada vez mayor entre las bonificaciones pagadas a los trabajadores y las que recibían los gestores superiores de las empresas, que en algunos casos podían ser de veinte a treinta veces mayores que el pago equivalente a los trabajadores”.

Sin embargo, el efecto negativo de las reformas sobre las relaciones entre los trabajadores y la gerencia pronto se extendería “más allá de las disputas sobre el aumento de la desigualdad de renta, por seria que ésta fuera”.

En una época en la que se exigía más y más eficiencia a los trabajadores, durante las frenéticas horas de mayo y junio de 1989, “las deficiencias de gestión se convirtieron en significativa manzana de la discordia de un modo como nunca antes había sucedido”.

En este contexto, la presencia de los estudiantes en la Plaza de Tiananmen comenzó a ser causa de gran preocupación para el Partido Comunista, temeroso de volver al período de dominio de las multitudes durante los días de la Revolución Cultural.

Deng mismo expresó la creciente sensación de irritación, afirmando en una reunión del Partido a finales de abril que “no se trata de un movimiento estudiantil corriente. Se trata de agitación”.

Al mismo término se recurriría en el artículo de opinión del Diario del Pueblo publicado el 26 de abril, que condenaba las protestas estudiantiles con toda nitidez. Fue éste el momento en que se deterioró sin remedio la relación entre el Partido Comunista y quienes protestaban.

Desde ese momento, Deng trabajaría junto al Comité Permanente hasta la dramática votación sobre la declaración del estado de sitio (que se revocaría sólo en 1990). En su crónica desde China, con fecha del 20 de Julio de 1989, publicada en The New York Review of Books, Roderick MacFarquhar escribió: “Dividido en la cúspide, el Partido Comunista Chino ya no podía habérselas con las múltiples presiones que sufría y se agrietó. Mientras que el primer ministro, Li Peng, actuó como líder severo a modo de testaferro, está claro que las decisiones no las tomó en última instancia su Consejo de Estado, o el Politburó, ni siquiera los cinco hombres del Comité Permanente sino el duunvirato a cargo de la Comisión de Asuntos Militares, Deng Xiaoping y el presidente Yang Shangkun, jaleados por un grupo de añosos revolucionarios virulentos”.

El voto para declarar la Ley marcial supuso un ejemplo claro del funcionamiento del mecanismo que se había establecido: en esencia, Zhao Ziyang era el único a favor de escuchar a los estudiantes, incluso de apoyar algo así como una “retractación” del artículo del 26 de abril (una idea que fue rechazada de forma clamorosa por parte de Bo Yibo, uno de los “ocho inmortales” y padre de Bo Xilai, de más reciente fama).

Entre el 26 y el 27 de abril, el Comité Permanente del Politburó se reunió para votar la propuesta de declarar el estado de sitio.

Los cuatro miembros votaron del modo siguiente: Li Peng y Yao Yilin votaron a favor, Zhao Ziyang votó en contra y Qiao Shi se abstuvo. En ese momento, la iniciativa pasó a los ocho inmortales: ya no había vuelta atrás.

Tal como se afirma en The Tiananmen Papers: “En la mañana del 18 de mayo, los ocho ancianos -Deng Xiaoping, Chen Yun, Li Xiannian, Peng Zhen, Deng Yingchao, Yang Shangkun, Bo Yibo y Wang Zhen- se reunieron con los miembros del Comité Permanente del Politburó Li Peng, Qiao Shi, Hu Qili y Yao Yilin, y con los miembros de la Comisión de Asuntos Militares, el general Hong Xuezhi, Liu Huaqing y el general Qin Jiwei, y acordaron formalmente declarar el estado de sitio en Beijing”.

El Secretario General Zhao no asistió a este encuentro y poco después se le expulsó de su puesto. Antes de que se le pusiera bajo arresto domiciliario, situación en la que permanecería hasta su muerte en 2005. El 19 de mayo, a las cuatro de la mañana, Zhao acudió a la plaza y se mezcló entre los estudiantes. Acompañado por el Director de la Oficina General del Partido, Wen Jiabao (que se desempeñaría más tarde como primer ministro de la República Popular China entre 2002 y 2012), Zhao les dijo a los estudiantes: “Hemos llegado demasiado tarde”.

Antes, el 18 de mayo “Li Peng y otros funcionarios del gobierno se encontraron en el Gran Salón del Pueblo con Wang Dan, Wuerkaixi, y otros representantes estudiantiles. Li afirmó que nadie había declarado nunca que la mayoría de los estudiantes se hubiera visto envuelta en agitaciones, pero que, con excesiva frecuencia, gente sin intención de crear agitación lo que de hecho había conseguido era provocarla. Se mantuvo firme respecto a la redacción del editorial del 26 de abril y afirmó que el momento actual no era apropiado para debatir las dos demandas de los estudiantes. Wang Dan había declarado que la única manera de sacar a los estudiantes de Tiananmen consistía en reclasificar el movimiento estudiantil como patriótico y retransmitir en directo el diálogo entre los estudiantes y la dirección en la televisión”.

No había más espacio para el compromiso: la decisión de “desalojar la plaza” vino directamente de Deng Xiaoping y la “matanza de Beijing” tuvo lugar durante la noche del 3 al 4 de junio.

Fue un momento en el que se cazaba literalmente a la gente por las calles de China. Mientras tanto, en la trastienda del Partido Comunista tomaba forma una idea clara: no se debía permitir que lo que acababa de pasar volviera a suceder de nuevo.

El 30º aniversario de Tiananmen llega en un momento complicado

La desaceleración económica, la guerra comercial con Estados Unidos, el descontento de algunas élites intelectuales con las pretensiones del presidente Xi de perpetuarse en el poder, ha crecido la insatisfacción, aunque todavía es pronto para saber si es lo suficientemente fuerte como para dividir el liderazgo y debilitar a Xi.

«China ha estado transformando su modelo de crecimiento a uno que depende más del consumo, lo que ha contribuido con más del 75% del crecimiento del producto interno bruto (PIB) de China», expuso Xinhua. La agencia china resaltó que «el cambio de la estructura económica en China no sólo protege al país de los desafíos externos, sino que también ofrece oportunidades para las economías que están dispuestas a cooperar de manera justa con China». Xinhua agregó que «en drástico contraste con las acciones proteccionistas de Estados Unidos, China se ha adherido a la apertura a los inversionistas extranjeros», y que «más de 13.000 empresas de inversión extranjera se establecieron en China durante los primeros cuatro meses de este año».

En estas circunstancias, tan pronto se emite el decreto por parte de Trump, el representante de la empresa asiática Huawei anunció la creación de un nuevo sistema operativo en base a tecnología 5G que reemplace al proporcionado por la Corporación Google. “La necesidad es la madre del invento”.

En medio de este entramado de situaciones, acontecimientos y decisiones, dos días después de emitido el decreto, el presidente norteamericano decidió dar un plazo de tres meses para aplicar el mencionado instrumento jurídico, y anunció que en el acuerdo comercial que se negocia entre EE UU y China se podría privilegiar la solución de Huawei.

Dicha situación, aunada a las recientes represalias, ha provocado una caída en el valor de las acciones de Huawei en la Bolsa de Shenshen, que bajaron de 14.37 yuanes (1 de agosto de 2016), y se ubicaron en 3.63 yuanes (22 de mayo 2019).

Si bien estos ataques han afectado a Huawei en términos financieros, las medidas de mayo han afectado a las empresas estadounidenses tecnológicas líderes como Qualcomm y Google. Este hecho hizo que Trump emitiera una licencia de 90 días, con término al 19 de agosto del 2019, para encontrar una solución con la empresa Huawei a largo plazo.

La siguiente jugada de Xi Jinping, presidente de China, es utilizar el monopolio de tierras raras como arma de la Guerra comercial. China tiene el 80% de las tierras raras del mundo, utilizadas en electrónica de consumo de alta tecnología y equipo militar. Esas son, importadas por los EE UU para poder fabricar aviones, automóviles, pinturas resistentes al alto calor y pantallas digitales, por nombrar algunos productos. Si China no le exporta tierras raras a Estados Unidos le generará un daño muy grande a la industria aeronáutica, automotriz y de equipos de medición.

Todo esto mientras se hace evidente que esta no es una guerra comercial sino una “guerra tecnológica” con la mirada puesta en quién será la potencia fuerte en inteligencia artificial, robótica y comunicación digital avanzada hacia mitad del siglo.

Por ahora, primó el armisticio. Pero la guerra continuará. Por lo menos así lo entiende el ex asesor estratégico de Donald Trump, Steve Bannon: «En mi opinión, la guerra económica con China lo es todo. Y debemos concentrarnos en ella de forma obsesiva. Y si seguimos perdiéndola, estamos a cinco años, a diez años máximo, de un punto de no retorno».

La UE calificó a China de “rival sistémico” y las políticas de presión de EE UU se orientan a destruir el corazón de su sistema, es decir, la hegemonía interna del Partido Comunista, por cuanto es ahí donde reside hoy día la clave de su fortaleza. Bien claro lo dejó el secretario de Estado, Mike Pompeo, en su discurso en el Centro de estudios de la Koerber Stiftung, ubicado cerca de la histórica Puerta de Brandeburgo de Berlín, el pasado 8 de noviembre: “Tras la caída del Muro de Berlín, el régimen chino es la mayor amenaza comunista”.

Para Michael Roberts, la cumbre del G20 en Osaka no llegó a ningún acuerdo sustancial en la guerra comercial y tecnológica que el régimen de EE UU está librando con China.

A lo sumo, se alcanzó una tregua en la escalada de aranceles y otras medidas contra las empresas de tecnología chinas. Pero no se consiguió un acuerdo duradero. Porque se trata de una ‘guerra fría’ entre el poder económico en relativo declive de los EE UU y el nuevo y peligroso rival por la supremacía económica, China. Al igual que la última ‘guerra fría’ entre los EE UU y la URSS, podría durar una generación o más antes de que surja un ganador. Y las probabilidades de que sea EE UU disminuyen cuanto más tiempo dure.

BIBLIOGRAFÍA

Claro, Elsa; “Cumbre del G20: Bajo puntos suspensivos”; www.lahaine.org , 2/7/2019.

Dorado, Fernando; “Xi Jinping a la cabeza de la burguesía global contra Trump” en rebelión.org, 26/6/2019.

Hernandez, Mario; La situación de la clase obrera en China. Editorial Metrópolis; Buenos Aires; 2018.

Nolan, Peter; “Trabajo clave para entender el «milagro» chino”; observatoriocrisis.com ; 23/6/2019.

Pieranni, Simone; “La agitación y el resultado final. China 1989. Los manifestantes, el Partido y la matanza de Beijing”, rebelión.org

“Todo lo que hay que saber sobre las manifestaciones de Hong Kong”, www.europe-solidaire.org ; 6/7/2019.

“Trump y Xi Jinping acuerdan una tregua en la guerra comercial entre EEUU y China” en Rt actualidad, 29/06/2019.

“Trump: China comprará «grandes cantidades» de productos agrícolas de EE.UU.” en Agencias, 29/06/2019.

Notas:

[1] Mario Xiques, Licenciado y Profesor en Sociología de la Universidad de Buenos Aires (Argentina). Periodista. Fundador y miembro del Consejo de Redacción de la revista Herramienta (1996-2001). Coordinador General de la revista La Maza (2001-3). Coordinador de la Editorial Topía (2004-11). Actualmente, director de la Editorial Metrópolis.

Compilador y editor de Produciendo realidad: las empresas comunitarias (2002) y Las trampas de la exclusión. Trabajo y utilidad social (2004) de Robert Castel, Ed. Topía, Buenos Aires y de James Petras en Argentina (Abril-Mayo 2001) y Argentina, entre la desintegración y la revolución de James Petras y Henry Veltmeyer, Ediciones La Maza, Buenos Aires, 2002 . En 2013 publiqué El movimiento de autogestión obrera en Argentina. Empresas recuperadas y movimientos de trabajadores desocupados. En 2014 compilé Hugo Chávez y la revolución bolivariana. Ensayos (Itsván Mészáros, Luis Britto García, Modesto Emilio Guerrero, James Petras, Guillermo Almeyra, Claudio Katz, Hugo Calello, Renán Vega Cantor, Ricardo Napurí, Eduardo Lucita y Olmedo Beluche) y fui co-autor de El peronismo que no fue. La (otra) otra historia.

Compilador, junto a Matías Eskenazi, de El debate Piketty sobre El Capital en el siglo XXI (Editorial Metrópolis, 2014).

Otros libros compilados: La revolución rusa, 100 años después (2017), ¿A dónde va China? (2016), La tragedia griega (2016). Autor y compilador de La situación de la clase obrera en China (2018).

Docente del Bachillerato Popular “Darío Santillán”. Produzco y conduzco cinco programas radiales informativos, políticos y culturales por FM La Boca-Buenos Aires (90.1): ¿Sin salida?, Metrópolis, Fe de erratas, Plan B(aires) y Ciudad Cultural, por los cuales he recibido los premios “Antena Vip”, “Lanín de Oro”, “Reina del Plata” y el premio anual 2012 y 2013 de “Estímulo a la calidad en la producción periodística y la creación” otorgado por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires.

Miembro del Consejo Directivo de la Coordinadora de Medios de la Ciudad de Buenos Aires (COMECI). Mis notas se publican habitualmente en los sitios webs: Rebelion.org, LaHaine.org, anred.org , redeco.com.ar y resumenlatinoamericano.org , entre otros.

[2] Se trata de uno de los 46 trabajos procedentes de Argentina, Brasil, Cuba, Colombia, Costa Rica, España, México, Perú y Venezuela, participante de la XVII Edición del Premio Pensar a Contracorriente en el contexto de la XXIX Feria Internacional del Libro FILCuba 2020.

[3] Estados Unidos y China cerraron la primera fase del acuerdo. El presidente de EE.UU., Donald Trump, adelantó los avances del pacto, y luego el Ministerio de Comercio de China confirmó este viernes 13 de diciembre que lograron un acuerdo.

El gigante asiático subirá sus importaciones de energía, productos agrícolas y farmacéuticos y dará entrada a más servicios financieros de Estados Unidos, según lo trascendido hasta el momento.

Trump tuiteó que llegaron a un gran acuerdo y que el arancel que se aplicó en septiembre sobre las importaciones por un monto de U$S 120.000 millones se reduce del 15 % al 7,5 %. Para el resto de los productos, por unos 250.000 millones, se mantiene en el 25 %. El presidente de EE.UU. dijo que utilizará los aranceles del 25 % como palanca en la segunda fase de la negociación.

El viceministro de Comercio Exterior, Wang Shouwen, en la conferencia de prensa informó que el documento tiene nueve capítulos, que incluyen también un mecanismo de resolución de disputas y medidas sobre la propiedad intelectual, entre otros temas.

Con el avance del acuerdo se suspende el incremento de aranceles cruzados que los dos países tenían previsto a partir del domingo 15. Estados Unidos iba a aumentar un 15 % las tasas sobre un valor de U$S 165.000 millones en productos chinos, mientras que Pekín iba a aplicar aranceles por U$S 75.000 millones en productos estadounidenses. Los nuevos aranceles de EE UU se hubiesen aplicado sobre productos electrónicos de consumo procedentes de China como televisores y teléfonos móviles, entre otros.

Con el pacto, ambos retirarán gradualmente algunos de los aranceles que se aplicaron en los últimos 18 meses, afirmó el viceministro Wang. Ese aspecto, agregó, es una parte “fundamental” de las exigencias chinas. Sin embargo, no hubo detalle de fechas de la eliminación. El funcionario declaró que el pacto es “mutuamente beneficioso”.

Aún queda pendiente la firma oficial y será necesaria una revisión del documento por parte de los respectivos equipos legales y una comprobación minuciosa de las traducciones, según informó El País. También se debe acordar dónde y cuándo firmarlo. Estados Unidos prevé que se pueda hacer durante la primera semana de enero.

Desde Washington, el representante de Comercio Internacional de Estados Unidos, Robert Lighthizer, indicó que el acuerdo con China de “histórico”.

La directora del FMI, Kristalina Georgieva, celebró el acuerdo comercial anunciado entre ambos países y aseguró que “cuando se implemente, esto ayudará a reducir las tensiones comerciales y comenzar a revertir algunos de los aranceles impuestos por ambos países desde 2018″.

La fase uno del acuerdo puede representar una tregua precaria, quedan por resolver tensiones de fondo entre ambos países como la discusión por las patentes, la inversión de las empresas norteamericanas y la mayor apertura de los mercados del gigante asiático.

[4] La nueva plataforma de seguridad difundida por Washington en enero último señala a China y Rusia como sus rivales estratégicos y prioriza los aspectos tecnológicos como el espacio de mayor confrontación con Beijing. Las 5 dimensiones centrales en las que se expresa dicha disputa son:

– La infraestructura de cable por fibra óptica y/o los satélites.

– El hardware, específicamente ligado a los procesadores de datos y soportes físicos de almacenamiento

– Las patentes de interconexión de datos 5 G, nuevos sistemas operativos y/o aplicaciones

– La utilización de los flujos de datos disponibles tanto para la inteligencia artificial (IA) como para el espionaje geopolítico.

– El acceso y la transferencia de conocimiento que requiere la formación de recursos humanos capaces de lidiar con la frontera del conocimiento, la innovación tecnológica y productiva.

[5] China fue sorprendida ante la vehemente participación de Estados Unidos y Gran Bretaña en el apoyo, financiamiento y promoción de las protestas anti gubernamentales que pretenden desatar una revolución de colores en Hong Kong. Tras la aprobación en el Congreso de Estados Unidos de la Ley de Derechos Humanos y Democracia de Hong Kong, Beijing esperó que la misma fuera vetada por el presidente Trump. Ello no ocurrió. Entonces, el gobierno chino decidió suspender la revisión de solicitudes para hacer escala en Hong Kong de buques y aviones militares de Estados Unidos. China también tomará medidas en contra de algunas organizaciones no gubernamentales de dicho país (National Endowment for Democracy, el Instituto Nacional Demócrata para los Asuntos Internacionales, Human Rights Watch, el Instituto Republicano Internacional, Freedom House, etc.) por su supuesto rol en los disturbios en Hong Kong.

En este contexto, en la reciente reunión de la OTAN, se planteó la posibilidad de que esta organización formalice una vieja aspiración de Estados Unidos para que su teatro de operaciones probable sea todo el globo, o dicho en palabras del periodista francés Thierry Meyssan “convertir la alianza atlántica en un bloque militar “atlántico-pacífico” contra China, incorporando a Australia, India y Japón a esa agrupación para lo cual los secretarios de Defensa, Mark Esper, y de Estado, Mike Pompeo, junto al secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, viajaron a Sidney, para intentar convencer a los dirigentes australianos de la necesidad de implementar tal iniciativa, la cual supondría desplegar misiles nucleares en la isla-continente.

Según Meyssan, Estados Unidos también hizo contactos con India y Japón con los mismos objetivos, pero los dirigentes de esos países fueron más cautos ante tal posibilidad. De la misma forma, “Estados Unidos revisó sus políticas hacia Corea del Sur, Indonesia, Myanmar, Filipinas, Tailandia y Vietnam para propiciar acercamientos entre los ejércitos de esos países”. De esta manera se ha hecho patente el interés estadounidense de crear un “anillo militar” en torno a China y en contra de China.

Este fue el marco para que la mencionada Cumbre la OTAN en Londres durante la primera semana de este mes de diciembre adoptara una declaración que puede entenderse como un alerta. En una de sus partes dice: “Estamos conscientes de que la creciente influencia y las políticas internacionales de China presentan simultáneamente oportunidades y desafíos, a los que tenemos que responder juntos como alianza”. El viaje de Esper, Pompeo y Stoltenberg a Australia y los movimientos de la diplomacia estadounidense en Asia y Oceanía ponen en evidencia que en realidad lo entienden más como desafío que como oportunidad.

En esa misma lógica hay que concebir el también reciente acuerdo de América del Norte entre Estados Unidos, Canadá y México (llamado en México T-MEC), otra irrefutable prueba de cómo Estados Unidos va agrupando aliados contra China, al imponerle a sus vecinos un acuerdo claramente lesivo a sus intereses, desde el momento que se puso el énfasis del convenio en la tecnología de punta donde las grandes empresas estadounidenses Google, Amazon, Facebook, Apple, Twitter, Netflix y Microsoft fueron las grandes ganadoras, toda vez que México y Canadá tuvieron que aceptar el veto de Estados Unidos a las empresas chinas de tecnología.

Rodríguez Gelfenstein, Sergio:


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