Publicado en línea el Domingo 19 de abril de 2020, por Gloria Claudio

<http://static.wixstatic.com/media/3...> En el año 1976, un terremoto devastador en una China pobre y aislada, que acabó con la vida de 250.000 personas, parecía anunciar la muerte del fundador de la República Popular China que tendría lugar poco más de un mes después. Por aquel entonces, China tenía una paupérrima renta per cápita de 217 dólares y apenas representaba el 5% del PIB mundial. Desde entonces y a partir del Plan de Reformas iniciado por Deng Xiaoping, China formuló su política de liberalización económica y apertura al exterior cuya prioridad era la modernización de la economía, iniciando un camino de crecimiento económico que le situó en un ritmo del 10% durante más de tres décadas y que ha sacado a más de 800 millones de personas de la pobreza. La política de “puertas abiertas” fue el eje central de las reformas y transformó una China aislada del mundo en un China plenamente globalizada, un país pobre en la segunda economía del mundo, una economía autárquica en la mayor economía exportadora del mundo, un país igualitario en un país con fuertes desigualdades, un modelo agrario en un modelo digitalizado, una economía cerrada a la mayor emisora de turismo del mundo. China ha protagonizado el proceso de crecimiento y transformación económico más rápido y profundo de la historia. La llegada de Xi Jinping en 2012 se produjo en un momento del ciclo económico que estaba llegando a su fin, por lo que inició una nueva etapa que apostaba por un crecimiento más moderado, pero más ordenado y sostenible a largo plazo. Su objetivo era conseguir el “sueño chino”, un sueño que es colectivo a través de los sueños individuales, herencia de la cultura confuciana y tan importante para entender las diferencias con Occidente en la batalla contra la Covid-19. En estos últimos años, el crecimiento de la economía china se ha ido frenando y haciendo más sostenible, en línea con los objetivos del gobierno y avanzando hacia la consecución del “sueño chino”. Sin embargo, el pasado diciembre irrumpió algo microscópico, invisible, pero infinitamente poderoso, mucho más que ese terremoto de 1976 que hundió el PIB de China, o que la crisis financiera de 2008 que no hizo apenas tambalearse al gigante asiático, o que la guerra comercial que venía librando con EEUU pero que no consiguió que el crecimiento bajara del 6.1% en 2019. Si bien es cierto que en estos momentos se considera que el virus está controlado en China, con matices y recelos, lo cierto es que el daño asestado a la economía china no tiene ni tendrá parangón con ninguna crisis pasada. Distintas voces están afirmando estos días cosas con tan poco fundamento como que la pandemia beneficiará a la economía china e, incluso, aquellos que van más allá, afirman que ha sido provocada deliberadamente por China para beneficiarse de la crisis del resto del mundo, argumento sin fundamento y absolutamente tendencioso. Si China es el país que más se beneficia de la globalización, si es el mayor exportador del mundo, el segundo mayor importador, el mayor emisor de turistas del mundo, el segundo mayor inversor del mundo…. ¿cómo podría beneficiarse de una crisis mundial de la magnitud de la que nos ha desbordado a gran parte del planeta? La previsión del FMI coincide con el resto de estudios realizados y reduce drásticamente el crecimiento del país asiático (véase Economist Intelligence Unit, OCDE, Banco Mundial, entre otros). Según el FMI, el crecimiento chino pasará del 6.1% al 1%, mientras que la media mundial pasará del 2.9% al -3 %. Estamos hablando de entre cinco y seis puntos porcentuales y eso en el escenario optimista de que el virus no vuelva a estallar que es el que ha considerado el FMI, seguramente excesivamente optimista. Desde el crack del 29, no sufríamos ritmos de contracción tan rápidos y significa una caída bastante más intensa que la registrada en la crisis financiera de 2007-08. La consultora Capital Economics estima que la pandemia tendrá un coste para la economía mundial de 280.000 millones de dólares en solo tres meses, los tres primeros meses de 2020, lo que supera el presupuesto anual de la Unión Europea, o por ejemplo, los ingresos anuales de Microsoft o de Apple. Pocos días después de la publicación de las previsiones del FMI, la Oficina Nacional de Estadística de China anunció que la caída del PIB del país asiático en el primer trimestre de 2020 había sido del -6.8%, la primera caída que se produce en casi medio siglo, desde ese devastador terremoto que llevó a la economía a una contracción del -1.6%. Los tres pilares del modelo económico de China actualmente son el consumo, la inversión y las exportaciones. Pues bien, las cifras que ha arrojado la Oficina Nacional de Estadística son terribles puesto que, tanto las ventas al por menor como la inversión en activos fijos, han caído un -16% y las exportaciones un -13%. La peor parte se lo han llevado las ventas al por menor debido a una perturbación negativa de la demanda, en un primer momento, de los componentes internos y a partir de marzo, acompañado de la debacle de la demanda externa, con medio planeta confinado y paralizado. Si bien es cierto que ciertas empresas chinas pueden encontrar una ventaja en la bajada de precios de productos básicos, no será suficiente para amortiguar el impacto de la paralización y crisis de la economía mundial, con EEUU cayendo cerca de un -6% y la zona euro un -7.5%, según el FMI. También se está oyendo estos días que China se está beneficiando de la pandemia y comprando a precio de saldo muchas empresas europeas y americanas. Pues bien, lo cierto es que esto no es así, sino que, por el contrario, los flujos de inversión desde China hacia el resto del mundo en el primer cuatrimestre de 2020 serán los más bajos de los últimos diez años (según el grupo Rodhium Group, especializado en investigaciones sobre la economía china) debido fundamentalmente a dos factores: por un lado, la propia política del país asiático que estaba poniendo desde hace tiempo restricciones a la salida de inversión en un intento de frenar las inversiones “irracionales” y en segundo lugar, a la rápida respuesta de Europa y EEUU, que han activado políticas de estímulo muy importantes. En EEUU se ha aprobado un paquete de estímulo de 2 billones de dólares para ayudar a estabilizar la economía y en Europa, el Banco Central Europeo ha anunciado un programa de compra de activos por valor de 750 mil millones de euros para hacer frente al impacto económico de la pandemia. La situación actual de la economía mundial no es una crisis por cambio de tendencia en el ciclo económico, es resultado de una parada abrupta de la mayor parte del planeta que mantiene a miles de millones de personas en sus casas, a las empresas paralizadas, a los sanitarios luchando por salvar vidas con una presión solo soportable por aquellas personas hechas de una pasta especial, a los hospitales viviendo situaciones solo comparables a la de los escenarios bélicos, a los Gobiernos buscando medidas contra reloj e improvisando frente a los retos que el virus va presentando día a día, a millones de hogares sin ingresos tras haber perdido el trabajo o haber cerrado sus empresas; es una situación nueva para la que no tenemos referencia respecto a crisis pasadas, no se parece al crack del 29 y a su burbuja bursátil, no se parece a la crisis del 73 y a la escalada de los precios del petróleo y no se parece a la crisis de 2008 y a su burbuja inmobiliaria. El “Gran Cierre” no tiene precedentes y no se parece a nada de lo que los economistas hayamos podido observar en las crisis del siglo XX y en la última del siglo XXI. Sin embargo, también hay una noticia buena. Las crisis económicas aparecen cuando los pilares de los modelos de crecimiento quiebran y tiene que crearse uno nuevo. Sin embargo, en este caso no es así, los pilares del modelo de crecimiento no han quebrado, sino que ha habido que interrumpir todo el engranaje económico en gran parte del planeta y así será durante un tiempo. Ahí está la clave: dependiendo de cuánto sea ese tiempo, tendremos una recuperación que puede llegar a ser rápida, especialmente en China que nos lleva ventaja al menos en tiempo, y observar una recuperación al acabar el año y que tendrá que esperar al año 2021 en EEUU y Europa. Pero para que estas y otras estimaciones se cumplan, necesitamos conocer una variable que es fundamental y que ahora nadie es capaz de adivinar y aún menos los economistas: cuándo se controlará la pandemia. Por ello, cualquier análisis económico está lastrado por una extrema incertidumbre cuyo acierto dependerá de cómo y cuándo se solucione la pandemia, tanto país por país, como a nivel global. Es por ello que los económetras deben trabajar, y así lo están haciendo, conjuntamente con los epidemiólogos porque es imposible hacer previsiones certeras con variables exclusivamente macroeconómicas. El dilema de la economía china no es fácil de resolver. Si, por un lado, el confinamiento se ha ido relajando y la normalidad empieza a vislumbrarse en los hogares, las empresas y las calles, por otro, el desplazamiento del foco de la pandemia a EEUU y Europa lastrarán la demanda externa y, por tanto, la recuperación de la economía china. De hecho, en el camino para conseguir el “sueño chino”, este 2020 debía ser testigo de la erradicación de la extrema pobreza y la duplicación del tamaño de la economía respecto a 2010, pero este segundo ha sido pospuesto por parte del Gobierno, entendiendo la gravedad del descalabro económico tanto a nivel interno como a nivel mundial. En un momento como el actual, donde podemos contemplar la máxima expresión de la globalización, es difícil imaginar la salida de un gigante económico como China cuando la economía mundial está paralizada. Tampoco es fácil imaginar una recuperación de Europa y EEUU con el consumo del gigante chino en retroceso y con su aparato productivo a medio gas. Lamentablemente, no hay ganadores, todos somos perdedores en la lucha contra la Covid-19, y el escenario futuro parece que viene plagado de incertidumbres extremas ante las que solo aprendiendo de los aciertos de unos y de otros, podremos salir airosos. Gloria Claudio Quiroga Vicepresidenta de Cátedra ChinaProfesora Titular de la Universidad Francisco de Vitoria


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