Publicado en línea el Domingo 3 de abril de 2016, por Siglo XXI

Es como un enorme dinosaurio sin equilibro que, en su zigzagueo, deja destrucción a cada paso. Golpeado, el gigante planetario deambula con su instinto de supervivencia intacto y afirma su rumbo guerrerista como última opción ante la pérdida de la hegemonía mundial.

En estos años de crisis y retroceso histórico, Washington perdió aliados, padece una fuerte crisis política interna con serias consecuencias sociales y trata de disimular un inocultable auge fascista. En la primera década del siglo cedió espacio en América Latina y luego en Medio Oriente. Fracasó en Afganistán, Irak, Libia, Ucrania y Siria, donde logró destruir, pero no vencer.

La voz de Barack Obama pidiendo ante el Congreso en enero que Estados Unidos no sea “la policía del mundo” es la voz de un presidente saliente que, como sus antecesores, inventó varias guerras en nombre de la paz; continuó una escalada armamentista global; perdió la hegemonía económica con China y la política y diplomática con Rusia. Pero en medio de este retroceso, Washington vuelve al sur del continente y aprovecha debilidades propias de la región.

Malas experiencias

Libia ya no es Libia. Gobiernos fugaces por ilegítimos, líderes tribales, contrabandistas de personas, armas y drogas, milicias armadas y crecientes organizaciones terroristas se disputan las riquezas en un territorio devastado. Desde que en febrero de 2011 la llamada “comunidad internacional” liderada por Washington y países europeos apoyara militarmente el alzamiento social contra Muamar al Gaddafi este país petrolero dejó de existir como Estado.

La insurgencia armada libia, impulsada por Estados Unidos y la Otan y respaldada por la ONU necesitó apenas seis meses para derrocar y asesinar a golpes a Gaddafi. Pero los cinco años siguientes fueron insuficientes para darle la institucionalidad pregonada por las potencias occidentales. La estrategia de Washington era repetir el mismo esquema en otras naciones del eje antimperialista: convulsión interna para fomentar la represión gubernamental y luego la invasión militar. Fracasó en Irán cuando el entonces presidente Mahmud Ahmadinejad logró controlar una rebelión opositora y fracasó en Siria con el intento de derrocamiento de Bashar al Assad. La experiencia de Libia, y antes Irak, fueron insostenibles para los argumentos estadounidenses.

Para Siria la CIA formó combatientes en el propio territorio y en centros militares de sus países aliados, compró voluntades y entrenó mercenarios. Sin cohesión, el frente interno se fragmentó y favoreció la creación de más de 50 grupos armados, entre ellos lo que hoy el mundo conoce como Estado Islámico, que nació de la resistencia iraquí y creció con financiamiento externo y reclutamiento de mercenarios, fanáticos religiosos, jóvenes desempleados y milicianos tribales.

Las rebeliones sociales que comenzaron a fines de 2010 en Medio Oriente, durante la mal llamada “primavera árabe”, fueron aprovechadas por Estados Unidos para penetrar en aquellos países árabes en los que no había podido hacerlo antes. Lo intentó en Libia y Siria con asedio armado, reclutamiento de mercenarios, financiamiento de operaciones terroristas y usufructo del sillón permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU.

En retroceso

Siria ya no es Siria. Apenas comenzó el conflicto interno Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Turquía, Arabia Saudita y Qatar enviaron armas y dinero, además de entrenamiento y asistencia técnica, a los grupos que llamarían “rebeldes moderados”, eufemismo que pretendió diferenciar los mercenarios al servicio del imperialismo de los extremistas yihadistas. Unos y otros se fragmentaron o se unieron una y más veces de acuerdo a la evolución del conflicto y al rol activo de las diferentes potencias.

La última gran aventura de Washington comenzó en septiembre de 2014 cuando lideró bombardeos aéreos contra Daesh en territorio iraquí. “Este esfuerzo va a llevar tiempo pero vamos a hacer lo que sea necesario para luchar contra este grupo terrorista, por la seguridad de nuestro país, de la región y de todo el mundo”, dijo entonces Obama. La ofensiva le permitiría al Departamento de Estado retornar a Irak, liberar terreno en Siria para abastecer a los mercenarios y quedar a tiro de Irán. Aviones bombarderos, cazas y drones surcaron el cielo de Irak y luego de Siria pero no lograron torcer el rumbo de la historia. La Fuerza Aérea rusa hizo militarmente mucho más en los tres últimos meses que Estados Unidos y sus aliados en casi un año y medio.

El fracaso en Medio Oriente y en otros escenarios no es obra exclusiva del imperio en decadencia sino también de la emergencia de nuevos actores como Rusia y China. Estos dos países, en especial Rusia, son determinantes para torcer el destino de Washington en la región. Primero a través del uso del poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, luego en acciones diplomáticas –el frente internacional que lideró Vladimir Putin en 2013 para evitar la invasión de Obama a Siria en busca de armas químicas es un acabado ejemplo de esto– y, finalmente, a través de la presencia militar. Lo demás es historia reciente. Estados Unidos está a punto de perder su guerra en Siria como sucedió en Irak y Libia, como sucederá en Afganistán y en Ucrania y en cualquier otra aventura en la que se embarque.

Llamas y escombros

El Departamento de Estado y sus socios de la Otan también subestimaron a Rusia cuando fomentaron el derrocamiento del gobierno ucraniano de Víktor Yanukóvich en febrero de 2014, presidente pro ruso que se negó a firmar un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea. Su destitución provocó rápidamente que Crimea y Sebastopol se anexaran a la Federación Rusa y que poblaciones en el este de Ucrania, en la frontera con Rusia, se levantaran contra el nuevo gobierno de Kiev. De aquella rebelión devino una guerra civil en la que la intervención de Moscú fue determinante para permitir que las provincias de Donetsk y Lugansk, en la región llamada Donbass, se declararan independientes del gobierno ucraniano.

Aquellos hechos pusieron al límite las relaciones políticas y militares entre Rusia y la Otan. Las sanciones económicas y comerciales aplicadas por Estados Unidos y la Unión Europea no impidieron que Moscú lograra una intervención directa en el conflicto. Dos años después del inicio, la guerra civil en el Donbass se sostiene en medio de treguas sistemáticamente violadas y con cerca de 10 mil muertos, las dos terceras partes civiles. Además se reportaron más de nueve mil heridos; 260 mil desplazados internos y más de 800 mil refugiados en Rusia. La Ucrania pro rusa que Estados Unidos quiso borrar del mapa es hoy una nación diezmada, golpeada económicamente y sin Crimea y Sebastopol, dos áreas económicas y militares estratégicas.

Carrera armamentista

Nadie pone en duda el poderío militar estadounidense. Pero China y Rusia desarrollan equipamiento y tecnología que rompe con esa hegemonía adquirida tras la caída de la Unión Soviética. Rusia recupera progresivamente el espacio que resignó en la década de 1990 incluso como proveedor de armas y tecnología y China exhibe un poderío fundamentalmente aéreo que nunca antes mostró. Pekín comenzó este año la producción de entre 300 y 400 aviones “invisibles” J-20 y está en etapa de desarrollo de los J-31, ambos de la llamada quinta generación. La puesta en operaciones de estos modelos (propulsados con motores rusos) rompe la hegemonía mundial de Estados Unidos en este tipo de aviones de combate que evitan ser detectados por radares enemigos.

Siria es un ejemplo de la renovada capacidad militar rusa y en muchos casos se convirtió en la primera experiencia en combate de nuevos equipos, como el carro blindado T-15 Armata o el tanque T-14, ambos con nuevos chasis y mejor blindaje. Moscú hizo de su sistema aéreo (vigilancia, reconocimiento y ataque) una de sus mejores armas. Los aviones no tripulados rusos tipo Dozor permiten vigilar a gran altura y durante las 24 horas del día de punta a punta las fronteras de esta república árabe y Turquía, Jordania, Irak e Israel. Moscú conoce en tiempo real por dónde ingresan los equipos que utiliza el extremismo islámico, hacia dónde se dirigen e incluso quién facilita esas operaciones.

La crisis militar entre Rusia y Estados Unidos-Otan por la guerra civil en el este de Ucrania fue otro punto importante para el desarrollo militar aéreo ruso, siempre visto como la contracara del poder hegemónico estadounidense. La necesidad del momento para Moscú fue mejorar la integración de los sistemas de detección satelital con las armas de alta precisión para poder contraatacar en poco tiempo una eventual agresión de la Otan. Hoy Rusia posee en Kaliningrado, en el Mar Negro y en Siria un sofisticado y eficaz sistema de interferencia de las redes de comunicaciones de la alianza atlántica.

Además, desde comienzos de 2014 Moscú tiene en actividad el sistema radar más complejo y moderno del mundo destinado al reconocimiento aéreo a gran distancia. Se lo denomina 29B6-Container, controla y vigila el espacio aéreo hasta una distancia de tres mil kilómetros con un campo de perspectiva abierta a 240°grados. Esto le permite a los rusos controlar el tráfico en toda Europa, el norte de África y Oriente Medio con capacidad de rastrear blancos aéreos (incluyendo misiles de crucero) que vuelan hasta 100 kilómetros por encima del nivel del mar. Con este equipo Rusia puede ver y seguir un misil crucero o un caza desde el mismo momento en que son lanzados o despegan en el Océano Atlántico.

Reaparición del fantasma

No hubo superación de la crisis económica internacional ni salida airosa de Estados Unidos. Obama prolongó un tiempo esa ilusión, pero la caída de los mercados bursátiles en enero y febrero ensombreció otra vez todas las perspectivas a futuro: sólo en las primeras tres semanas del año las bolsas del mundo perdieron casi 8 billones de dólares según el Bank of America Merrill Lynch.

Las reminiscencias de 2008 se expanden a paso acelerado, especialmente desde que se conoció que el crecimiento de China –principal motor de la economía mundial– fue de 6,9% en 2015, el más bajo en 25 años. En Washington esa cifra fue mucho menor: 2,4%, y el Producto Interno Bruto (PIB) no pasa la barrera del 3% anual desde 2005.

Con las dos principales economías en retracción el Fondo Monetario Internacional (FMI) ya dio inicio a sus habituales revisiones a la baja de los pronósticos de crecimiento mundial: de 3,6 a 3,4% para este año. El horizonte tampoco muestra señales de mejoría en el corto plazo, más bien amenaza con una nueva recesión a gran escala.

La consecuencia es una agudización de la guerra comercial encabezada por los países centrales. Con su PIB casi estancado y frente a un ritmo de expansión que casi lo triplica, Washington pierde cada año peso real en la economía mundial a manos de Pekín, que inexorablemente lo va desplazando a un segundo lugar en cada uno de los indicadores importantes.

Pero Estados Unidos no se corre voluntariamente del lugar que supo ostentar desde el fin de la primera guerra mundial y consolidar tras la segunda, en confrontación con el ex bloque soviético. Se aferra a las instituciones financieras internacionales que controla –FMI y Banco Mundial– y a un sistema que sigue apoyado en el dólar, pero se resquebraja cada vez más.

Superado por China, Estados Unidos responde con una agudización de la guerra comercial a escala planetaria que tiene como instrumentos centrales a los tratados de libre comercio multilaterales más ambiciosos de los últimos años: el Tratado de Asociación Transpacífico (TPP), el Acuerdo en Comercio de Servicios (Tisa), la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (Ttip). El primero fue firmado en octubre por 12 países (Estados Unidos, Canadá, México, Perú, Chile, Japón, Australia, Nueva Zelanda, Vietnam, Malasia, Singapur, Brunei) y el tercero se negocia con la Unión Europea. Todos se hacen en carácter secreto y excluyen a China y Rusia. “Sin este acuerdo, los competidores que no comparten nuestros valores, como China, decretarán las reglas de la economía mundial”, expuso Obama al anunciar la rúbrica del TPP, que debe ser aprobado por los parlamentos nacionales. “No podemos dejarlos”, completó al anunciar la creación de la “zona de libre comercio” más grande del mundo, que representa el 40% del PIB global.

La respuesta china fue el lanzamiento del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, que bajo su domino buscará desplazar al Banco Mundial en esa región. La exitosa iniciativa reunió a otros 56 países –entre ellos Alemania, Gran Bretaña y Australia– y excluye a Estados Unidos y Japón. El 16 de enero abrió sus puertas en Pekín.

Sistema político resquebrajado

“Lo impensable está empezando a parecer inevitable: a falta de un extraordinario esfuerzo por parte de las personas que entienden la amenaza que representa, Donald Trump probablemente sea el candidato del Partido Republicano”, publicó en su editorial del 24 de febrero The Washington Post. Lo describió como un “admirador de Putin”, carente de “propuestas creíbles” y rogó: “… ahora es el momento para que los líderes de conciencia (del Partido Republicano) digan que no pueden apoyarlo y hagan todo lo posible para detenerlo”.

Pero Trump se encamina a ganar la interna con el apoyo del extremista Tea Party y un discurso reaccionario y xenófobo. Citó a Benito Mussolini, no rechazó el apoyo del Ku Klux Klan, salió en busca del electorado ultracatólico y con esas credenciales suma los votos necesarios para poder ser el candidato de los republicanos a la Casa Blanca. Eso es lo que más preocupa: Trump, que cada día muestra una imagen más retrógrada, logra representar a una amplia porción de la población estadounidense, descontenta con los políticos tradicionales.

Lo que hay debajo son las marcas de un creciente proceso de descomposición social. Precisamente allí en las franjas de quienes perciben menos ingresos, sufren más la crisis económica y alcanzaron un menor nivel educativo Trump se hace fuerte. Es que en Estados Unidos hay 50 millones de pobres, 20,8 millones de ellos indigentes; 11,1 millones de niños latinos (el 62%) en la pobreza; la desigualdad social se duplicó desde los años 1970: el patrimonio de las 20 personas más ricas supera el de la mitad de la población con menos ingresos; caída del poder adquisitivo de las familias trabajadoras. Y los sectores más afectados buscan reaccionar ante el agravamiento de la situación económica. Con este panorama social habrá elecciones en noviembre (ver recuadro).

Contraofensiva continental

Es desde este debilitamiento interno y externo que Washington actúa en el escenario mundial. Pero mientras se empantana en Medio Oriente en el plano militar, es relegado por China como primera economía del planeta y sufre el fin de su hegemonía internacional en un nuevo mundo pluripolar, logra sin embargo recuperar espacio en América Latina.

Apoyado en debilidades propias de los gobiernos de la región y en el impacto de la crisis capitalista –especialmente de la caída de los precios de las materias primas, con centro en el petróleo– Estados Unidos aumenta su presencia regional con base en Argentina, desde donde se lanza contra la Revolución Bolivariana para quebrar finalmente al Alba, único proyecto de carácter anticapitalista entre los procesos de unión latinoamericana.

Parece paradójico: en franco descenso internacional Washington gana terreno de México hasta Argentina, tras una primera década del siglo en la que se desarrolló una dinámica de convergencia latinoamericana, culminada en la creación de Celac en 2011.

El triunfo electoral de la oposición burguesa en las elecciones legislativas de diciembre en Venezuela, la derrota de Evo Morales en el referendo (ver pág. 20) y la asunción de Mauricio Macri como nuevo presidente argentino fueron los últimos logros estadounidenses en el plano político regional, que ahora le es menos desfavorable. A éstos se suman la extrema debilidad del gobierno de Dilma Rousseff en Brasil, el golpe al presidente Fernando Lugo en 2012 en Paraguay, antes el golpe de Estado en Honduras y, en otro plano, el inicio de las relaciones diplomáticas bilaterales con Cuba. También consiguió garantizar la continuidad de la Alianza del Pacífico tras la asunción de Ollanta Humala en Perú y el regreso de Michelle Bachelet en Chile, además de incorporar a ambos países al TPP.

Terminar con la Revolución Bolivariana este año y conseguir que en febrero próximo la oposición derrote al candidato oficialista en Ecuador son sus próximos objetivos. Pero Washington ya no pisa firme. Con más o menos gobiernos a su favor trastabilla en la geopolítica mundial y se repliega sobre América Latina.

Ignacio Díaz y Adrián Fernández

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