Publicado en línea el Martes 30 de junio de 2020, por Martina Neyra

Sola y aislada durante estas primeras semanas de verano, monitorizo los disturbios en mi interior. Como alguien que estuviera enferma, de inmunocompromiso, la cuarentena y el confinamiento no se han acabado para mí. Cuando las primeras personas comenzaron a salir de sus casas, cautelosas y somnolientas, y más tarde osadas y bulliciosas, no sentí envidia por ellas. Le hacían la corte al virus retozando en los parques o atizándose bebidas de botellas sudorosas en las terrazas de bares y restaurantes. Yo, mientras tanto, estaba contenta en mi refugio, rodeada de libros y ocupándome en escribir. Sentí miedo por ellos, por el vigor que pensaban haber adquirido tras capitular frente a una larga sentencia de soledad. Yo seguía cumpliendo la sentencia, contenta, con una circunspección que me sorprendía incluso a mí misma.

La muerte de George Floyd y las posteriores protestas que han estallado por todo el país, y hasta por todo el mundo, han cambiado todo eso. Hemos observado el retrato de la tortura que fue la muerte de Floyd, ese policía-asesino como un Grendel licántropo de nuestra era, con “su garra maligna” invisible pero omnipresente. Su manada se aseguró de que consiguiera su presa, y también pudimos ver cómo miraban y garantizaban que la cacería mórbida tendría su sórdido final público.

Ante la evidencia de una injusticia tan orgullosa de su rapiña, la ofrenda corporal parece ser lo único que se puede hacer

Los demás (casi como la entidad política que brutaliza Grendel, la bestia del antiguo poema épico) no pueden sino boquear ante lo que han visto, lo que saben y el curso de acción que conlleva tal conocimiento. Esa es la carga moral de ver morir a George Floyd a manos de la policía de Minneapolis. No hay una única respuesta; los más valientes y los más jóvenes se han echado a las calles, donde marchan, se sientan y yacen boca abajo, y luego marchan de nuevo, obligados en algunos casos a lamentar la repentina muerte de su propia fantasía estadounidense. Con el calor y en medio del asfalto, las bolas de goma se dirigen hacia ellos y los gases exprimen las lágrimas de sus ojos, porque sus míseros trapos y máscaras no pueden rivalizar con las meticulosas tecnologías del daño que infligen las pistolas y las granadas.

Así y todo, les tengo envidia. Yo también quiero ofrecer mi cuerpo como lo han hecho ellos, en carne, hueso y nervios, burlándose de la policía, la Guardia Nacional, el ejército, con su rechazo a ser heridos como lo han sido los manifestantes. Ante la evidencia de una injusticia tan orgullosa de su rapiña, la ofrenda corporal parece ser lo único que se puede hacer. Parece extraño y hasta impropio querer conservar mi cuerpo, invocando la razón y el sentido común en un mundo repentinamente transformado en el que nada continúa según los parámetros establecidos.

Como una nube amorfa de inciertos límites en expansión, la muerte, que lleva meses sobrevolando Estados Unidos e insistiendo en arrancar una cifra abrumadora y aún desconocida, se ha hecho fuerte entre los más pobres, los más negros y los más latinos. El 1 de junio, el presidente Donald Trump, o alguien de su séquito, ordenó que se dispersara y atacara de forma deliberada a una multitud de pacíficos manifestantes para que él pudiera dar un paseo desde la Casa Blanca hasta una iglesia cercana y marcar el territorio como lo hacían algunos antiguos salvajes. El mismo día hablé con un amigo doctor que ha atendido a los afectados por la covid-19: “Morirán más personas”, me confirmó. “Es verdad, morirán más personas”, pensé yo.

Tengo algo de experiencia con monstruos que se pasean por las calles y con salvajes gobernando desde sus palacios. En el Pakistán de mi infancia, la democracia era algo delicado y en peligro de extinción, mientras que las normas de la ley marcial eran reales y se hacían cumplir. De niña recuerdo cómo unos soldados vigilantes llegaban y apuntaban sus armas hacia nosotros a través de las ranuras de unos búnkeres construidos con sacos de arena. Cuando aprendí a leer el periódico, comencé a familiarizarme con el lenguaje de la opresión, y con los dedos desarmados e impasibles que siempre señalan la ausencia de ciertas cosas, ya allí, ya entonces. La ley y el orden y hasta la paz y la seguridad, aprendí, eran palabras que podían arrojarse como piedras, dispararse como balas y utilizarse como pretexto para torturar, mutilar y asesinar.

Ahora los niños de Estados Unidos, ese otrora “modelo de democracia”, lo aprenderán también. Unos instantes antes de que el presidente Trump ordenara dispersar violentamente a los manifestantes, recitó una letanía de opresión. Ahora el objetivo pasaría a ser el de “dominar” las calles y a los manifestantes. Se movilizaría al ejército, que recibiría la orden de aplacar las protestas. A los gobernadores díscolos que no permitieran la entrada de los tanques, anunció, se les obligaría en aplicación de la Ley de Insurrección de 1807. Esa ley, que se aprobó en una época en la que los pobladores-colonizadores estaban ocupados desplazando a los indios nativos hacia el oeste, solo fue invocada en una época reciente de la historia de Estados Unidos sin que lo solicitaran las autoridades municipales. En esa ocasión, los presidentes Eisenhower y Kennedy la utilizaron para hacer cumplir la desegregación de las escuelas por orden judicial.

Este será un verano de descarte y siembra. Hasta los que estamos aislados tenemos que tomar decisiones

Todo el mundo sabe que esta vez no es lo mismo. Se parece mucho a esa impactante época cuando se grabó en vídeo la paliza que le propinó la policía a Rodney King, y a la rabia que se produjo en abril de 1992 cuando los cuatro policías involucrados fueron absueltos. Los Ángeles estalló y hubo cinco días de agitación, durante los cuales se habló mucho de la necesidad de una conversación nacional sobre la raza y el mantenimiento del orden. Ahora todos, yo también, observamos a los jóvenes que se agolpan en las calles, que no han cedido, que no se han dejado intimidar por la sed de sangre de aquellos que ven en la opresión una virtud. Este será un verano de descarte y siembra. Hasta los que estamos aislados, que no podemos sumarnos a las filas de los valientes, tenemos que tomar decisiones. Los que son blancos tienen que enfrentarse a la crueldad de su silencio y a la fealdad de su complicidad, a la facilidad con la que denuncian el racismo pero nunca seleccionan al candidato negro o latino para un puesto de trabajo, que fingen tolerancia pero utilizan al tío o amigo bien colocado para dar un empujoncito a sus carreras o a las de sus hijos. Esos también son actos de racismo que permanecen intactos y que no se cuestionan, que resultan en consentimiento, en la aceptación de unas fuerzas policiales violentas y racistas que nos deparan los cataclismos de Breonna Taylors asesinadas en sus casas y George Floyds ejecutados en las calles.

Los ciudadanos estadounidenses negros y latinos tienen sus propias decisiones que tomar. En las revueltas de nuestros corazones, un lado clama a favor de protestar, gritar y enumerar las veces que se nos ha ignorado, que se nos ha invisibilizado, que no se nos ha tenido en cuenta en los trabajos, en la sanidad, en nada. El otro lado apoya el manso silencio que nos ha permitido sobrevivir a algunos de nosotros en una tierra donde el racismo, como Grendel, el monstruo mitológico, campa a sus anchas irrestricto. En ese relato, un héroe llamado Beowulf vino para matar al monstruo, pero en la realidad actual de Estados Unidos es poco probable que aparezca ningún héroe épico y no habrá ninguna victoria decisiva que determine la victoria. Al contrario, será una guerra con un millón de minúsculas batallas que librarán los manifestantes que se niegan a ser silenciados, esos hombres y mujeres que se niegan a aceptar la sumisión que el presidente nos exige al amenazarnos con la dominación.

–––––––––

Rafia Zakaria es la autora de The Upstairs Wife: An Intimate History of Pakistan (Beacon, 2015) y Veil (Bloomsbury, 2017). Es columnista de Dawn en Pakistán y escribe con asiduidad para Guardian, Boston Review, The New Republic y The New York Times Book Review.

Este artículo se publicó en inglés en The Baffler .

Traducción de Álvaro San José.


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