Publicado en línea el Miércoles 6 de abril de 2016, por Claudia Rafael - APL

Probablemente Corina no sepa siquiera dónde queda Panamá. No llega a los 35 años. Tiene los cabellos renegridos y rebeldemente ondulados. Uno de sus críos se detiene en un charco muy a su pesar. Le grita. El pega un par de saltitos más que le mojan lo poco seco que le quedaba en la ropa. Ahora los cuatro compiten –a los codazos, como la calle manda- en el cuadrilátero que forma la curva de la escalera que será puente, para llegar a la terminal, al otro lado de la avenida, con un hombre y una mujer que hasta minutos antes hacían las veces de trapitos para los autos que se iban deteniendo a los flancos del cantero. Un perro flaco da vueltas alrededor de una especie de parrilla hecha con trozos de chapa de la que emerge un olor nauseabundo.

Agustín Salvia sigue desde los aparatos televisivos leyendo números y más números. Porcentajes que se traducen en corinas, mojadas por la lluvia y temerosas de la tormenta que no mide los efectos del aguacero. La pobreza trepó al 34,5 por ciento: 13 millones en todo el país, lee Salvia. De un país en el que las semillas se arremolinan, se secan e implosionan la esperanza. Y la tierra queda abierta de par en par, sin lugar para la utopía.

Corina está harta de correr ante cada aguacero en busca de un refugio por el que pelearán como fantasmas los pobres de toda pobreza. Los que no caben en las palabras de Salvia. Los que no saben de papers panameños ni de offshore. Los que se rebelan –con su sola presencia a los ojos del mundo que no ve- a ser parte de una estadística que les desdibuja la sonrisa, les abofetea el hambre o les desconoce las arrugas tenues o profundas en los nudillos cansados. Corina, a veces, siente –como decía Roberto Arlt- que el alma se le agrió. Pierde la sonrisa y un rictus perturbador se le congela en el rostro.

El boleto de colectivo –anuncia el diario- crecerá un 100 por ciento en la meca porteña para la distancia mínima. El gas, la luz o el agua subirán en varios cientos por ciento. La garrafa, de 10 kg –fuente de energía para los más castigados- cuesta hasta 130 $ y dura apenas unos días. Mes a mes la inflación crece en torno del 6 ó 7 por ciento. Se dispara como una estadística imparable el porcentaje de pobres e indigentes. Asoman nuevas corinas de la tierra húmeda que se suben a un carro cartonero. Que empujan los petates y juntan las sobras de las veredas buscando algo, aunque más no sea algo, para vender.

La tele cuenta que Scioli le tiende su apoyo a Macri. Y circulan por los noticieros las figuras de hombres con chalecos antibalas en desgracia ahora que las fuerzas férreas de la moralidad ordenan cazar a ciertos corruptos para sanear a la nación porque algún dios así lo manda. Una mano tapa a la otra, en el contexto de una guerra entre los de ayer y los de hoy que va dejando heridos y soltando manos. La lista es larga. Los Báez o los Jaime. Los Macri, los Avruj, los Lopérfido, los Angelici. Guerra contra guerra.

El futuro promete más pobres para las estadísticas de Salvia. Bajo puentes descascarados y en las ochavas de callecitas ausentes. Con música que indigentemente canturrea un olvidado. El mismo olvidado de hace décadas. El olvidado nacido hace 30 ó 50 años, aquel nacido hace apenas 10 o en este enero caliente de 2016.

Los pobres emergen como hongos que se van formando entre el musgo que crece en una vieja pared de ladrillo. Salvia los cuenta y los nombra numéricamente por la televisión multicolor que estalla desde la pantalla de un híper. La misma tele multicolor que habla de los paraísos de los poderosos. Esos donde sólo tributan al dios capital para hundirse en su obsceno hedonismo que se regodea a costa de los millones de corinas. Las que siguen corriendo sin respiro ante cada aguacero. Los de las tormentas y los otros. Los que se vienen agriando el alma de tanto mazazo perverso. Que ya ni tienen siquiera un lugarcito en la villa. Sólo las reconoce la intemperie.


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