Publicado en línea el Miércoles 30 de marzo de 2016, por ANRed - Sur (redaccion@anred.org)


Colectivo Fin de un mundo está conformado por artistas independientes auto-convocados, que llevan a cabo acciones artísticas en la ciudad, denunciando problemáticas sociales. Por cuarta vez participaron de la marcha del 24 de marzo realizando su particular intervención artística. Por Nadia Salinas para Anred.


Año tras año, la marcha del 24 de marzo está protagonizada por las agrupaciones políticas más diversas del país. Todos se reúnen para conmemorar la llegada al poder de la dictadura más violenta de nuestra historia, el inicio del periodo más represivo y oscuro de Argentina. Acompañados de banderas, micrófonos y canciones, caminan desde Plaza Congreso hasta Plaza de Mayo unidos por una consigna en común, gritar: “nunca más”. Sin embargo, un grupo de artistas se expresa de una manera muy diferente. Fin de un mundo es un colectivo completamente independiente que tiene como fin principal la puesta en escena de diferentes performances en la ciudad para denunciar problemáticas que nos conciernen a todos como sociedad. Desde hace cuatro años participan en la marcha del 24 de marzo, bailando desde Plaza Congreso hasta Plaza de Mayo, al ritmo de la música, creando un espacio de fiesta y resistencia a la vez. Su objetivo es usar el arte como herramienta de lucha, en este caso, la lucha por la memoria y la denuncia de los crímenes cometidos durante la última dictadura militar. A través del arte comprometido logran expresarse de una manera apartidaria sin ser apolíticos.

Galo, performer y organizador, responde a algunas preguntas para informar más sobre Colectivo Fin de un mundo.

¿Cuál es la relación entre la expresión grupal del cuerpo y los asuntos sociales?

Creo que los que hacemos teatro o danza sabemos o elegimos pensar que somos un cuerpo, no que tenemos un cuerpo o somos un ser racional que posee un cuerpo como si fuera una máquina. Sino, pensar que somos un cuerpo que siente, que percibe, que expresa y es capaz de emocionar a otro y a sí mismo. Creemos que es un vehículo sincero, honesto y totalmente tolerante e inclusivo. Porque dentro del Colectivo hay una gran diversidad de ideologías. Por supuesto todos coincidimos en que queremos un mundo mejor, justo, un mundo con iguales derechos para todos y todas. Eso es lo que nos une, pero verdaderamente hay una gran diversidad, es muy heterogéneo. Los cuerpos hacen que seamos hermanos y hermanas ahí adentro, más allá de a quién hayamos votado en el ballotage, o antes. Realmente pasa a ser secundario eso para nosotros.


Ante tanta diversidad de los participantes, ¿cómo hacen para organizarse?

Hay gente socialista o de izquierda, de pensamientos populares o humanistas. Somos todos y todas. Lo que realmente intentamos es no entrar en una discusión ideológica dentro del colectivo, seleccionar aquellas cosas que tenemos en común, saber que hay un enemigo gigante que es el imperialismo que nos aplasta a todos por igual, no nos distingue. Entonces lo que hacemos es hacer política desde el cuerpo, la poesía, el arte, la música, y esa es nuestra manera de “discutir”. Tratamos de evitar, no porque creamos que sea mala la discusión política, sino porque hay otros espacios para eso. Este es para hacerlo desde el cuerpo. Hay muchos compañeros que militan a la vez en muchos lugares. Pero queremos dejar eso puro, un espacio artístico comprometido y con contenidos políticos. Nos organizamos en círculos de trabajo, cada uno se ocupa de cuestiones específicas.

¿Cuál es la finalidad de bailar en las calles, en especial en una fecha tan particular como esta?

El nombre de nuestro colectivo lo indica un poco. Es Fin de un mundo, fin de un mundo que no queremos: injusto, violento. Lo que intentamos en este acto, al menos por un rato es cambiar nuestro mundo. No pretendemos cambia el mundo, suena muy soberbio. Creo que el crecimiento que estamos experimentando es testigo de que este pequeño cambio se manifiesta en algo real. Es tangible, hace que nos sintamos más cerca de personas que no conocemos. Nos sentimos compañeros, hermanos. Nos emocionamos, lloramos, reímos. Nos vamos con el corazón lleno. Y creo que eso lo contagiamos a mucha gente que nos ve. De hecho, mucha gente que compone hoy al colectivo, alguna vez nos vio pasar y quiso sumarse. Confiamos en esto, creemos mucho en esto. Parece un golpe bajo, pero gente adulta que vivió el proceso militar, con lágrimas en los ojos, nos viene a abrazar, a agradecernos, a decirnos que por un rato revivimos a su hijo o a su hermano, quien fuera a quien desaparecieron. Esa es toda la paga que nosotros necesitamos, realmente. Es un espacio único, libre, autónomo, no nos financia nadie. Nos financiamos pasando la gorra entre nosotros, nos vendemos remeras. Esa es nuestra manera de ser libres.


¿Qué te parece que provoca que la danza o cualquier tipo de performance sea la respuesta adecuada a la coyuntura?

Ser testigo de cómo transforma de manera muy concreta. No es una cuestión metafórica. Realmente, quien lo vive de adentro, se transforma. Y quien lo ve también se transforma. De alguna manera, transformar ese pequeño mundo que nos rodea es nuestra meta como artistas, porque eso es lo que estudiamos, ese es nuestro fuerte, esa es nuestra herramienta, y por lo tanto, nuestra arma para la libertad y para la paz. No creemos en un arte decorativo que sirva para embellecer porque sí, o un arte posmoderno que no tenga nada qué decir. Creemos que el arte tiene la obligación de decir, de denunciar y de transformar el mundo para que sea mejor.


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